El Olimpo vacío es el título de un documental del argentino Juan José Sebreli, y en el mismo asoma cuatro grandes mitos que afectan a su país, como consecuencia de una confusión entre neopopulismo e izquierda, es decir, el socialismo, y distingue al mismo tiempo dictadura de fascismo. Esta última –refiere – al rememorar las dictaduras militares de su país los años sesenta-ochenta,  que pese a ser genocidas no fueron fascistas y por el contrario, señala que existen afinidades entre el fascismo de Mussolini y los populismos latinoamericanos, mediante la movilización de masas, propaganda con gran despliegue escenográfico,  como en los funerales de Evita –al igual que el de Chávez en nuestro país– amén del asistencialismo, clientelismo y la llamada “democracia plebiscitaria”, todo lo cual abre expeditamente el camino fácil hacia la corrupción en el entorno del poder.

Nuestro país, golpeado por innumerables males y el atropello a su dignidad desde hace 21 años, clama por que se remedie la situación y que no vacilemos entre el temor y la esperanza, el acierto y el error, la ventura y el riesgo, y que las leyes se apliquen en estricto apego a la Constitución, como solo en un verdadero Estado de Derecho se ejerce democráticamente.

Montesquieu, en 1748, hace más de 255 años, señalaba que hay tres clases de gobierno: el republicano, el monárquico y el despótico. En este último, el poder lo ejerce uno solo, que es el que gobierna, pero sin ley ni reglas, pues gobierna al soberano según su voluntad y sus caprichos. (dixit) Nicolás Maduro.

David Hume, filósofo escocés, en su Indagación sobre los principios de la moral (1752) sostuvo que el progreso de las naciones se funda en un principio: el cumplimiento de los contratos, principio este ya acuñado por los romanos en la consigna “pacta sunt servanda”, (los pactos deben honrarse). La vigencia de este principio distingue a las sociedades civilizadas (donde impera la confianza), de las hordas bárbaras (donde impera la espada)”.

John Locke señaló en 1760 que la sociedad civil se funda sobre un contrato social el cual llamamos “Constitución”. De él, y sólo de él, derivan las leyes. En este se honra el contrato, la Constitución y las sociedades se desarrollan. Es necesario resaltar que cuando se las desprecia o ignora, impera la barbarie, cuyo fruto envenenado es el subdesarrollo.

Los venezolanos vivimos momentos de confusión. La perversión del orden constitucional que día a día observamos, está destruyendo las bases morales, institucionales y éticas. Se observa que el populismo “cala hondo”. Manipula al pueblo para satisfacer el ego de Nicolás Maduro. Pretende mantener una sociedad sin contradicciones, sin disenso, sin pluralidad. No ama la democracia, la soporta a medias. En el populismo siempre molesta la división de poderes, la alternabilidad política, la independencia de la justicia. Inyecta pereza en el pensamiento y atrofia la lógica.

Con tristeza y dolor percibimos que somos parte de un país en el que se auspicia la ignorancia, reaparecen los fantasmas del desabastecimiento, la carencia de seguridad, de la inflación cínicamente negada, de la imposibilidad de brindar a los más necesitados un servicio de salud que les permita disfrutar la vida con optimismo en esta patria nuestra tierra de promisión y futuro. A ello se suma, como el Leviatán descripto en el libro de Job, la ya endémica corrupción que desprecia la ley e instaura el culto al coraje, representado en la llamada “viveza criolla”, la trapisonda, y el exhibicionismo farandulero, con declaraciones retóricas y vacías que conllevan promesas incumplidas. Y ni que hablar de la galopante corrupción que corroe los cimientos del cuerpo social del país.

Demóstenes afirmaba: “El altar más bello, el más santo, es el corazón del hombre honrado”. Sintámonos pues orgullosos de nuestro gentilicio, y alejémonos  de los caminos sinuosos o sesgados luchando contra la mediocridad y la mentira, canalizando siempre nuestros esfuerzos hacia el logro de una verdadera paz, que nos permita alcanzarla con la tranquilidad y felicidad deseada”.

Este régimen populista de Maduro ha perfeccionado la manera de forzar las normas constitucionales..El libreto socialista del siglo XXI se sustenta exclusivamente en la disponibilidad de recursos. Nuestro país ha tenido la mayor bonanza económica de su historia, acompañada del mayor despilfarro y desperdicio de recursos experimentado por país alguno. En los 21 años de la llamada revolución socialista del siglo XXI, marxista y por ende comunista, para colmo mal llamada bolivariana, el consumo venezolano subió tres veces más que la producción, generando en consecuencia una vulnerabilidad alimentaria, que en los actuales momentos está ocasionando una hambruna en una población desvalida que clama por alimentos en largas colas en mercados y supermercados. Una evidente demostración de que para quienes detentan el poder, la llamada soberanía alimentaria no pasa de ser simplemente un pretexto demagógico para mantenerse.

El populismo le ha servido al régimen de Maduro para pretender crear un culto religioso, manipulando groseramente los sentimientos de las masas afectas al fenecido presidente. A ello se suma el secuestro de todos los poderes del Estado: Legislativo, Judicial, CNE, TSJ y Fuerza Armada, cuyos personeros una y otra vez han manifestado que “nada, absolutamente nada que contradiga la revolución será aceptado”. Llegando al extremo de ofrecer sus vidas para defenderla. Avivan el desparecido eslogan de “Patria, socialismo o muerte”.

Se niegan a admitir que hace seis años más de la mitad del país votó por un candidato, al que con mil y una triquiñuelas le burlaron el triunfo, y ello permanece latente en la mente de quienes sintieron estafada su voluntad democrática.

Pese a todas las vicisitudes los venezolanos estamos obligados a defender  nuestros derechos y libertades, pues son la membresía de nuestra propia identidad. El populismo si lo analizamos a fondo ha provocado el debilitamiento de la democracia, hoy devenida en un autoritarismo sin límites, tal como lo demuestran los recientes acontecimientos de los cuales somos víctimas y testigos. Sus consecuencias han sido fatales, salvo que se produzca una reacción popular, que sería en definitiva el salvavidas institucional de un país hecho trizas, y en el más deplorable estado de miseria.

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