La influencia rusa en África ha crecido exponencialmente en las últimas dos décadas mientras que la influencia occidental ha decaído sustancialmente. El modelo occidental de influencia se ha sustentado en instrumentos diplomáticos, económicos y culturales propios de la cooperación internacional, buscando la estabilidad y desarrollo de gobiernos y sociedades a cambio de cumplir con requisitos y valores propios de los estándares democráticos. Por el contrario, Rusia ha sabido rentabilizar los sentimientos y prejuicios locales contra el paternalismo poscolonial y se ha consolidado como una potencia en la región durante las dos últimas décadas, sin necesidad de invertir los cuantiosos recursos económicos, diplomáticos y humanitarios que destinan los países occidentales a sus políticas africanas. En el pasado soviético, el legado ruso en África se construyó a partir de su asistencia militar a movimientos revolucionarios, Fuerzas Armadas y servicios de inteligencia en lucha por su independencia, o a élites despechadas por la comunidad internacional o la política de bloques. Ahora, los presidentes rusos Putin y Medvedev han sabido elaborar un nuevo modelo de relaciones con África para mitigar o desplazar la presencia y la influencia occidental que conviene analizar si se quiere que las estrategias occidentales puedan contener o revertir el proceso en el futuro.

La Federación Rusa no puede competir con los instrumentos occidentales de poder, duros o blandos, de los que disponen los países occidentales para influir en los asuntos africanos, por lo que ha elegido un modelo de intervención mucho más efectivo, que es la cooptación de los dirigentes autoritarios. Mientras la cooperación occidental se atiene a unos principios éticos y sus programas aspiran a fomentar el desarrollo, la gobernanza y las libertades de las poblaciones africanas, la penetración rusa se enfoca a consolidar el poder de los dirigentes y grupos autoritarios. Mientras la cooperación occidental empodera a los actores y la sociedad civil y fomenta la democracia, el modelo ruso refuerza los instrumentos de control social de los dirigentes y socava las democracias africanas.

La Rusia de Putin padece alergia a las revoluciones ‘de colores’ y se ha especializado en contrarrestar los movimientos de oposición con instrumentos de control social que ahora pone a disposición de los dirigentes y grupos africanos que detentan el poder. Les proporciona armamento, mercenarios y asesores, lo que les garantiza su permanencia en los gobiernos, pero también les ofrece apoyo diplomático y técnicas de desinformación y control social que desactivan la resistencia política y social frente al autoritarismo. Rusia fomenta o aprovecha las crisis internas y, sobre todo, los conflictos armados para ganar influencia entre las élites autoritarias. Su modelo de influencia se ha aplicado con éxito en países como Mali, Sudán, República Centroafricana, Libia, República Democrática del Congo, Uganda, Zimbabue, Guinea o Burkina Faso, entre otros, que son países fallidos o en retroceso democrático donde no funciona la alternancia política ni el Estado de derecho.

Rusia garantiza la supervivencia de los regímenes autoritarios frente a la tradición occidental de cambios de gobierno y ofrece a sus líderes una dependencia mutua en la que ambas partes ganan mientras no funcione la alternancia democrática. El modelo de cooptación es transaccional: se prestan servicios concretos a cambio de contrapartidas económicas y diplomáticas concretas sin depender de la condicionalidad y la supervisión que exigen los modelos occidentales de cooperación. La opacidad de los acuerdos y las contraprestaciones coadyuva al éxito del modelo porque ninguno de los beneficiarios tiene que rendir cuentas. El modelo genera sinergias y dividendos para ambas partes. Rusia evita que las resoluciones de Naciones Unidas condenen la trasgresión de las libertades y derechos humanos en los países autoritarios y ellos, en contrapartida, ayudan a Rusia a evitar las resoluciones que condenan su agresión a Ucrania y a circunvenir las sanciones comerciales, tecnológicas y financieras que han impuesto los países occidentales.

El modelo occidental de influencia tiene dificultades de prevalecer en entornos autoritarios. Los modelos de cooperación al desarrollo y asistencia humanitaria producen resultados a largo plazo, mientras que el modelo ruso garantiza resultados tangibles y a corto plazo. Desde luego, no resulta difícil a los mentores rusos encontrar puntos débiles y contradicciones en la presencia occidental. Su incapacidad para acabar con las milicias armadas locales, frenar la expansión de los grupos yihadistas o contrarrestar las estrategias de propaganda y desinformación empleadas por Rusia ha debilitado su fiabilidad como aliados. Su asociación con los países africanos no es tan prioritaria como las que mantienen con otros continentes, y priman más los intereses económicos y de seguridad a corto plazo que los de una asociación estratégica a largo plazo. Fracasos como el de Libia o los más recientes de Mali y Níger desacreditan a los países occidentales como proveedores de seguridad. Sus intervenciones militares no han proporcionado la seguridad que se anunciaba a sus poblaciones ni la estabilidad necesaria a los dirigentes locales que colaboraban con ellos, por lo que acaba siendo mejor abandonarse a un gobierno fuerte que adentrarse en cualquier transición democrática.

El desmantelamiento del grupo mercenario Wagner y su sustitución por un cuerpo expedicionario dependiente del servicio militar de inteligencia (GRU) consolidan el modelo de influencia en la medida que sustituye una relación personal entre dirigentes militares y empresarios privados por una más institucional entre los regímenes autoritarios africanos y rusos. De esta forma, los objetivos e instrumentos de influencia rusos se integran mejor dentro del enfoque geopolítico del Kremlin para sincronizar todas las actuaciones y erosionar la presencia occidental y la estabilidad de los sistemas democráticos africanos. Todo lo que gana Rusia lo pierden los países occidentales y sus gobiernos afines en África, por lo que el éxito del modelo plantea problemas de contagio. Los países y dirigentes tradicionales se ven expuestos a la injerencia y desestabilización rusas e, incluso, comienzan a percibir ahora la presencia occidental como un factor de riesgo. Tras la retirada de las tropas occidentales y con las organizaciones regionales de seguridad mermadas por la salida de los países cooptados, la influencia rusa progresa hacia África occidental y central, el Sahel y el norte de África. Les toca a los países occidentales identificar dónde pueden contener la expansión rusa y encontrar un modelo de influencia que lo solucione.

El autor es investigador principal de Seguridad y Defensa del Real Instituto Elcano

Artículo publicado en el diario ABC de España


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