La frase –que es una verdad– sintetiza la angustia, temor y desesperanza, ante la falta de honestidad, sabiduría, liderazgo y visión para conducir al país, al que es urgente apuntalarlo previo a la reconstrucción democrática que nos permita una renovación completa, para avanzar hacia el futuro en paz, con seguridad y justicia, anhelo que el pueblo venezolano desesperadamente ansía encontrar.

Si la paz es el respeto al derecho ajeno, la mejor respuesta a la actual crisis que afecta al país, que es de carácter estructural y se expresa en lo político, económico, ético y en su institucionalidad, requiere de una cruzada nacional que haga posible alcanzar las metas que se propongan, pues en las confrontaciones puede haber riqueza interna, diferencia de opiniones, pero hace falta escenarios de consenso y de una verdadera unidad que nos ayude a encontrar un acuerdo de gobernabilidad, que garantice a nuestro pueblo una vida digna y el complemento integral de sus derechos, hoy por hoy vulnerados por la vorágine del régimen chavista-madurista, que no es otra cosa que comunismo.

Cuando los pueblos callan, los mediocres alzan la voz para imponernos el estrecho horizonte de su experiencia que constituye el límite forzoso de su mente, desconociendo que en la escala de la inteligencia humana hay valores como la moral y la dignidad, que no aceptan tibiamente una mentira ajena, ni la razón a la fuerza, sino la fuerza de la razón.

Existen horas y momentos en que los ideales de un pueblo tienen que ser expuestos, reclamados, exigidos, no ahogados por su indiferencia. Por eso es necesario unirnos en una cruzada cívica nacional que deponga actitudes e intereses, porque se sabe que con la reflexión crece la valentía y gana la patria. El 16 de noviembre próximo, al que calificamos como el día “D”, es una oportunidad que nos permitirá poner a prueba, de manera definitiva, nuestra decidida participación para acabar con esta horrible pesadilla que mantiene en vilo y angustia a todo un pueblo cansado de tanta humillación y abuso de poder .

El país está estancado, lo sabemos todos, por eso no hay que echar llave a nuestra dignidad, ni renunciar a vivir antes que gritar la verdad frente al error, porque no tiene sentido una vida sin alma, sin valores, sin esperanza. Si la paz es un regalo divino para los que la aman, hagamos de la paz el puente que nos permita superar los conflictos por medio de la protesta pacífica, con calma, serenidad y firmeza.

Necesario es aplicar la teoría de Rawls acerca de la desobediencia civil, la cual su autor describe en un escenario por él construido: “Una sociedad casi justa, una sociedad bien ordenada en su mayor parte; pero en la que, no obstante, ocurren violaciones graves de la justicia”.

Rawls sostiene que un Estado próximo a la justicia requiere un régimen democrático, en el que los ciudadanos que reconocen la legitimidad de la Constitución confrontan un conflicto de deberes, entre la obligación de obedecer las leyes o actos ejecutivos programados o aceptados por una mayoría legislativa y el deber de oponerse a la injusticia. Por ello su autor define la desobediencia civil de la siguiente manera: “Es un acto público, no violento, consciente y político, contrario a la ley, cometido con el propósito de ocasionar un cambio en la ley o en los programas de gobierno”.

La desobediencia civil expuesta por Rawls se mantiene dentro de los límites de la fidelidad a la ley, acepta las consecuencias de la acción y respeta el ordenamiento jurídico existente. Por esta razón, la desobediencia civil es un deber más que un derecho, pues se actúa porque se considera violado un principio.

Una jornada cívica nacional como la del día 16 de noviembre hará posible que podamos expresar el amor a nuestros padres, hijos y a la madre patria, todo lo cual es preferible al silencio e inercia que hizo mella en estos últimos años en nuestra propia existencia. Acabemos de una vez por todas con la pretensión de quienes se creen dueños del país y se enseñorean cínica y descaradamente, arguyendo que “nada ni nadie los sacará del poder” (sic), pese a que el país se cae a pedazos.

La brisa que no es tal, sino un  tsunami proveniente de Bolivia, la hija dilecta del Libertador, está por llegar a Venezuela, y debemos acudir al llamado para tomar las calles y avenidas de Caracas y también en las demás ciudades del interior del país. Un compromiso ineludible por nuestros hijos, nietos y familia, y por último, con la Patria.

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@_toquedediana