Cuando la década de los años veinte destapaba el champagne de su comienzo, nacía Mario Benedetti, en el corazón de Tacuarembó, el  departamento uruguayo que asegura que allí vino al mundo Carlos Gardel. De esas dos emblemáticas figuras hacen alardes.

Cuando otras regiones charrúas elevan incienso por sus héroes futbolísticos, estos enarbolan las proezas del legendario cantor de tangos, sin obviar que el más excelso de sus poetas tiene la raíz sembrada en sus llanuras. Quizás sus inclinaciones literarias nacieron bajo un almendro viejo escuchando el charrasquido de los bordones en los velorios populares de la comarca.

Despierto como un ave nocturna hizo armas en una poesía comprometida con sus dolores de parto. Con él se afianzaba la verdad como el recurso que tienen los pueblos para exponer sus angustias. Le habló al amor con el romanticismo propio del amante nocturno. Sus frases cortas, eran como besos tenues con sabor a eternidad. El fuego de su alma militante lo compartió con la pasión por la mujer, así como se estrechó con la cintura de su nación.

Uruguay sufría los rigores de una desigualdad social, que se extendía por entidades, que no gozaban del apego del gobernante apoltronado en la comodidad de Montevideo. Los pasos humildes en el lodazal reñían con la estulticia de quienes se creían benditos por escuchar ópera en el Teatro Solís. El campero sobre los lomos de un caballo, entre reses y llanuras, supo que su grandeza estaba en permanecer en su realidad, mientras Mario Benedetti comenzaba su peregrinaje por el éxito de sus letras. Muerto Carlos Gardel en el infausto accidente de aviación de Medellín, el 24 de junio de 1935, a los tacuaremboenses no les quedó otra que inclinar su balanza por el menudo hombre de ideas resplandecientes.

Los problemas sociales en creciente ola fueron el combustible inagotable de su monumental obra. Era un apasionado de contar las tragedias del pequeño país, rodeado por dos monstruos de formidables potencialidades desperdiciadas como Brasil y Argentina. Crecer en sus riberas de abundancias. De densos territorios inimaginables para la estrechez geográfica uruguaya los hizo que aprovecharan cada centímetro, cuando aquellos dejaban de producir en miles de kilómetros de sus extensiones.

Con Mario Benedetti se sella el compromiso de la poesía con su pueblo. Exploró todos los géneros incentivando un debate en la razón de ser. En sus trabajos no cojea la verdad como una enclenque institutriz británica. Al contrario, tiene el vigor de los grandes amores sujetados por el destino.

Cuando en 1960 publicó su libro El país de la cola de paja desató un arduo debate en su país. Era definir al Uruguay de las mieles amargas, el aborrecido de los intereses opulentos. Allí metió el colmillo el lobo sediento de sangre. En esta magnífica obra: quemada en los altares de los miserables, Mario Benedetti comprendió como pocos el sueño profundo de su gente humilde.

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@alecambero

 


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