Apuntábamos en la entrega anterior el afán de los seres humanos por cada vez aprender y saber más. Esas preocupaciones no han cesado ni cesan, seguirán en sus mentes puesto que aún no se le ha puesto punto final a la ciencia ni a la tecnología que ellos mismos crearon, como tampoco a la historia, pues esta marcha al paso del hombre –sin adelantársele– y él es su único autor y actor en ella.

Cuando hablamos del hombre, implícitamente estamos hablando de evolución. Ciertamente, esta ha sido y sigue siendo el inagotable motivo de sus preocupaciones. Preocupación esta que no es de reciente data, se inició allá desde la existencia de los primeros hombres que poblaron la Tierra. Ellos, como es de suponerse, se asombraron ante ese extraño e incomprensible mundo de cosas que les rodeaba y, desprovistos de todo como lo estaban, sus rudas necesidades los obligarían a pensar, a reflexionar (Platón afirma que allí empezó la Filosofía), a buscar acomodos. De igual manera, empezarían a hacer los primeros  oficios para sobrevivir. Con esas primeras actividades cumplidas por aquellos primeros seres humanos se dio comienzo a la cultura y, con ella, a la evolución.

Si el vocablo evolución alude a cambio, a mejoramiento, a desarrollo y transformación semejante tarea, aunque es exclusiva del hombre, se hace interminable, pues nunca los seres humanos ponen fin a los necesarios mejoramientos y transformaciones requeridos en el mundo civilizado. Es la poderosa razón que justifica las inquietudes humanas siempre que estas estén orientadas hacia el bienestar de la gente, y hacia el progreso y desarrollo en los aspectos culturales, económicos y sociales.

Podríamos equiparar las inquietudes que siempre han acompañado al hombre, al ciclo vital evolutivo de la persona: concepción, embrión, neonato, bebé, niño, joven y adulto. Así ha ocurrido en la activa evolución de la sociedad. En aquellos primitivos tiempos los hombres buscaron, ante todo, explicarse lo externo a ellos, lo que estaba a su alcance visual. Después, allá por el siglo V a. C., la preocupación del hombre giró en torno a sí mismo, a su propio yo. Pasó el hombre mismo a ser el objeto de su propio estudio; cambió el objeto, pero el sujeto siguió y sigue siendo el mismo. En la Edad Media surgió una nueva y distinta preocupación, fundamentalmente por los valores sobrenaturales, los teológicos, por el alma. Ciertamente, la evolución del mundo no se detiene.

Bien sabemos que la autoría del hombre en los campos del saber se debe fundamentalmente a esa privilegiada capacidad intelectual de que está dotado. Pero también a una gran virtud, la perseverancia reforzada siempre con la fuerza de voluntad.

En fin, el hombre no cesa en el cultivo de su intelecto. Sus ansias de saber no se satisfacen nunca, tal como lo apuntó Aristóteles en su Metafísica: “Todos los hombres tienen un apetito natural de saber”.

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