No se había ido del todo, estaba presente a la espera de su oportunidad, de esas ocasiones que nunca faltan cuando la lucha contra la opresión se vuelve forzada y accidentada, pero ahora ha vuelto cargada de bríos. Los recientes sucesos, que involucran a una media docena de parlamentarios de oposición en delitos de corrupción, ha facilitado puerta franca al retorno de la antipolítica.

Las tiene todas consigo debido a las fisuras de la unidad opositora, que es más una colcha de retazos que un designio homogéneo y estable, pero los escándalos que han podido encontrar origen en el seno de la AN han permitido un arrollador nuevo debut que no parece tener freno. Otra vez se niega la trascendencia de los partidos políticos, de nuevo impera la crítica despiadada de líderes jóvenes y viejos, el ataque a mansalva, la negación absoluta de lo bueno que se ha hecho y de lo que se ha anunciado para continuar las batallas contra el usurpador.

Todos los tentáculos de la antipolítica se han puesto en movimiento, voraces y ubicuos. Con el apoyo de una jauría mediática, no quieren dejar títere con cabeza. Auxiliados por portales de noticias especializados en la falsedad y en la exageración, multiplican venenos y dudas que abren inmensas goteras en el techo de la oposición, pero que después buscan el menoscabo de sus pilares. Salvavidas de dirigentes que no han logrado obtener el favor de la opinión pública, quiere ser martillo y guadaña de lo que se ha hecho con grandes sacrificios frente a una dictadura que los tiene como sus mayores adversarios.

Ciertamente sobran motivos para la crítica de los partidos de oposición y aun de la gestión del presidente encargado, especialmente después de los recientes escándalos en los que se encuentra involucrada una media docena de diputados de las filas antioficialistas, sobre todo después del mal llevado asunto de la destitución del embajador en Colombia, cuya cola mueven a placer los guerreros del teclado, infinitos francotiradores y los líderes que disparan por mampuesto, pero conviene poner los pies en la tierra para evitar una mayor fragilidad de quienes luchamos por la restauración de la democracia. Y poner los pies en la tierra significa llegar a análisis equilibrados de la realidad, a través de los cuales se compruebe la debilidad y la mala intención de las críticas despiadadas, se demuestre de veras que de noche no todos los gatos son pardos.

Pero esto no solo incumbe a los miembros de los partidos y a los analistas más ponderados, que alimentan el buen juicio de las mayorías de la sociedad, sino  especialmente a los miembros de la cúpula atacada, a los diputados desde sus curules, a los jefes de las banderías llamados a demostrar con evidencias concretas que no son lo que pregona de ellos la antipolítica. Es la pelea que se debe dar, antes de que una tormenta de mayores proporciones los inunde.

 


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