En una de las escenas de la novela La fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa, un sujeto le entrega su hija al dictador dominicano Rafael “Chapita” Trujillo para que abuse sexualmente de ella, en agradecimiento a la bondad del tirano y como una forma de ganar sus favores gubernamentales.

Más allá del salvajismo de la escena, lo verdaderamente preocupante –y políticamente importante– es cómo al individuo del relato le parecía normal aquel gesto de entregar su propia hija al dictador. Al fin y al cabo, Chapita era el líder supremo –de hecho se hacía llamar “el benefactor” de su pueblo– y el miserable del cuento no concebía que se podía aspirar  en la vida a nada superior que ser una pieza más del engranaje revolucionario. Acostumbrado a la opresión, ya esta se había convertido en «normal”, y las conductas asociadas a la situación de dominio y explotación terminaron por convertirse, de inaceptables, en cotidianas y usuales. No le parecía ni malo ni condenable lo que hacía, porque ya había aprendido, de tanto acostumbrarse, que las cosas eran así. Sus expectativas sobre lo que era  “normal” y esperado determinaban su conducta.

La Psicología Social ha enfatizado el papel de las expectativas sobre el comportamiento humano. Nuestras percepciones y conductas están fuertemente influidas por las evaluaciones subjetivas que hacemos sobre nosotros mismos y el entorno que nos rodea.

En la literatura psicológica se describen las expectativas como “la anticipación de un evento o consecuencia futura” (Escoriza) o como “creencias generalizadas que tenemos hacia el entorno o hacia algún objeto social” (Ros). En este sentido, las expectativas tienen que ver con lo que la persona espera que ocurra. Es por ello que las expectativas que la gente tiene son un fuerte y confiable predictor de su conducta. ¿Por qué ocurre esto? Porque –dados los hallazgos experimentales de las teorías de la disonancia y homogeneidad psicológicas– las personas tendemos a adecuar nuestro comportamiento a nuestras expectativas, es decir, a lo que creemos que ocurrirá.

El fenómeno anterior se asocia así con una de las formas de aprendizaje más primitivos que es la “habituación”, esto es, la disminución de la respuesta de un organismo ante un estímulo. En palabras más sencillas, la habituación es el proceso mediante el cual dejamos de responder o no prestamos atención a aquello que no es relevante o no está previsto en nuestras expectativas. Es el fenómeno que explica, por ejemplo, cómo la gente que vive cerca de un aeropuerto o de una carretera muy transitada, a pesar de que al principio creía que le iba a resultar imposible vivir con tan altos niveles de ruido, al cabo de un tiempo viviendo en esas condiciones ya ni escuchan la contaminación acústica. La habituación ha provocado en ellos que estímulos o situaciones del entorno que al principio resultaban aversivos, hostiles o inaceptables, sean percibidos como naturales y esperables.

Al igual que con el resto de nuestras conductas, nuestro comportamiento político está también fuertemente influenciado por las expectativas que hemos aprendido, y por las comparaciones que hagamos –o dejemos de hacer– con otras posibilidades de organización social. Si por la fuerza de la costumbre y la habituación nos convencemos de que no es posible otra realidad que la que vivimos, nuestras expectativas se ajustan a esa creencia, y lo que es anormal e inaceptable termina por convertirse en normal.

Los venezolanos de hoy están siendo víctimas desde hace ya tiempo de una operación cultural –que incluye la propaganda oficialista pero no se reduce a ella– de convencimiento de que las cosas que vive y sufre no pueden ser distintas. Por eso un trabajo crucial para las necesarias tareas de liberación del país es comenzar a elevar las expectativas de la gente, convencerla de que no merece sufrir lo que sufre y que su situación de penuria no puede ser nunca “normal”.

Hay que convencer a los venezolanos de que merecen salir a la calle con la tranquilidad de quien está seguro de volver sano y salvo, que merecen que el producto de su trabajo le alcance para sus necesidades, que lo normal es una vida de tranquilidad y bienestar,  y nunca –de ningún modo– la existencia de zozobra, angustia y miseria que le ofrece el actual modelo militarista en el poder.

Lo anterior ciertamente es una tarea prioritaria de la dirigencia democrática, pero también forma parte de las opciones de trabajo político de todos, porque cada uno en su esfera inmediata de influencia, puede y tiene el deber de colaborar. Porque el país que estamos poco a poco perdiendo es propiedad de todos y a todos nos lo están quitando.

El cantautor venezolano Alí Primera, en una vieja canción titulada “Abrebrecha” (1980), recordaba ese refrán criollo según el cual “el que vive en la oscurana, con mucha luz se encandila”. La moraleja del refrán apunta a cómo la habituación a vivir a oscuras impide ver la realidad distinta de las cosas, y a cómo el tanto vivir en la mediocridad de la oscurana no permite siquiera percibir otras realidades cargadas de luz.

Nadie puede aspirar a lo que no sabe que existe o que es posible. Si nuestro pueblo termina por creer que la única realidad factible es la actual, que no hay nada distinto ni se puede anhelar a otra cosa que a la oscurana perpetua de unas condiciones de vida indignas como las que nos han impuesto para beneficio económico de otros, nos estaremos acercando al comienzo del final. Aquel donde dejaremos de luchar, no por cobardía o flojera, sino por el convencimiento colectivo de que no existe otra forma de vivir.

@angeloropeza182


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