Aquel 24 de abril de 1980 en horas de la madrugada, Timothy, mi compañero de habitación, me despertó alarmado, el Ejército norteamericano había intentado rescatar a los rehenes de la embajada y estaban dando la noticia en vivo por televisión. Todo era confuso. Mientras esperábamos por información más detallada, mis compañeros debatían sobre el significado de aquella acción y si aquello se traduciría en que Estados Unidos entraría en guerra con Irán. Por supuesto, hablaban entre ellos sobre la posibilidad, ahora tangible, de ser reclutados. Pude palpar aquella angustia, la misma que habrían sentido sus antepasados antes de ser enviados a alguno de los tantos campos de batalla allende de sus fronteras, donde perdieran sus vidas un gran número de familiares y amigos.

Graduado de secundaria en 1979, tendría que esperar todo un año antes de ingresar a la Facultad de Medicina. Mis padres consideraron que no debía perder mi tiempo y decidieron enviarme a una preparatoria en Pottstown, en el estado de Pensilvania. En aquel entonces, aún sin haber puesto pie en Europa, Estados Unidos era para mí lo más parecido al paraíso terrenal, donde además todo funcionaba a la perfección. Papá decía que los norteamericanos nos llevaban 100 años de ventaja, para luego aclarar a modo de chanza: “100 años luz”.

En noviembre de aquel año, “estudiantes” iraníes de la Revolución Islámica del ayatolá irrumpieron violentamente en la Embajada de los Estados Unidos y tomaron por rehenes a sus ocupantes. Aquel drama, tan bien retratado en la película Argo de 2012, producida por Ben Affleck y George Clooney y premiada con el Oscar de la Academia como Mejor Película, terminaría dejando secuestrados a sus 52 ocupantes por 444 días.

Ese episodio, aunado con la entrega a destiempo del Canal de Panamá por parte de Estados Unidos, terminaría de definir al presidente Carter (1977-1981) quizás como el más timorato, al menos en lo que a política exterior se refiere, de la historia de su país. En relación con esa actitud poco agresiva de Carter, John Mihalic fue implacable en un artículo publicado en The Wall Street Journal en 1984, en el que escribió: ”De alguna manera (Estados Unidos) ya ha tenido a una ‘mujer’ presidente: Jimmy Carter”. Para colmo de males, cuando se planificó y ejecutó en abril de 1980 la operación de rescate bautizada nada menos que “Garra de Águila”, resultó un fiasco total. Irónicamente, en aquel año de 1979, una mujer al otro lado del Atlántico asumía el cargo de primer ministro del Reino Unido, la primera en hacerlo, Margaret Thatcher, conocida ulteriormente (precisamente por su postura agresiva), como la “Dama de Hierro”. Se convertiría a la postre en la mejor amiga y aliada de quien venciera a Carter en unas elecciones imposibles de ganar para él, Ronald Reagan.

En días recientes The New York Times publicó un artículo de Stephen Metcalf titulado “Donald Trump es un rehén de 1979”, en el que acusa la reacción belicosa reciente del presidente hacia Irán (más allá de querer demostrar que quedó detenido en el tiempo) de cobro por aquella afrenta hacia el pueblo norteamericano, pretendiendo además presentarse como la antítesis de Carter, del héroe que aquel no pudo ser.

En los años setenta se puso de moda en la radio una canción titulada “Ata un listón amarillo alrededor del viejo roble” (“Tie a Yellow Ribbon Round the Ole Oak Tree”), en la que un prisionero le pide a su amada que ate al árbol de su jardín una cinta amarilla como señal, una vez él liberado, de saber si sería bienvenido. Pues bien, aquella bella prosa fue tomada de manera literal por el pueblo norteamericano en el contexto del confinamiento de sus compatriotas. Esos 52 rehenes debían de saber que eran esperados con anhelo para poder darles la mejor de las bienvenidas. Y así fue, los jardines de Norteamérica se tiñeron de amarillo hasta tanto no fueran liberados, lo que finalmente ocurrió el 20 de enero de 1981.

Para aquellos que, dentro o fuera de Estados Unidos, sin ser norteamericanos, nos sentimos solidarios y vivimos la angustia, impotencia y humillación que sufriera ese pueblo durante esos tiempos de aciago y desesperanza, quizás todavía sea difícil pasar la página de ese año de 1979. No solo para Tim ni para el presidente Trump.


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