China se ha estado convirtiendo en un actor financiero mundial importante con un especial énfasis en aquellos países que tienen limitado acceso a los mercados internacionales. Una importante concentración de ellos se encuentra en América Latina, donde la tónica histórica ha sido su dependencia de Estados Unidos para el comercio y para la captura de capitales de riesgo y de financiamiento a la inversión.

Pekín había anunciado, antes de la formulación de su Estrategia de la Ruta de la Seda  que para el año 2025 sus inversiones en el subcontinente deberían haber sobrepasado los 250.000 millones de dólares. Pero la agresividad china en este terreno llevaba ya bastantes lunas en aplicación para 2013, cuando Xi dio a conocer su magno plan de expansión. De hecho solo en los últimos  12 años sus bancos habían invertido en el financiamiento de proyectos latinoamericanos montos superiores a los 200.000 millones de dólares. Llegar a alcanzar 250.000 millones en solo 6 años es cosa de cantar y coser. La realidad es que un indudable protagonismo chino se ha evidenciado en los años en que Estados Unidos y Europa venían de regreso en la región.

Favorece este propósito estratégico chino su presencia ya alcanzada en las relaciones comerciales con América Latina. No es un secreto que ella es la segunda fuente de las importaciones regionales  detrás de Estados Unidos y la tercera en destino de sus exportaciones, luego de Estados Unidos y la Unión Europea. Solo que la política de concentrarse en alcanzar una presencia influyente en aquellos países susceptibles de ser buenos compradores de manufacturas y exportadores de bienes poco procesados o materias primas no contribuye a construir una relación sólida.

En naciones que se encuentran en un proceso de consolidación de sus economías, las inversiones directas o los préstamos –no así un comercio creciente pero inestable y con términos de intercambio desequilibrados– es lo que fragua solidaridad e influencia.

Dos tercios de lo que China importa de nuestras tierras son productos básicos o materias primas. La capacidad importadora del gigante asiático será siempre creciente, aun cuando su economía acuse una desaceleración como es el caso actual. Lo que no se da de manera inercial o espontánea es el mejoramiento de la productividad en países en proceso de desarrollo, lo que resulta ser el factor determinante del incremento de su capacidad exportadora.

¿Entonces qué es lo que en el fondo buscan en Pekín con ese modelo nuevo de penetración? Puede que haya un trasfondo político que extraiga satisfacción de ganarles espacios a los gringos. En verdad lo que buscan es asegurarles oportunidades a las firmas chinas de infraestructura, que son muy numerosas, a la vez que incursionar en la producción de soya, petróleo y cobre para asegurarse su suministro. Esto segundo se puede alcanzar también por la vía de la importación, pero se logra un mayor beneficio siendo inversionista principal y financista de proyectos en esas vitales áreas.

Es así como de un tiempo a esta parte las inversiones directas fueron dirigiéndose de los sectores extractivos a los de servicios: transporte, electricidad, información y comunicación y energías alternativas. Solo en estas áreas, a finales de 2018, la inversión directa superaba los 200.000 millones de dólares.

El juego de esta presencia silenciosa continúa y está reforzada por el financiamiento a empresas locales, gobiernos regionales. El futuro pinta igual o mejor para los amigos de Asia.

Los socios chinos ya tienen para este momento 16 países de Latinoamérica y del Caribe involucrados en el juego de menos comercio y más inversiones incrementales a través de su adhesión a la Ruta de la Seda.