Terrence Malick es un personaje curioso en el panorama del cine contemporáneo. A los 76 años exhibe una obra austera, 10 largometrajes en 47 años. Su comienzo es con Badlands (Tierras malas, en 1973), una mezcla de falso policial con road movie que perseguía el romance de un asesino, un juvenil Martin Sheen con la fresca Sissi Spacek. El filme llamó la atención de la crítica, fue un fracaso de taquilla y Malick tardó cinco años en volver a la carga con Días de gloria, un drama de traiciones, pobreza y violencia en el sur profundo, con Richard Gere, Brooke Adams y Sam Sheppard, y una gloriosa fotografía del cubano Nestor Almendros.

La película ganó en Cannes y consagró a Malick que aprovechó su momento estelar para desaparecer por veinte años. Regresó de su exilio francés en 1998, con un filme bélico intenso que de nuevo lo colocó en el interés de la crítica. La delgada línea roja era un remake de una novela famosa de James Jones (el mismo novelista de otro clásico, De aquí a la eternidad de Fred Zinnemann). Estaba hecha a lo grande, cabalgando sobre una miríada de protagonistas de caras famosas (Sean Penn, John Travolta, Woody Harrelson) y proponía un acercamiento intenso a Guadalcanal a través de imágenes furiosas que destilaban un aire de tristeza sobrecogedora sobre una empresa que, por primera vez, descartaba el heroísmo tradicional con el cual el cine había tratado el conflicto en el Pacífico.

La enumeración tiene sentido porque esas primeras tres películas delineaban un estilo personal signado por la violencia de los conflictos policiales, amorosos o bélicos que contrastaba con el tono poético y distante con el cual eran narrados. A pesar de la guerra los personajes de La delgada línea roja dejaban hacer oír sus monólogos, o la caída final, de frente y en el agua de un lago del villano Richard Gere, enviaban ondas de choque a la sensibilidad del espectador, que se descubría vulnerable frente al tono melancólico de la narración. Y a partir de ahí, Malick retomó  una carrera que esta vez sí se tornó regular, aunque espaciada. Y ese tono poético que embriagaba sus dramas, pasó a ser el protagonista de El nuevo mundo, que la reemprendía con la historia de Pocahontas (rescatándola de la versión de Walt Disney) en 2005. Seis años más tarde El árbol de la vida aludía a una historia personal, la de un joven y sus dos hermanos que crecen en el Texas de los cincuenta. El filme era sencillamente incomprensible, y si bien el ingenio de las imágenes estaba allí, solo pudo encandilar, por supuesto, a la crítica francesa. Igualmente crípticas y pomposas eran To the wonder en 2012, y Knight of cups en 2015.

Pero para fortuna de sus admiradores iniciales, Malick regresa con una película que parece apartarse de esa línea opaca. Lo primero que llama la atención en Una vida oculta es lo raquítico de la trama, basada en un hecho real. Con la anexión de Austria a la Alemania nazi, sus ciudadanos deben firmar una hoja de lealtad a Hitler. Un campesino humilde, de vida sencilla, casado y con dos niñas, sencillamente se niega a hacerlo, basado en convicciones que la película nunca termina de exponer. Se trata también muy sencillamente de un ser sólido, de convicciones firmes y presumible individualismo de hombre de campo. Y por supuesto ahí comienza el calvario, que termina con su ejecución.

El largometraje retoma la originalidad de Malick (extraviada últimamente en sus inconducentes experimentos formales) y es cierto que la trama se arrodilla demasiado a menudo frente al sortilegio de las imágenes de Malick. Hay que reprochárselo pero es entendible. El director juega a enfrentar un mundo bucólico, de vidas sanas y simples que nadan en el verde y el azul del paisaje austríaco, frente a la brutalidad nazi, la insensibilidad de los burócratas o el entusiasmo bastardo de la masa que se pliega al discurso del poder. Frente a ellos se levanta, en un gesto sin esperanza, un simple campesino. Sabe, y lo dice sin pena, que ese gesto no tiene futuro. Pero no es un discurso, ni un llamado a la rebelión. Es un gesto, un acto inevitable, del cual un ser moral no puede escapar aunque lo tienten con negociaciones mínimas o pequeñas trampas que, en el contexto pasarán inadvertidas y lo salvarán. El protagonista entra en una dinámica de la cual no puede salir, porque se traicionaría y no sería él mismo. Es una vida oculta, de la cual probablemente ha habido muchas, esquivadas por historias que coronadas por la derrota o el triunfo, lograron el discutible mérito de la notoriedad. Tal vez la debilidad de la película esté en la ampulosidad con la cual la imagen narra esta historia mínima. La austeridad del drama no encuentra eco en los planos abiertos, de cielo glorioso o contrapicados estentóreos con los cuales Malick realza el drama. Pero no deja de ser, a pesar de sus dos horas y cincuenta y tres minutos, un filme poderoso y atrapante. Especialmente en estos tiempos de canallas grandilocuentes. Esta en Apple TV.

Una vida oculta. (A hidden life). Estados Unidos. Alemania. 2019. Director Terrence Malick. Con August Diehl, Valerie Pachner, Bruno Ganz.


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