Procuraba distanciarme de la infodemia, celebrando el Día del Árbol, pero me caí de la mata y, en lugar de cantar al árbol debemos solícito amor, jamás olvidemos que es obra de Dios ¡vaya cursilería!, decidí comenzar mis divagaciones refutando una creencia, afincada en la tauromaquia, según la cual no nay quinto malo. ¡Sí lo hay! ¿Prueba de ello? La obligatoria y claustrofóbica encerrona del mes 5 del aciago año 20 del siglo XXI, con Niquito (ni pongo) zumbando —moscardón rojo tirando a verde oliva— en torno a su galáctica deposición televisual y satelital. En esa negación andaba cuando, gracias a un despacho de la agencia Efe, me enteré del fallecimiento de Wilson Roosevelt Jerman, quien, entre 1955 y 2012 y bajo la administración de 11 presidentes, ocupó la mayordomía de la Casa Blanca. Los mayordomos, es bien sabido, solían ser sospechosos habituales en novelas, películas y series policiales ambientadas en la campiña inglesa y la época victoriana. En tiempos no tan remotos, Paul Burrel, antiguo lacayo de la British Royal Household y butler de Diana de Gales, se vio implicado en la misteriosa desaparición de unas cartas supuestamente escritas por el marido de la reina Elizabeth II, Felipe de Edimburgo, dirigidas a la malograda princesa; y, en 2012, Paolo Gabriele, maggiordomo del papa Benedicto XVI, fue arrestado en posesión de documentos confidenciales de la Santa Sede. Llama la atención el caso del longevo Mr. Jerman (91 años): el buen hombre no levantó sospecha alguna a lo largo de su dilatada servidumbre y más bien fue víctima de un implacable asesino chino. Sí, lo ultimó el coronavirus. Y sin querer queriendo, hemos entrado, ¡otra vez!, en la órbita de la pandemia. Deploramos la partida del maestresala de nombre presidencial, pero no podemos dedicar espacio y tiempo a escudriñar sus secretos, porque el show debe continuar.

La frase última —en ese contexto no faltará quien la juzgue atroz—, titular de la presente descarga, es generalmente atribuida a Charles Aznavour, actor, compositor y cantante armenio-francés, quien, no sabemos cuándo ni dónde, se la habría dicho a una hija suya, a raíz de un patatús escénico, durante uno de sus innumerables conciertos; no obstante, tal autoría es discutible, pues en 1977, la banda británica Queen grabó una canción de nombre similar, The Show Must Go On, escrita por Brian May para Freddie Mercury e incluida en el famoso álbum The Wall; y con ese nombre, en castellano, of course, exhibieron en países hispanohablantes la película de Bob Fosse All That Jazz (1979). Seguramente fue locución tópica en maestros de ceremonias de circos itinerantes, utilizada a objeto de tranquilizar al público ante el escape de una fiera o la caída de un trapecista; pero, quizá el empleo más inicuo y despiadado de ese mantra farandulero lo debamos a Hugo Chávez, al restarle importancia a la explosión ocurrida el 25 de agosto de 2012 en la refinería de Amuay con saldo de 55 muertos y 165 heridos. Para el comandante for ever y, de igual modo lo entiende su ni siquiera deslucida sombra, accidentes de semejante magnitud no deben asombrarnos: son consecuencia (a su entender, naturalmente) de los riesgos asociados a la industria petrolera y no producto de la negligencia e incompetencia gerenciales; así, las pérdidas humanas y materiales, trivialización de la tragedia, pasan a ser daños colaterales. ¡El muerto al hoyo y el vivo al bollo!

Guy Debord (1931-1994), filósofo y cineasta galo, miembro fundador de la Internacional Situacionista, entidad relacionada a su manera con el Mayo francés de 1968, publicó un año antes de la revuelta La société du spectacle —y se atrevió a rodar su versión fílmica en 1974—, libro o panfleto más o menos izquierdoso y subversivo en el cual critica el reemplazo de la realidad por su representación y pretende explicar cómo el espectáculo —dictadura de la ilusión— y sus  imágenes sustituyen a la mercancía y el dinero en tanto pilares de la sociedad y el poder establecido. Chávez ni leyó el libro ni se lo contaron sus sabios aduladores, porque de lo contrario hubiese comentado su contenido con la mismas superficialidad y lisura derramadas en su visita de médico a las páginas de El oráculo del guerrero, opúsculo escrito por un karateca argentino con nombre de cabaretero transgénero, Lucas Estrella, ¡hágame, usted el favor! El comandante eterno hizo de la política un stand up comedy y, a fuerza de repetir el monólogo antioligarca, antiimperialista y ¡antihistórico!, se hizo fastidioso. Y, en palabras del citado teórico situacionista: «El aburrimiento es siempre contrarrevolucionario. Siempre». Hugo se marchó con su música al cuartel de la montaña y el show se hizo audiovisual con su mirada panóptica y la consigna ¡Chávez vive, viva Chávez!

En las antípodas ideológicas de Debord —aunque coinciden en algunos aspectos y no solo en nombre de sus trabajos— Mario Vargas Llosa, en lúcido alegato contra el periodismo amarillista, la frivolidad de la política y la banalización de las artes y la literatura, comenta: «El cómico es el rey, se privilegia el ingenio sobre la inteligencia, las imágenes sobre las ideas, el humor sobre la gravedad, la banalidad sobre lo profundo y lo frívolo sobre lo serio. Basta con encender la televisión para comprobar la exactitud de este dictamen» (La civilización del espectáculo, 2012). Chávez ensayó sin éxito la comicidad y terminó ejerciendo la payasada —el humor, valga el lugar común, es cosa seria; y no únicamente en razón de su desgarbada figura, al santón barinés lo apodaron Tribilín; el sonriente mascarón por él seleccionado para ornar la proa de la cubanización, acordada en La Habana durante su agonía, le remeda con infames resultados.

El zarcillo pretende cultivar la ironía y no pasa del sarcasmo procaz cargado de epítetos e interjecciones; sus bromas son afrentas y sus chistes, insultos. Con similar conducta a la del mandón, ministros, compinches y subalternos impregnan de grotescas bufonadas las respuestas a los requerimientos de la ciudadanía. Y como, contra viento y marea, el circo no puede detenerse, adeptos al usurpador izaron la bandera de Irán en las Torres del Centro Simón Bolívar, en Caracas, anunciando la llegada de la gasolina. Una burla descomunal. Ridiculiza diosda(ña)do bellaco a quienes, por no estar patrio carnetizados, se quedarán sin combustible. Y nos chasquea la teocracia persa, porque de acuerdo con Francisco Monaldi, profesor del IESA y Fellow in Latin American Energy Policy en el Baker Institute for Public Policy, los iraníes no tenían dónde almacenar el inventario de gasolina, pero cazaron un venado presto a bajarse de la mula por adelantado… ¡y en oro!

Del venezolano hacen befa en cantidad y sin calidad los jueces de la sala constitucional del tribunal supremo de justicia —a instituciones degradadas y sin majestad no pueden prodigárseles letras capitales—, con una sentencia inejecutable en opinión del Dr. Ramón Escovar León, ordenando a Galaxy Entertainment de Venezuela S. C. A. (Directv) «continuar, de manera inmediata, con la prestación del servicio de televisión por suscripción». El fallo, evacuado a la ligera y plagado de vicios de forma y fondo, se armó a la manera de un rompecabezas —quita, pon, corta, pega— y responde a la necesidad de ajustarse a dos postulados del señor indiscutible del espectáculo ambulante, timador de altos vuelos, coleccionista de fenómenos y forjador de portentos y maravillas, Phineas Taylor Barnum: 1) cada minuto nace un imbécil y si produces basura tóxica, este la consumirá; 2) lo importante no es lo que ves, sino lo que crees ver.

¡Ja, ja, ja!, no puedo aguantar la risa que me da, canturrea nasalmente el mayordomo de Miraflores imitando a Daniel Santos. Ya lamentará su irrisoria trova y nos carcajearemos de su llanto. De momento, maticemos la descarga con una pregunta; ¿hasta cuándo se empeñarán los hermanos Rodríguez Gómez en hacernos caer por inocentes, leyéndonos boletines edulcorados atinentes a la covid-19?; y concluyámosla con una anécdota telonera escuchada a Laureano Márquez: En época de Carlos Soublette, un joven dramaturgo llamado Francisco Robreño escribió una sátira sobre el poder, titulada Excelentísimo Señor. Jalabolas mediante, el gobernante supo de la obra y mandó a llamar al autor. Este acudió al despacho presidencial, leyó la pieza y Soublette comenzó a reír y le expresó: Usted se burla de mí, pero le voy ser honesto, yo esperaba mucho más; vaya y monte su obra: Venezuela no se ha perdido ni se perderá porque el pueblo se ría de su presidente, podrá perderse cuando el presidente se ría de su pueblo. ¿Cae el telón? ¡No!, el show debe continuar.


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