El presente escrito está encabezado por dos significativos vocablos, dos patronos de la cultura, uno tangible y otro intangible. ¿Quién duda que el hombre es un haz de preocupaciones, de emociones, de dudas y, naturalmente, de ilusiones? Cuando mencionamos el vocablo hombre no nos estamos refiriendo solo al varón, pues al emplear el sustantivo masculino como género estamos abarcando a los dos sexos. Por ello, lo han definido así: “Todo individuo de la especie humana, cualquiera sea su edad y sexo”.

Bien sabemos, el hombre no es la simple figura humana que visualizamos ocupando un espacio, dentro de esa tangible humanidad está lo más importante del ser humano, el aparato intelectual o psíquico, o como se le quiera denominar. Allí está el manantial o la fuente donde nacen, se multiplican y se alborotan las tantas inquietudes que nunca dejan tranquila la mente humana. Una de esas inquietudes es la educación, de relevante importancia tanto para la vida como para la salud física, mental y espiritual. Entonces, la educación no es una simple inquietud sino una gran necesidad para establecer las normas que deben regir el comportamiento y la sana convivencia de los seres humanos.

En nuestra vida civilizada la educación se requiere en todo y para todo, constituyendo así una verdadera e imperiosa necesidad. Sabemos muy bien que la primera educación verdaderamente constructiva que recibimos fue la del hogar, fundamental para toda la vida, razón por la cual nunca escapa de nuestra mente. A tan valiosa educación familiar siguió la escolar; con esta se inició la Educación sistemática la que es debidamente planificada, sometida a programas, a lapsos y  supervisada por el Estado venezolano. Esta Educación formal se cursa en instituciones creadas para tales fines, entre ellas las destinadas principalmente a la formación de profesionales. Paralelamente a esta hay otra educación, la que denominamos informal o asistemática que adquirimos espontánea y libremente sin escolaridad ni cánones pedagógicos, la obtenemos en diversas formas y de distintas fuentes dentro de la sociedad donde convivimos: como  la lectura, la asistencia a conferencias, al buen cine y a los actos de las instituciones culturales. Para ello, también, el comportamiento humano debe ser buena escuela, de él aprendemos y con él podemos enseñar, por eso cuidémonos de que el nuestro sea ejemplar.

¿A quién corresponde la educación? Podríamos responder a todos, tanto recibirla como impartirla. Según los mandatos de la Constitución Nacional (artículos 102 y 103) asiste a los venezolanos el derecho a   recibir una   Educación integral de calidad y el deber fundamental a recibirla y, también, la obligación que corresponde al Estado de asumirla como función indeclinable. La educación es un servicio público de máximo interés en todos los niveles y modalidades y, es el instrumento fundamental para el conocimiento científico, humanístico y tecnológico. Dentro y para la educación sistemática hay una profesión para ejercerla, la docencia, su preparación correspondía a las Escuelas Normales, para la Educación Primaria (ya fueron eliminadas) y los Institutos Pedagógicos y las Universidades para la Educación Secundaria. Siendo el comportamiento humano, como ya lo apuntamos, que sirve de escuela viviente, si es ejemplar, con él debemos ser educadores y educandos. Por otra parte, formamos moralmente con el cumplimiento de los deberes hogareños y las obligaciones laborales, junto al acatamiento a las normas y el tratamiento respetuoso a las personas en armonía a una ejemplar convivencia dentro de la sociedad.

Lamentablemente, en nuestra querida y amada Venezuela, el actual régimen mantiene la educación a un lado. Por ello mantiene a los educadores con un ínfimo salario para desestimularlos en tan encomiable labor, que busquen otra labor o emigren. Parece que la educación, la cultura, no le interesa para los propósitos que tiene en mente. La ha sumado a las otras crisis que dolorosamente han destrozado al país: la política, la económica y la social, con las cuales se acentúan las necesidades esenciales y con ello dolorosamente los sufrimientos humanos, empezando con el hambre que sufren los venezolanos, sobre todo los inocentes niños y los ancianos: sin alimentos ni medicinas.

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