Es incalculable la distancia que separa a Hugo Chávez de Rómulo Gallegos. Mientras el primero fue un alelado lector de obra nimia (El oráculo del guerrero del argentino Lucas Estrella), el segundo es autor de clásicos de la literatura venezolana (Doña Bárbara, Canaima, Cantaclaro, La trepadora, Pobre negro y Reinaldo solar, entre otros escritos). Pero eso no es todo. Mientras el caudillo de Sabaneta fue uno más de los patéticos hombres fuertes que han gobernado en nuestro país, el segundo fue escritor consagrado en el mundo de habla hispana y además el primer presidente electo democráticamente en Venezuela. Sobradas razones tuvo entonces el presidente Raúl Leoni para crear un galardón que enalteciera la memoria de Gallegos.

El Premio de Novela Rómulo Gallegos gozó de gran prestigio desde su inicio. Sin duda ese reconocimiento estuvo unido al ascendiente y valía de los autores de idioma español que fueron galardonados: Mario Vargas Llosa (1967), Gabriel García Márquez (1972), Carlos Fuentes (1977), Fernando del Paso (1982), Abel Posse (1987), Manuel Mejía Vallejo (1989), Arturo Uslar Pietri (1991), Mempo Giardinelli (1993), Javier Marías (1995), Ángeles Mastreta (1997), Roberto Bolaño (1999), Enrique Vila-Matas (2001), Fernando Vallejo (2003), Isaac Rosa (2005) y Elena Poniatowska (2007).

Después del galardón otorgado a Poniatowska, destacada escritora mexicana, la grata atmósfera que envolvía la premiación se vio enrarecida en los años subsiguientes. En ello tuvo un papel determinante la decisión que conjuntamente adoptaron dos reconocidos escritores venezolanos (Federico Vegas y Edilio Peña, autores de las novelas Miedo, perdón y deleite y El acecho de Dios, respectivamente) de retirar sus obras de la premiación de 2009. A partir de entonces, también otras de nuestras mejores plumas (Ana Teresa Torres, Alberto Barrera Tyszka, Francisco Suniaga, José Pulido, Juan Carlos Méndez Guédez, Boris Izaguirre, Karina Sainz Borgo y Rodrigo Blanco Calderón, entre otros) se han abstenido de concurrir al certamen.

Ha sido obvio que muchos escritores han seguido participando en el magno evento, pero no es menos cierto que otros tantos con reconocimientos bien merecidos se han inhibido de presentar sus trabajos al certamen. Esa segunda conducta tiene poderosa razón de ser: la agonía que viven los venezolanos producto de la ominosa dictadura que ha destruido al país y maltratado a su gente.

Una cosa es disfrutar una exquisita tira de asado, un bife de chorizo o un delicioso matambre en cualquier hogar o restaurante argentino, y otra muy distinta es ver a cientos y miles de nuestros compatriotas pobres escarbar en la basura diseminada por toda la Gran Caracas para así conseguir restos de alimentos con que sosegar los estómagos vacíos.

Venezuela experimenta hoy una aterradora crisis humanitaria producto del drama que se vive por la falta de servicios de agua, electricidad, transporte, gas, salud e ingresos suficientes para asegurarse una alimentación balanceada. En tales condiciones no hay entonces manera de justificar un premio de 80.000 euros; menos todavía en un país en el que más de 5 millones de sus habitantes se han visto en la necesidad de emigrar y en el que los que se quedan pasan las de Caín.

Más lamentable ha sido que, a diferencia de los presidentes del período democrático, Chávez jamás se dignó a entregar el galardón y hasta ahora tampoco lo ha hecho Nicolás Maduro. La razón de esa conducta ha sido obvia: Gallegos fue un demócrata y figura estelar del partido Acción Democrática; él nunca habría comulgado con las prácticas autoritarias y contra natúram de ambos gobiernos.

Cuando Perla Suez, la escritora argentina que resultó ganadora de la última edición del Premio Rómulo Gallegos, venga a recibir su galardón, que sin duda va a influir en la valía de todos sus escritos, debería aprovechar la ocasión para visitar los hospitales públicos de Caracas y sus barrios pobres. Que no pierda la oportunidad de hablar con la gente en la calle y preguntarle cómo se sienten viviendo aquí, cuál es su ingreso mensual, qué comen diariamente y cuántos miembros de su familia se han marchado del país.

De esa forma tendrá conocimiento reflexivo de lo privilegiada que es al recibir un dinero que tanta falta le hace a los millones de venezolanos empobrecidos por la “revolución bonita”, al mismo tiempo que sus gobernantes se apropian y disfrutan las mieles del poder. Que no pierda entonces la ocasión, en un gesto de solidaridad humanitaria, de apoyar como mejor pueda a los chamos que son tratados con esfuerzos en el Hospital de Niños J. M. de los Ríos. Eso será de gran ayuda para la labor que cumple tan importante institución. Sin duda ese gesto se lo agradecerán todos los que aquí padecen y sufren un destino que no desean ni al peor de sus enemigos.

Después de todo, su obra (al igual que todos los libros escritos, estén publicados o no, hayan sido o no destruidos) es también parte de esa historia del libro que estupendamente desarrolló la escritora española Irene Vallejos, titulado El infinito en un junco.

@EddyReyesT


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