La herida se reabre todos los días. Cuando millones de venezolanos se transfiguran en acorralados prisioneros de una pandemia, aparecen los temores de otra noche escalofriante. El acto de quedar encerrados, sometidos por una hambruna descomunal, es el peor de los alicientes para manejar una crisis. Un ejército de ciudadanos queda cautivo con sus necesidades. La sensación de vacío, flotando entre las nubes de una creciente inquietud.

La carencia de alimentos hace que los niveles de calidad de vida, desciendan dramáticamente, se soporta estoicamente la escasez, es la hora de sacrificarnos para que los niños y ancianos coman alguito. Las despensas fueron arrasadas por el huracán de la orfandad, hoy se come y mañana Dios y su ayuda. La medicina parece un lujo, en sectores en donde se expanden las patologías crónicas debido a la falta de los tratamientos. Han crecido las muertes de pacientes que dejaron de tomar los fármacos. La crisis impide comprarlos. La rapaz corrupción los vende en dólares en un mundo donde el salario es un insulto para el venezolano con el bolsillo roto.

Que los ciudadanos no cuenten con una dieta acorde con sus necesidades, que tampoco tengan medicinas, es una manera de enviarlos al paredón. Una muerte que juega sus naipes en el estómago de millones de hambrientos, es la ración de patria que nos ofrecieron los taimados especímenes de este circo de función funesta. Como hábiles carniceros han ido cortando nuestra libertad en pequeñas piezas, casi sutiles; para que muchos no adviertan que perdieron otra forma de vivir.  Que no tengamos electricidad ni gas le agrega mayor desgracia. Son horas a oscuras con la nevera vacía y sin agua para lo fundamental.

El miedo inducido lleva en este tiempo el epigrama de coronavirus. La dictadura se consiguió con este aliado universal para proseguir sometiéndonos. Un temor fríamente calculado con la intención de paralizar. El venezolano se encuentra con la dicotomía de morir por la enfermedad, o que sea el hambre que aseste la última cuchillada, en ese péndulo discurre la vida nacional.

La pandemia se frota las manos en la calle, la escapatoria no existe:  nos conminan a quedarnos en casa, allí aguarda como felino en celo el hambre que juega garrote. La sensación de estar pagando una deuda espiritual ronda las mentes de millones, un castigo antediluviano; que con sus emanaciones soporíferas expele fuego del averno, son noches de insomnio, la creencia que lo irremediable es esperar la extremaunción. Sacar al venezolano de la postración traumática llevará su tiempo. Cuando llega la mañana se abre la libertad, luego regresamos a la cárcel en donde la historia se repite.

 

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@alecambero


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