El chavismo desde su pérfido nacimiento devino en un fenómeno controversial y polémico en la historia democrática de Venezuela. Su impacto ha sido tal que obliga a revisar la historia incluso desde los tiempos de la Conquista. Esta parece ser la única forma de entender la situación actual del país. Y es que la república no se inicia desde cero en 1810, sino sobre unas bases construidas en periodo de monarquía española. Debemos comenzar entendiendo que vivir en democracia implica vivir entre iguales, y la ausencia de esto ha facilitado la irrupción de elementos perturbadores que lejos de unirnos nos han polarizado. Vivir en democracia significa velar por el bien común y no solo por el bien personal; lo contrario nos ha puesto —y nos pondrá— en una situación precaria ante actores políticos que buscan alcanzar o consolidarse en el poder, como en efecto lo vienen haciendo desde que se entronizaron en el poder, lo cual nos obliga a realizar una profunda revisión que haga posible dar al traste con las pretensiones hegemónicas del llamado chavismo, ahora convertido en madurismo.

En el primer caso, es decir el poder, brilla además con autoridad. En el segundo, no.” (Juan Hernández Pico, SJ). Para lo primero hay que despojarse de la gloria de creernos superiores porque en el segundo caso no solo ensombrecemos al “otro” sino que evitamos la posibilidad de ser y hacer paz. Del poder se escribe mucho, y se seguirá escribiendo mientras se sigan imponiendo estructuras que condenen a la pobreza y al terror. ¿Cuántas veces, mientras llueve, hemos pensado en las mujeres que viven sobre el lodo en el Monte Sinaí? Tal vez un par de veces e inmediatamente habremos rezado agradeciendo lo que tenemos y medianamente salvamos nuestra conciencia. ¿Cuántas veces desde el poder se atropella y no hacemos nada? Y probablemente solo exclamamos “qué barbaridad”

Terror y pobreza son consecuencias de esos determinados concubinatos de lo público y privado que debemos distinguir. Y para lograrlo hay que conocer. Reflexionar sobre lo que viene desde lo público, de lo privado y desde nosotros. Preguntarse si todo aquello es compatible con el derecho de tener un mundo mejor. El poder atrapa, unas veces sin darnos cuenta, otras tan conscientemente que se nota en la mirada de quien se sumerge en las delicias de sentirse poderoso, como es el caso de Nicolás Maduro. Sucede también cuando creemos que tenemos la verdad.

La firmeza no es sinónimo de agresión. El sometimiento y la descalificación siempre serán actos contra la ética. Porque el tema de la verdad en lo político y religioso, como refieren algunos politólogos, tal vez esté planteado al revés. En nombre de la verdad se ha llegado a la intolerancia y a la crueldad. En tal sentido, se tiene temor de que cuando alguien dice que tal cosa es la verdad… nunca la poseemos; en el mejor de los casos, ella nos posee a nosotros. ¿Vemos la verdad desde el amor y el respeto a los demás?

¿Cómo se puede interpretar el rechazo que mediante la protesta masiva en todo el país ha originado el oficialismo, utilizando la violencia y el uso indiscriminado de la fuerza contra su propio pueblo? Y toda esa acción ilegal e injustificable propósito que tiene el régimen de Nicolás Maduro, de continuar con el financiamiento del régimen de los Castro en Cuba, y al mismo tiempo empobrecer mucho más al país. Ese libreto no funciona para muchos venezolanos y principalmente para los militares que cada día se sienten más abocados en la encrucijada de verse en la obligación de reprimir a quienes protestan, sabiendo que a ellos no les asiste la razón. El pueblo desearía tomar las calles, enardecido por los hechos devenidos en los últimos tiempos, como la escasez de gasolina y gas, por solo citar algunos de los problemas, pero la presencia de la pandemia sirvió de pretexto para que adoptaran medidas extremas, a fin de evitar manifestaciones y reuniones que acrecentarían más aún el rechazo a las políticas del régimen, que a la larga se presentan como indetenibles.

Sucesos como el que referimos en el párrafo anterior han ocurrido en otros países en los que la desesperada represión ante las acciones populares masivas solo consiguen enardecer aún más el rechazo y la determinación de los  pueblos frente a la opresión. Más allá de las apariencias, en nuestro país, el chavismo sin Chávez no tiene manera de consolidarse, aun cuando Maduro pretenda imitarlo vulgarmente, copiando fanfarronamente hasta vulgares expresiones, lo cual la mofa es más ridícula. No tardará mucho tiempo en que el declive del régimen, que ya es persistente, sea superado por las ansias de libertad y el deseo de vivir en democracia.

Populismo sin pueblo

La victoria de Maduro en las elecciones presidenciales de 2013 planteó una cuestión delicada para la institucionalidad, pues la duda embargó a miles que desconfían aún a estas alturas de su triunfo, lo cual erosiona el sentimiento y la fe de los venezolanos, que día a día se encuentran divorciados del populismo que tanto lo ayuda a mantenerse en el poder.

Algunos observadores políticos nacionales e internacionales coinciden en señalar que los populistas solo saben protestar pero nunca gobernar, por cuanto el populismo, a diferencia del liberalismo, no es un corpus coherente de ideas políticas. Sus minorías arrogantes en el poder desechan el sentido común del pueblo, amén de que se apoya con una clase corrupta, asentados siempre directa o indirectamente por el poder, a diferencia, por ejemplo, de los populistas del Tea Party americano, que imaginan con frecuencia una alianza contra natura de las minorías izquierdistas de las dos zonas costeras de Estados Unidos y la subclase afroamericana, alianza que, en su opinión, encarna el expresidente Barack Obama. Son las mismas minorías izquierdistas que ahora se aprovechan de la muerte del afro-norteamericano Floyd, un individuo con un oscuro expediente delincuencial, para supuestamente protestar por los derechos de los ciudadanos de color de esa nación, pero en medio de serios disturbios y saqueos en varias ciudades de Estados Unidos, con participación incluso de individuos latinoamericanos, entre ellos venezolanos, como lo refiere en información ofrecida por la agencia FBI.

Como reza el vulgo popular: “Por más que se tongoneen siempre se les ve el bojote”

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