Han transcurrido seis meses desde el inicio del contagio del coronavirus en los países europeos y al mundo entero le tocó observar, como espectador privilegiado, el desarrollo de un mal que, más tarde o más temprano, se enquistó en cada sociedad, grande o pequeña, desarrollada o retrasada, con recursos o sin ellos. No se ha salvado nadie.

En todos los países afectados se pusieron en ejecución mil planes con distinto nivel de éxito, se cometieron grandes e involuntarios errores, se han asumido políticas de contención de diversa prosapia. En Venezuela nos sorprendió más debilitados que en cualquier otro lugar: empobrecidos hasta los talones, sin un sistema sanitario idóneo, con el equipamiento hospitalario más precario del planeta, sin electricidad, ni agua, ni gasolina, con las cárceles abarrotadas de delincuentes, con un altísimo porcentaje de nuestros médicos viviendo por fuera de nuestras fronteras, sin mecanismos ni instrumentos de seguridad para proteger ni para orientar a la gran población de pie y, para colmo, sin recursos económicos del lado de quienes rigen nuestros destinos.

Dentro de ese escenario no quedaba otra cosa inteligente que hacer que seguir con detalle el recorrido de otras sociedades y de gobiernos ajenos para combatir la pandemia y sobre todo…no innovar. Pero aprender en cabeza ajena, nutrirse de la experiencia de otros, no parece ser una máxima conocida del chavismo, mucho menos del madurismo.

El mundo entero lleva ya medio año de ires y venires, de callejones sin salida, pero también de éxitos en el tratamiento de esta espantosa crisis sanitaria. En otros sitios se han vuelto expertos en medir la contaminación y en interpretar sus estadísticas para poder tomar decisiones adecuadas y determinar rutas estratégicas. Algunos han logrado con disciplina y esfuerzo contener el avance del mal. Si de algo les debería servir la alianza del régimen con China es el conocimiento adquirido de los asiáticos sobre cómo abordar el mal, cómo evitarlo, cómo restringir su contaminación, cómo y con quién instalar centros asistenciales.

Nuestros compatriotas en Miraflores y sus adláteres cubanos son de los que creen que con propaganda es posible resolver cualquier entuerto, pero en este particular caso, tanto como el de todos los otros, se equivocan de plano. La transmisión de una falsa imagen de seguridad y la propaganda para cacarear lo bien que lo está haciendo el régimen sirve para engañar a poquitos más no para enderezar la crisis. El desborde de la pandemia que está a la vuelta de la esquina amerita anticipación, inteligencia y, sobre todo, mucha acción estratégica, la que, ya lo hemos dicho, además existe y está probada en otras latitudes.

¿Es el Potro Álvarez quien las va a proporcionar? La designación de este señor, cuyas buenas intenciones todos damos por sentadas, para estar frente de un reto ciclópeo no es sino una muestra de la improvisación que es ley y exhibe, igualmente, la incapacidad de congregar gentes de valía que sepan de cómo tratar y resolver situaciones apocalípticas. Este nombramiento para decidir en materia sanitaria y hospitalaria, para indicar rumbos a los médicos y personal sanitario, para administrar muy precarios recursos y para decir la última palabra sobre el avance de la enfermedad y la vida de miles de enfermos es la peor atrocidad que se le haya podido ocurrir a quien tiene frente a sí un tsunami de una proporción épica.

Las patadas de ahogado son evidentes. La más notoria es el constante “retoque” oficial de las cifras de la pandemia. Lo muestra en toda su gravedad la publicación Armando.info. Un solo ejemplo: el régimen ha anunciado 65 muertes en el estado Zulia cuando solo en el Hospital Universitario de Maracaibo ya sumaban 216 decesos con síntomas de COVID-19 a fines de julio. Otro detalle en el terreno comparativo: nuestros siameses colombianos registran para esta hora 357.000 casos de contagios del COVID-19 y 12.000 muertos, es decir una incidencia de 3,4%, mientras que de este otro lado del Arauca apenas llegamos a 25.000 contagiados –menos de un décimo que lo registrado en Colombia– y solo 215 fallecidos, para risible un porcentaje de 0,4%. ¿A quién se engaña?

Desdramatizar, no llamar a las cosas por su nombre, no solicitar ayuda cuando el mundo se cae a pedazos alrededor no es un acto frívolo es un acto profundamente irresponsable. Por ello se paga.

La manipulación que ha sido útil para llevar de la nariz a cientos de miles de engañados a través de la dádiva fácil y las propuestas de redención se acabó, porque el coronavirus va a liquidar el precario apego al madurismo que provoca el reparto de bolsas CLAP, va a pulverizar la incondicionalidad obligada de las fuerzas militares en sus estratos medios, va a volver trizas el apego de sus propios correligionarios psuvistas.

Sí, amigos lectores, el pan de piquito se acabó.


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