La Psicología Evolutiva nos enseña cómo el desarrollo cognitivo-perceptual de los humanos se caracteriza por su progresión hacia la complejidad. Los niños pequeños se mueven en un mundo de categorías dicotómicas, donde las cosas solo pueden ser de dos maneras: buenas o malas, agradables o desagradables.

A medida que avanza evolutivamente, la persona aprende a ampliar y a enriquecer sus herramientas cognitivas para adaptarse funcionalmente a su entorno. Aprende así que la realidad no es dicotómica sino multivariable y compleja. Porque, en términos cromáticos, el mundo no es blanco y negro. Por el contrario, el mundo es una sucesión dinámica de tonalidades. De esta manera, un signo del desarrollo cognitivo –asociado con la evolución de la inteligencia– es entender y manejar adecuadamente las tonalidades cambiantes y complejas del entorno. Eso es lo intelectualmente adulto.

Lo anterior viene a colación a propósito del más reciente episodio en nuestro país de maniqueísmo político, esa primitiva tendencia que caracteriza a algunas personas y grupos según la cual las cosas son siempre buenas o malas, de forma extrema y sin términos medios. A raíz de la denuncias de corrupción que involucran a algunos diputados a la Asamblea Nacional, ha surgido de nuevo el infantil fenómeno de la homogeneidad generalizante que se manifiesta en expresiones tales como “aquí todos son corruptos”, “no se puede confiar en nadie”, “nadie de la oposición sirve” o “todos son igualmente malos”.

Ciertamente ese rasgo psicológicamente arcaico y rudimentario de dividir la realidad en polos irreconciliables y de encubrir la complejidad de lo real en un simplificado manto de generalización dicotómica, es una de las herencias culturales del pensamiento militarista que ha caracterizado nuestra historia como país, y que ha mostrado su cara más decadente en los últimos cuatro lustros. Y ello es así porque el fascismo militarista se caracteriza entre otras cosas por su incapacidad para entender y administrar las diferencias, pero además porque la polarización perceptual de la realidad, a pesar de ser artificial y falsa, le sirve a sus propósitos de dominación.

Aunque siempre condenable, es inevitable que en esta larga lucha contra la dictadura y por la liberación democrática de nuestro país no haya tropiezos, desviaciones, vicios ni traiciones. Eso también es parte de una realidad que estamos obligados a superar, y que en los últimos años ha sido alimentada y reforzada por un régimen de dominación que estimula la descomposición ética, el envilecimiento como herramienta de ascenso político y la desmoralización pública.

Lo crucial no es tanto la aparición de conductas delictivas, sino la forma como estas desviaciones sean tratadas. Tal cual afirma el reciente comunicado del Frente Amplio Venezuela Libre al respecto, si estas anomalías y lacras con señaladas con actitud crítica, si se le habla con franqueza al país de los errores cometidos, si desde el respeto y el debate implacable y duro,  pero al mismo tiempo fraterno y adulto, se discuten estas cosas, estaremos en capacidad de corregir y, lo que es más importante, de avanzar. Pero si, por el contrario, se opta por ocultar estas desviaciones, o sirven ellas como excusa para disparar todo tipo de señalamientos ofensivos y destructivos de manera generalizada y maniquea, terminaremos destruyendo todo lo acumulado en unidad, organización, experiencia y camino andado.

Que exista corrupción, a pesar de su carácter siempre reprochable y punible, no es inusual en los tiempos que corren. Lo políticamente significativo es su reacción ante ella. En el caso del régimen de Maduro, conocido por su reiterada y obscena corrupción, la respuesta siempre ha sido de complicidad, protección e impunidad.  Por el contrario, de parte de la Asamblea Nacional, la reacción ha sido abrir un proceso de investigación, separar temporalmente a los señalados de sus cargos y deslindarse públicamente de toda conducta que contradiga la razón moral de esta lucha.  Esto es no solo lo responsable, sino una evidencia más de las diferencias éticas y conductuales entre la dictadura y la oposición democrática.

Intentar generalizar  e igualar a toda la dirigencia política democrática con unos pocos diputados involucrados en corrupción, solo puede deberse a una de tres razones: o se trata de una nueva manifestación cultural de primitivo y ramplón maniqueísmo, o de la presencia en algunas personas de un estadio cognitivo dicotómico y poco evolucionado, o –lo que sería todavía más lamentable– de la estrategia politiquera de algunos que sueñan con convertirse en alternativa política y necesitan para ello, a falta de méritos propios, enlodar e intentar desplazar a quienes sí trabajan y se arriesgan día a día por la defensa de los venezolanos frente a la dictadura. Lo cierto es que, para beneplácito de los opresores, cualquiera de las tres razones termina abonando al terreno de la dominación madurista.

La naturaleza y complejidad de la realidad que enfrentamos nos invita a realizar las críticas que haya que hacer –todas, y mientras más, mejor–, pero desde la preservación de la necesaria unidad, sin generalizaciones irresponsables, y con la actitud adulta que se necesita en estos tiempos de tormenta para no perder el rumbo ni flaquear el ánimo en esta difícil pero hermosa batalla por la liberación democrática de Venezuela.


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