Trump
Foto AFP

En estos días y en los que siguen se irá definiendo si Donald Trump dejará un legado político en Estados Unidos. Lo que haga de aquí a enero y lo que él y los demás hagan después de que deje la presidencia trazará su futuro como líder.

Al inicio de esta semana, Trump todavía no había reconocido que perdió las elecciones, a pesar de que las tendencias en los estados claves donde aún no ha terminado el conteo indican que el triunfo demócrata es irreversible. Más de 96% de los votos han sido contados en los estados más competidos, Arizona, Georgia, Nevada, Pensilvania y Carolina del Norte. Solo este último tiene a Trump adelante.

En Pensilvania, Biden le ganó a Trump por más de 45.000 sufragios, con más de 96% de votos contados. Pensilvania otorga 20 votos de los colegios electorales. Biden solo necesitaba ganar en uno de los otros estados clave en disputa para que los números le dieran más votos de los que necesitaba en los colegios electorales. Pensilvania simplemente sellaba el triunfo del candidato demócrata. Y hoy día, si por un supuesto negado, Biden no ganara Pensilvania, con dos de los otros estados pendientes se hace de la presidencia. En Nevada (97% contados) gana por más de 34.000 votos. En Arizona (97% contados) gana por más de 17.000 votos. En Georgia (99% contados), gana por más de 10.600 votos. Históricamente, los reconteos apenas cambian centenas de votos, no miles.

Trump ha intentado torcer por la vía judicial los resultados electorales en los estados donde no ganó, en buena medida, para mantener el entusiasmo de sus seguidores. En ninguno de los estados donde ha intentado demandas ha tenido éxito. Los jueces las han rechazado por falta de pruebas. El supuesto fraude alegado no ha sido sustentado. Por el contrario, la lentitud del conteo impuesta por los mismos republicanos, a través de las legislaturas estadales que dominan, como el caso de Pensilvania, ha demostrado la pulcritud y cuidado del proceso. Los republicanos impusieron en los estados que no estaban seguros de ganar que los votos por correo, multiplicados por la pandemia, se contaran al final, después de los emitidos el mismo día de la elección. La estrategia parecía ser la de alargar el conteo en el tiempo, con el objetivo de retrasar la certificación formal de los votos en diciembre y a partir de allí, buscar que las legislaturas republicanas nombraran nuevos delegados del colegio electoral que favorecieran a Trump en donde perdió. Lo curioso es que en los estados donde Trump alega que hubo fraude, hay funcionarios electorales tanto demócratas como republicanos, y los funcionarios republicanos han sido quienes han enfrentado con más firmeza las acusaciones sin base, molestos porque se pone en duda su honestidad, profesionalismo y convicciones democráticas.

Nadie puso en duda que a Donald Trump le costaría mucho admitir su derrota. El presidente ha demostrado in extremis su condición egocentrista. El día previo a la elección, en una visita al cuartel general de su campaña en Arlington, a tiro de piedra de la capital, admitió que le sería muy difícil aceptar el fracaso.

La pregunta que queda en el aire es ¿qué va a pasar con el trumpismo?

De entrada, Trump tiene un capital político considerable. De 149,2 millones de votos presidenciales emitidos, Biden le ganó por más de 4 millones, pero Trump obtuvo casi la mitad del total, 47,6%. Trump, por otra parte, tiene un modo muy efectivo de comunicarse con su base. Apela a sus emociones y a sus instintos primarios, principalmente a través de Twitter, con 88 millones de seguidores, y también por televisión. Hasta el día que se supo de su derrota, la cadena FOX era vista como la cadena Trump TV. La relación de Trump con la cadena era simbiótica. Trump les aumentaba el rating y ellos le servían de conducto a sus partidarios como única fuente de información. Los demás medios, impresos y audiovisuales, eran los enemigos del pueblo, llenos de noticias falsas, de las llamadas “fake news”. Ahora Trump maneja la opción de crear su propia televisora. Y también baraja la idea de lanzarse de nuevo en 2024.

Trump, como Chávez y otros populistas, no cayó del cielo. Llegó al poder por la creciente inequidad económica y social de la sociedad estadounidense, que empezó desde hace más de 20 años a afectar con más fuerza a la clase trabajadora de raza blanca; por el descontento con “Washington”, alimentado por la propia clase política durante años (¿se acuerdan de los notables?), y por el progresivo encogimiento de la primacía de la raza blanca como mayoría en el país.

En estas elecciones que perdió, Trump conquistó 57% del voto de gente de raza blanca y 67% de los blancos sin formación universitaria. Si la composición demográfica norteamericana hubiera sido similar a la de hace unos 30 años, Trump hubiera arrasado electoralmente. Reagan ganó abrumadoramente sus elecciones con la aprobación de 59% de los blancos del país. Es decir, Trump tiene todavía mucha ascendencia en la mayoría blanca y especialmente entre trabajadores de la ciudad y del campo. Los líderes republicanos del Congreso se plegaron al trumpismo por miedo a él y a sus seguidores. Trump incluso aumentó la votación a su favor en los estados donde ganó; y entre los latinos, no sólo triunfó en el sur de la Florida, sino que amplió su simpatía entre los hispanos y negros de los condados tejanos de la frontera con México. Biden, sin embargo, obtuvo 87% del voto negro y 66% del voto latino en todo el país.

¿Y qué pueden hacer Biden y los demócratas frente a esta situación? Biden no puede simplemente proclamarse como el presidente unificador. Debe atacar los problemas de fondo que afectan a la mayoría de los norteamericanos, de todas las razas. Un solo dato ilustrativo: Alrededor de 30% de los trabajadores estadounidenses gana menos de $10 la hora, lo cual es un ingreso por debajo del nivel nacional de la pobreza. La mayoría de la gente con salarios bajos no cuenta con seguro médico ni tiene beneficios de ausencia por enfermedad, o planes de retiro. Ni se pueden enfermar ni tienen esperanzas de jubilarse. Ello crea inequidad también en el plano de la salud, cuyos costos generales terminan pagando todos.

Entre 1993 y 2015, antes de que ganara Trump, el ingreso real promedio familiar creció 25,7%. Más de la mitad de ese ingreso (52%) fue acumulado por 1% de la población. Desde 1979 hasta hoy, la movilidad económica ha decrecido continuamente en Estados Unidos.

Biden va a tener que introducir políticas que impulsen la creación de nuevos empleos, por un lado, y la inserción de mano de obra desplazada de industrias en vías de extinción (como la del carbón) en otros campos. Va tener que atender el reentrenamiento laboral, más oportunidades e inversión en educación y un acceso real a los servicios de salud. Deberá invertir en todo tipo de infraestructura, en la física tradicional, y en la tecnológica y cibernética. Biden tendrá que atender seriamente la situación económica y social de quienes se han quedado históricamente atrás, como las minorías étnicas, y la de los nuevos rezagados, los trabajadores de raza blanca. Es la manera como podrá combatir la mitología populista del Trump que vino a rescatar al pueblo del paraíso perdido, por la conspiración de las élites del “Estado profundo”, la “parcialidad” de los medios y las “amenazas” de los inmigrantes no europeos.

Aparte, si Trump es obligado a dejar la presidencia, va tener que encarar varias acusaciones civiles y penales que penden en su contra. Tiene investigaciones de posibles defraudaciones al fisco nacional y al estado de Nueva York, que pueden generar acciones civiles y penales. Tiene una demanda de su propia sobrina, que lo acusa de haberle arrebatado parte de la herencia que le correspondía después de la muerte del padre del presidente, que le hicieron creer que era de $30 millones y parece ser que pasaba del millardo. Tiene querellas pendientes de difamación de un par de damas que lo habían acusado de abuso sexual y a quienes tildó públicamente de mentirosas. Tiene acusaciones de fraude inmobiliario en Nueva York que pueden generar como mínimo acciones civiles. Los cargos señalados de obstrucción de la justicia, presentados cuando el Congreso lo investigó para su enjuiciamiento, así como la violación a las leyes relativas al financiamiento de campañas electorales, por lo cual fue preso su abogado personal, Michael Cohen, están también pendientes. La continuación de estos dos últimos casos dependería del Departamento de Justicia, ahora a cargo de Biden, aunque la creencia general es que sería cuesta arriba, política y judicialmente, que el nuevo gobierno enjuicie a quien sería un expresidente.

No obstante, cuando Nancy Pelosi, la jefa de la Cámara de Representantes, se resistía a las presiones de sus colegas diputados de querer enjuiciar a Trump en el Congreso, la líder demócrata les pedía paciencia. Argüía que lo que ella quería era verlo preso.

@LaresFermin


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