El Día Internacional del Trabajador se celebra en homenaje al grupo de sindicalistas anarquistas, los «mártires de Chicago», que fueron ejecutados en 1886 por encabezar un reclamo exigiendo la reducción de la jornada laboral a 8 horas, cuando lo normal en ese entonces era trabajar entre 12 y 16 horas.

En Venezuela la conmemoración transcurrió entre discursos oficiales hiperbólicos, un aumento irrisorio del salario mínimo y con algunas protestas frente a una situación que no es menester describir, pues no es sorpresa para nadie. En efecto, nadie ignora que la nuestra es una economía capitalista, en formato bodegones que funcionan gracias a las importaciones, que ha acentuado exponencialmente la desigualdad social y cuya moneda de curso legal es el dólar (¡!). Estas breves líneas las escribo con el fin reiterar una realidad vivida por todos y que no es bueno que se nos convierta paisaje.

En vista de lo anterior, el Primero de Mayo preferí reflexionar sobre el robot, tema que, siendo distinto, es evidente que viene al caso en esta oportunidad.

Mano de obra digital

“Ganarás el pan con el sudor de tu frente” es una frase con la que, según cuentan, se inició la historia de nuestra especie. Expresado de manera muy gruesa, la evolución humana ha estado en buena medida determinada por el propósito de “aliviar la carga” que supone la necesidad de trabajar y, a la vez, por el rechazo de los artefactos y máquinas que, si bien la volvían menos pesada, elevaban, al menos temporalmente, las tasas de desempleo.

En los diccionarios se registra que, en términos generales, un robot es una máquina automática programable capaz de realizar determinadas operaciones de manera autónoma y sustituir a los seres humanos en algunas tareas, en especial las pesadas, repetitivas o peligrosas; puede estar dotado de sensores, que le permiten adaptarse a nuevas situaciones.

Se deduce, por tanto, que la robotización cambia la naturaleza del trabajo, así como las reglas que pautan el mercado laboral, planteando la necesidad del desarrollo de nuevos conocimientos y habilidades mediante modificaciones a fondo en el sistema educativo, que igualmente deben incluir una preparación en función de la reinterpretación del ocio.

En este sentido, cabe recordar que hace casi dos siglos Keynes pronosticó que la jornada laboral no se extendería más allá de las 15 horas semanales a partir del año 2030. Hoy en día Suecia la ha reducido a 6 horas y Finlandia pone a prueba la disminución, vía la implantación de la “renta básica”. En suma, el tiempo libre pasa a ser un asunto nada menor en la vida de la gente.

Sobre la mesa se encuentra una discusión que se desenvuelve dentro del contexto de una sociedad que acelera su proceso de digitalización. Se colocan allí temas tales como la creación de puestos de trabajo que no están cubiertos por la legislación laboral existente (que podría implicar una nueva versión de la informalidad); la caracterización del vínculo entre humanos y robots (que trabajen juntos en vez de convertirse en meros sustitutos del otro); el respeto de los derechos sociales y laborales; el peligro de la vigilancia “altamente intrusiva” sobre los trabajadores, en fin.

A todo lo anterior se suma, encima, la cuestión del desempleo, puesta de manifiesto en numerosos estudios que, más allá de no coincidir exactamente en las cifras, determinan que en todo caso el impacto será enorme, diferente de acuerdo con los países y las características de sus respectivas economías.

Los cambios tecnológicos ocurren dentro del marco de un proceso de “destrucción creativa”, concepto popularizado en la primera mitad del siglo pasado por el intelectual austríaco Joseph Schumpeter con el objeto de retratar, a partir de ellos, la confrontación entre lo nuevo y lo viejo, advirtiendo que las transformaciones, a la vez que asoman espacios distintos y oportunidades inéditas, provocan reacomodos y desacomodos significativos en la sociedad, cuyos beneficios y  pérdidas  se reparten de manera asimétrica entre los diferentes países, sectores y grupos sociales. Iremos viendo, entonces, con cuál diseño se desplegará la robotización.

La roboética

Desde hace cierto tiempo, en diversos organismos internacionales, gobiernos, universidades, etcétera, se vienen adelantando iniciativas orientadas por el propósito de elaborar un marco ético referente al  “diseño, producción y uso de los robots”.  No se habla de una ética para las máquinas, visto que se estima que los robots no tienen valores ni consciencia, más allá de lo que se les programa.

Con respecto a esta última consideración, algunos científicos advierten que el problema radica en no disponer todavía de algoritmos capaces de introducir en la máquina esos valores, tarea que ya figura en el cronograma de los investigadores y seguramente también en la agenda de los que miran las cosas desde el ángulo de la ética.

 

 

 


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