Henry Kissinger | Foto Stephanie Mitchell/Harvard Staff Photographer

Visto cómo se está moviendo la política en Venezuela y cómo, observo también, toda la opinión pública está atenta a lo que sube a las redes sociales el embajador de Estados Unidos acreditado en Venezuela, para tirarle línea al liderazgo de la oposición, he decidido saltar la talanquera protocolar y enviarle una carta directamente a Henry Kissinger. Una autoridad en eso de la política internacional, diplomacia y asuntos de Estado y hemisféricos, temas de seguridad e interés nacional, durante los tiempos duros de la Guerra Fría. El texto es el siguiente.

Señor embajador Henry Kissinger.

Su despacho.

Ni con dos pelucas.

Según la narrativa de los camaradas de la región latinoamericana, usted es el autor intelectual del Plan Cóndor en la época de la internacional de las espadas, en varios países dominados por dictaduras militares. Argentina, Brasil, Paraguay, Chile, Bolivia y Perú, entre otros, fueron el asiento de la ejecución de este malévolo diseño junto con la doctrina de seguridad del enemigo interno, concebido para intercambiar inteligencia, coordinar la represión, arrinconar a los comunistas y establecer un muro de contención contra el totalitarismo rojo que se exportaba desde La Habana. Los coordinadores y supervisores de este plan en cada país eran los embajadores acreditados en esos países donde ejercían de presidentes de la república, generales secundados por una junta de gobierno, y otro tanto hacían los acreditados en los países donde aún campeaba la democracia, como Venezuela y Colombia. En fin, según este documento, que esgrimen cada cierto tiempo y a conveniencia, esos tiempos ya superados en Latinoamérica, de represión por gobiernos de derecha, de violaciones de los derechos humanos, de conculcación de libertades, de violaciones de los derechos humanos y constituciones a la medida, de cárceles y cementerios políticos; el eje del mal y centro desde donde gravitaba todo eso era la Embajada de Estados Unidos y el rey del mal acreditado y con placet, su excelencia el embajador. De esos tiempos circulaba un chiste político que decía que en Estados Unidos no había golpes de Estado, porque no habían embajadas norteamericanas. El embajador era un tipo discreto, reservado, nadie veía una fotografía de él en la página de sociales de la prensa escrita, en cócteles ni en saraos aniversarios. Sus desplazamientos en la capital, eran los estrictamente necesarios. Un carro negro sin placas y vidrios ahumados precedía sus recorridos de manera muy puntual. El embajador era un enigma. Un misterio. Cero declaraciones públicas. Como toda mente al servicio del mal. Y el Plan Cóndor era para provocar muerte y destrucción en esos países acechados por el comunismo y gobernados por quepis y espadas. En fin, respetado embajador Kissinger, en estos momentos latinoamericanos, de avance y movilización de las vanguardias del socialismo del siglo XXI pasando al norte del río Bravo y estableciendo vivac casi al frente de la Casa Blanca, uno siente que un Plan Cóndor es eso, historia con más de imaginación. Y si lo hubo, ya está en extinción, como el ave que lo identifica y como los embajadores que uno asocia más con un agente 007 con pistola encubierta y carros deportivos magníficos, que un asiduo de celebraciones de fiestas nacionales con una copa en la mano. Pero también siente que hay que hacer algo. Un plan.

Ni tan calvo.

Es el punto, señor embajador Kissinger, que estos tiempos latinoamericanos si requieren de una planificación en armonía con esta internacional del narcotráfico, del terrorismo, de la corrupción y de las graves violaciones de los derechos humanos de alcances globales y de un inédito e insólito entramado delincuencial, que se ha entronizado en varios países de la subregión y en otros está haciendo antesala para ocupar el poder, apoyados por los mismos quepis y las mismas espadas surgidas de la Escuela de las Américas sita en el canal de Panamá y ahora en Miami, Florida. Un plan que articule toda la inteligencia de esta parte del continente y que sirva para colocarles un traquitraque y avispar a los políticos que hacen mérito para ocupar los cargos presidenciales, pero que continúan pecando de ingenuidad de millennials. No se trata de lanzar enemigos políticos desde helicópteros, ni de hacer desapariciones, ni de hacer razias mortales como lo atribuían al Plan Cóndor. En realidad, ya eso de manera muy refinada y pulida lo está haciendo el régimen que usurpa el poder en Venezuela y lo está superando en unas realidades, más allá de todo el recurso imaginativo que han puesto en sus denuncias de aquella época.

Le recomiendo estructurar un plan. Unos lineamientos políticos con alcances estratégicos con incorporación prioritaria del sector militar. Y le sugiero que para debilitar cualquier asociación malévola y tendenciosa del objetivo principal del documento, que es el derrocamiento del régimen y el encarcelamiento de toda su nomenclatura, lo denominemos el Plan Tucusito. Entre un coloso volador como el cóndor, capaz de llevarse aparatosamente entre sus poderosas garras un cochino lechón, mientras alza el vuelo, y un delicado y puntual tucusito que se sostiene equilibrado y frágil frente a una flor para extraerle toda la riqueza y dulzura de sus jugos, me quedo con este. Así debe ser el contenido, la naturaleza y el alcance de un plan actual para eliminar el régimen en Venezuela y cualquier asociado en otro país vecino. El responsable operativo del mismo debe ser, como siempre, el embajador norteamericano acreditado. Y aprovecho la oportunidad, su excelencia, además de expresarle mis respetos y consideración, para notificarle que su embajador en Venezuela está en esa onda de la discreción y la reserva del planteamiento de un Plan Tucusito. El interés público del funcionario por conocer los tipos de mangos que se producen en Venezuela, su preocupación por ilustrarse en cómo hacer un quesillo sin que se queme en superficie y que le quede jugosito en el caramelo, su curiosidad para saber el punto de canela exacto (yo lo imagino en largas noches de desvelo debatiéndose entre la canela en polvo o la astillita) en el arroz con coco, y lo quisquilloso que se ha manifestado para descubrir la pluralidad y la gama en los sabores de los helados artesanales en el país, lo deja libre de cualquier sospecha de espionaje o conspiración. Los organismos de inteligencia del régimen no lo tienen entre sus listas de enemigos y sí en la de amigos y cultores del paladar y los fogones venezolanos. De allí, la recomendación de lo del Plan Tucusito. Ya se quisiera, en aquellos tiempos de la CIA, de agentes dobles e intercambio de los mismos en el puente Glienicke de Berlín entre la CÍA y la KGB, de Allen Dulles y su fragante pipa, de Guatemala, Bahía de Cochinos, Irán, Operación Papperclip y la crisis de los misiles en 1962; disponer de este nuevo esquema de adquirir información y transformarla en inteligencia operativa; poderoso y colosal como un cóndor, pero también frágil, etéreo y sublime como el Tucusito que extrae delicadamente la miel de la flor roja rojita y revolucionaria.

Embajador Kissinger: estoy firmemente convencido de que esta actitud y comportamiento público a través de las redes del embajador en Caracas, es una fachada. Uno sabe que en asuntos de espías, la apariencia es básica cuando se sale a la superficie de las cámaras y a la exposición en estos tiempos de Twitter y Facebook, y de periodismo digital. Esa portada que hace su excelencia de lambucio web 2.0 para la dulcería criolla, es excelente. Salvo que sea verdad su interés, sus gustos y sus prioridades diplomáticas hacia la mazamorra, la chicha andina y el rompecolchón playero, y allí sí estamos jodidos los venezolanos hacia el futuro.

Estaré atento al planteamiento en toda su extensión, señor embajador. El régimen venezolano ha sido subestimado en todas sus posibilidades políticas, como se expresa en las apreciaciones de inteligencia y por derivación, sus oponentes han sobrestimado sus capacidades. Eso los pone a cometer los mismos errores desde hace 23 años. Imagínese usted, la misma pulida y refinada maquinaria de inteligencia y contrainteligencia que enfrentó usted desde sus tiempos de jefe del Departamento de Estado y en plena efervescencia de la Guerra Fría, es la que está detrás del régimen venezolano y toda su contaminación política en Latinoamérica. Desde La Habana se mueven magistralmente los hilos. Se requiere de mucha imaginación para enfrentarlo.

Me suscribo con las seguridades de su bienestar y con la esperanza de un mundo en democracia. Como la altura del vuelo del cóndor y el equilibrio y delicadeza del Tucusito; en Venezuela, con esto del quesillo, los mangos y el arroz con coco… vamos bien. Ojalá que el señor embajador incorpore en su lista de curiosidades culinarias criollas a los tequeños, los reyes de la rumba en materia de pasapalos.

Cordialmente,

Antonio Guevara


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