La “elección” de una nueva junta directiva de la Asamblea Nacional en el Palacio Legislativo el pasado 5 de enero fue una emboscada bufa. Hay una poderosa razón que le resta valor a la estratagema: la violencia ejercida a la luz del día por la Guardia Nacional para impedir el ingreso de Juan Guaidó y un grupo de diputados opositores a la sede del Parlamento. Las imágenes que recogen estos hechos son suficientes para que la comunidad internacional pueda observar lo burdo del fraude.

A ello deben sumarse otras imágenes difundidas en las redes. Una de ellas es en la que aparece un parlamentario del PSUV dictando órdenes al nuevo “presidente” del Parlamento, quien las acata sumisamente. Esto demuestra el descaro en la realización de la engañifa.

Pero hay más todavía. El único que podía presidir la sesión convocada para elegir la nueva junta directiva era Juan Guaidó, como presidente en ejercicio de la Asamblea Nacional. Al mismo tiempo, se requería un quórum de 84 diputados, que no alcanzó la elección bufa. Por consiguiente, no hubo sesión válida sino un simulacro, digan lo que digan los voceros del régimen. Esta tan burda la maniobra que en las redes sociales muchos dudan de que los cubanos hayan participado en ella, pues estos son muy hábiles en operaciones más sofisticadas.

En este contexto, los diputados se reunieron en la sede de El Nacional para llevar a cabo la elección de la nueva junta directiva de acuerdo con las normas constitucionales y reglamentarias. Esto es impecable desde el punto de vista jurídico, por lo que la junta directiva que se eligió de esa manera seguirá siendo reconocida como tal por la comunidad internacional. La oposición demostró que el sentido de unidad sí arroja resultados favorables para recuperar la libertad.

Hoy más que nunca se requiere la unidad de la oposición para poder enfrentar esta situación de fraude permanente. La determinación de Juan Guaidó -y de los dirigentes de los grupos que lo apoyan- quedaron evidenciados el pasado domingo. A partir de ahí, debe elaborarse un acuerdo de largo aliento que tenga al Pacto de Puntofijo como referencia para buscar los espacios de entendimiento. Un acuerdo que evite sectarismos e innecesarias divisiones en estos momentos en los que se requiere lucidez y acción común.

¿Significa lo anterior que el régimen ha cruzado la “línea roja”? Cruzar esta línea es una metáfora referida a un límite que no se puede rebasar, so pena de exponerse a riesgosas consecuencias. Fue lo que ocurrió con la invasión de Napoleón a Rusia en junio de 1812, hecho registrado literariamente por León Tostoi en Guerra y paz. La derrota militar sufrida por el corso le impidió materializar su aspiración de dominar a Europa. Lo mismo puede decirse de la invasión de Hitler a la Unión Soviética, la cual fue el comienzo de su derrota final. Más recientemente, el gobierno del presidente Donald Trump consideró que el general iraní Qasem Soleimani había cruzado la línea roja, al ordenar un ataque contra la embajada americana en Iraq.

En 1957 Marcos Pérez Jiménez violó la Constitución de 1953 (hecha a su medida), manipuló el proceso electoral y “ganó” el plebiscito del 15 de diciembre de 1957 para permanecer en el poder, pese al repudio general. Esto trajo como consecuencia una decidida reacción que cristalizó el 23 de enero de 1958.

Los herederos de Chávez en el poder violan la línea roja por etapas, es decir, la van cruzando paso tras paso. El primero fue la sentencia N° 156 del 29 de marzo de 2017, de la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia, que disolvió la Asamblea Nacional y se atribuyó las facultades constitucionales de dicha Asamblea. Esta sentencia produjo una reacción nacional e internacional que obligó a la Sala a dar marcha atrás: a los tres días la dejaron sin efecto por medio de una aclaratoria.

Como consecuencia de la reacción contra la señalada sentencia N° 156, la revolución bolivariana diseñó la creación de la asamblea nacional constituyente, con la cual se logró lo que no había logrado con la sentencia de la Sala Constitucional: vaciar a la Asamblea Nacional de sus facultades constitucionales. Esto fue apuntalado con la ristra de decisiones que han declarado en “desacato” al Parlamento.

El proceso electoral del 20 de mayo de 2018 representa el tercer paso en este recorrido, en vista de que fue convocada ilegalmente por la asamblea constituyente, la cual es desconocida por las democracias occidentales y por todos los sectores nacionales no afectos al régimen.

Un paso de gran peso en este cruce de la línea roja lo constituye la sesión simulada en la que, ante los ojos sorprendidos de varios embajadores, se pretendió elegir a un “opositor” como presidente de la Asamblea Nacional, pese a todas las irregularidades reseñadas al comienzo de este artículo.

Para enfrentar esta emboscada, y cualquier otra que se lleve a cabo, no queda otra opción que la unidad. Juan Guaidó tiene un gran reto. Tendrá que vencer muchos obstáculos, pero no podrá lograrlo sin afianzar la unidad entre los distintos sectores opositores. Para ello no puede estar atado a disciplina partidista, como ha sido hasta ahora. Esta disciplina es útil para la vida parlamentaria, pero inconveniente en una situación tan compleja como la que vivimos los venezolanos. Por eso resulta acertado que el partido Voluntad Popular haya anunciado en las redes sociales que han liberado a Guaidó de dicha disciplina.

Se requiere conciliar los distintos intereses y propuestas de la oposición en búsqueda de una acción común que permita enfrentar las nuevas emboscadas que vendrán. No es asunto de un solo partido sino de la diversidad que integra la oposición. Sin unidad y amplitud no será posible recuperar la libertad. Ese es el gran reto de Juan Guaidó.


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