“¡Un caballo, un caballo, mi reino entero por un caballo!”, exclama casi delirante Ricardo III, deambulando en medio de la batalla en el famoso drama de Shakespeare (acto V, escena IV). “¡Un pernil, un pernil, toda mi dignidad por un pernil!”, podría bien ser la frase equivalente, brotando de los labios de nuestros revolucionarios. En este chiquero moral ha desembocado la tal revolución bolivariana, que no contenta con haber humillado y degradado al pueblo venezolano como lo ha hecho, se degrada a sí misma a diario con su infinita mediocridad e insoportable cursilería.

Los marxistas de otro tiempo apelaban a los llamados incentivos morales, a objeto de movilizar las energías populares ante los reiterados fracasos económicos de los diversos experimentos socialistas. Fidel Castro lo hizo hasta el cansancio, abrumado por el deterioro material de Cuba y el hambre de su gente. Frente a la depauperación concreta de los cubanos, Castro enarbolaba las consignas guevaristas, en un pueril intento de disfrazar la verdad. Pero no recordamos que se haya aferrado a la promesa de un pernil navideño, como treta para desviar la atención de sus fracasos.

Cuesta imaginarse a un Lenin, por ejemplo, convocando las energías del pueblo ruso con la promesa de una ración de buen caviar del mar Negro, o a Mao Tse-tung desatando la furia revolucionaria de los chinos a cambio de un plato de chop suey. De estos y otros personajes similares pueden decirse muchas cosas, casi todas negativas, pero es justo reconocer que mantuvieron un cierto pundonor, una evidente autoestima en sus ejecutorias, como políticos convencidos de sus propósitos.

Nada de eso se repite en la asfixiada Venezuela actual. Durante un tiempo, unos pocos años, la denominada revolución bolivariana suscitó algún interés y respaldo de parte de la izquierda internacional, siempre en busca de alguna ficción política a la cual aferrarse con característica ingenuidad y peligroso fanatismo. Ya todo eso quedó atrás. Los aliados del proceso de destrucción que Hugo Chávez desató sobre nuestro país solo le acompañan por interés. Los que defienden a Maduro procurando revestir su apoyo con algún barniz ideológico, como ocurre por ejemplo con el partido Unidas Podemos en España, tienen las manos manchadas del dinero corrupto de una revolución asociada al delito.

La fantasía chavista se desliza sin parar hacia un abismo cada día más hondo, en tanto un pueblo envilecido por quienes pretendían liberarle, padece incesantes penurias impuestas por el miedo y la represión. De todas las ilusiones, de todas las quimeras urdidas por los responsables de la tragedia venezolana, solo resta la oferta de un pernil de cerdo en Navidad. Eso sí, un pernil envuelto en la retórica de otra “misión” demagógica, de la “misión alimentación”, que distribuye miseria a cambio de sometimiento.

¿Quién puede honestamente defender la revolución del pernil? ¿Dónde se esconden los intelectuales revolucionarios que se subordinaron a esta farsa, y que contra toda evidencia pretendieron alguna vez revestirla de ideales y objetivos dignos? La revolución bolivariana es un pernil, pero fantasmagórico.

 


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