Muchos dejan pasar la felicidad buscando o esperando una pareja ideal. Creen que encontrarán a alguien que cumpla con su criterio de perfección. Pero la perfección es relativa. Igual ocurre con el  líder.

El líder no es perfecto. Tiene virtudes y defectos. Nunca podrá complacer a todos. Logra aciertos y comete errores. La decisión que tome debe beneficiar a la mayoría y es su responsabilidad lo bueno o lo malo que ocurra. Eso, inevitablemente, limita.

Limita y decepciona si no se logra el resultado que el líder y sus seguidores esperan y exigen. Eso no quiere decir que el líder no haya entregado lo mejor de sí mismo. Eso, indudablemente, tampoco lo transforma en traidor, ni en mala persona, ni en incompetente ni en corrupto. No. Eso, simplemente, lo muestra como lo que es: un ser humano.

Un ser humano, en el buen sentido de la palabra, es un animal inteligente, con raciocinio y capacidad para amar y odiar. Un ente social que se indigna ante la injusticia en un intento por ayudar a otros. El líder es un ser humano, por eso no se garantiza el éxito; a no ser claro está, que estemos ante la presencia de un líder mesiánico.

Un líder mesiánico es un salvador. Hoy en día quizás un ser utópico. Alguien incluso capaz de hacer milagros, los cuales son cada vez más escasos en estos tiempos de locura, de principios morales extraviados, de políticas erradas y leyes violentadas porque, como entre ángeles y diablos, han surgido líderes negativos que conducen a movimientos anárquicos y sumergen a los pueblos en la miseria, la sumisión, la destrucción, el atraso y el hambre. Regímenes que al parecer tratan de imponerse en América Latina y tal como todos sabemos, imperan en Venezuela.

En Venezuela, cuando ya nadie lo esperaba, surgió un líder. No un mesías. No. Un líder. Un ser humano que aceptó asumir con valor y responsabilidad su compromiso ante el momento histórico que vivía. De manera abnegada, este joven líder entregó la prosperidad de su vida profesional y la felicidad familiar, para intentar recuperar la democracia a través de la transparencia de unas elecciones libres.

Elecciones libres que ocurrirían si la mayoría acepta que un cambio se produce sólo si hay unidad, constancia y participación activa de todos. Dividir reduce fuerzas. La desesperanza acaba con la voluntad. Hagamos caligrafía con eso hasta lograr asimilarlo. Y sí, es una estrategia repetida pero efectiva. Lo que agota, es que muchos no lo aceptan. La victoria radica en luchar por el bien común y no por el individual, obteniendo el primero el segundo es un hecho.

Es un hecho que algunos, quienes dicen ser de oposición, se empeñan a través de las redes sociales a vilipendiar y a destruir a sus líderes, a atacarse entre ellos mismos cual escorpiones con ponzoña y a golpear con crueldad las esperanzas de quienes, para seguir adelante, luchamos por no perder la fe. Parece, y se ha dicho muchas veces, que no saben quien es el enemigo. Esa es parte de la verdad.

La verdad es que tenemos la oportunidad no de recuperar la democracia, sino de diseñar una mejor, más digna y fortalecida. Pero eso no está en las manos de un sólo hombre. Está en las manos de todos. Les contaré la historia de un soldado que combatió durante la Segunda Guerra Mundial, en quien nadie tenía fe y terminó siendo un héroe.

Desmond Thomas Doss, paramédico de la División de Infantería del ejército de los Estados Unidos, enfrentó a un Consejo de Guerra por no querer usar armas ya que su religión, Adventista del Séptimo Día, lo impedía, razón por la que fue la burla de sus compañeros quienes lo humillaron y maltrataron como si de un cobarde o enemigo se tratara.

Sin embargo, durante la batalla de la isla de Okinawa, en Japón, este soldado le dio primeros auxilios a los heridos y arriesgando su vida, arrastró cuerpos lesionados a lugares donde podían recibir asistencia médica, mientras sanguinarios japoneses continuaban con la matanza. Desarmado, solo y herido, salvó la vida de 75 hombres. Por su heroísmo se le concedió la Medalla de Honor del Congreso y obtuvo el respeto de quienes lo menoscabaron y se burlaron de él. Esto fue un hecho histórico. Cabe preguntarse ¿quién tiene derecho de juzgar a un hombre que intenta salvar la mayor cantidad de vidas? ¿Acaso lo inexistente de la perfección da licencia para destruir con vilipendios y mentiras, a quienes de manera errónea o certera se arriesgan por salvar a un país? La mala intención de la palabra escrita también es un arma y puede ser letal.

Admiración, respeto y por qué no, credibilidad y fe, merece quien intente hacer algo para rescatar la democracia. Eso no es fácil. Pero la ingratitud, soberbia e hiriente, prevalece. La historia lo ha enseñado una y otra vez, pero el hombre no quiere aprender.

@jortegac15