El concepto de Estado ha sido objeto de estudio de la filosofía desde sus propios orígenes. Más aún, se puede afirmar que el propósito mismo de las primeras metafísicas elaboradas por los clásicos tuvo como objetivo central la tematización y problematización de la res pública, es decir, de los asuntos relativos a la vida en sociedad, sus principios y valores, sus diversos modos de organización, sus formas adecuadas e inadecuadas, virtuosas o corruptas. Los manuales de filosofía, aparte de separar la filosofía teorética de la práctica, suelen enfatizar la presencia de un grupo de pensadores a los que catalogan de “presocráticos” –cuando, en realidad, muchos de ellos fueron contemporáneos de Sócrates–, los cuales, fastidiados de ocio frente a las costas del Mediterráneo, echados sobre las blancas arenas, solían mirar el cielo para hacer disquisiciones acerca de los orígenes de la naturaleza. Llevan, en los manuales y diccionarios, el rótulo de “los físicos” o de los “filósofos de la naturaleza”. Ese es el “código de barra” con el que se les ha catalogado durante siglos. Pues bien, cuando esos filósofos se preguntaban por el “arjé”, por el principio de las cosas, o por su “hypokeimenon” su fundamento, nunca excluyeron de sus cavilaciones los asuntos relativos al Estado. El agua de Tales, por ejemplo, no es solo el elemento particular que origina la vida de todas las cosas, sino que es la idea, el punto de partida, de la existencia de las relaciones de intercambio entre los hombres, es decir, la premisa para la existencia de sus relaciones sociales de producción. La humedad de Tales –dice Hegel– es vida y, por eso mismo, Espíritu, actividad humana que de continuo se condensa y se diluye.

En realidad, los llamados “presocráticos” fueron los primeros filósofos que concibieron la pólis, la ciudad, el centro político, cultural y ciudadano de la sociedad griega, no solo como una parte constitutiva del cosmos, sino más bien como su necesario resultado, su cumplimiento. Aristóteles advierte que una de las maneras de entender la causa primera de las cosas es su lado opuesto: “El fin o el bien, que es la meta de toda generación y de todo movimiento”. El cosmos, ese espejo de los espejos, termina en el Estado y el Estado está hecho a su imagen y semejanza, siendo el más fiel reflejo de su orden y conexión. Se trata nada menos que de la restitución de la armonía del espejo del cosmos. De modo que la pregunta ontológica por el principio, por la causa primera de todas las cosas, encuentra su respuesta de-ontológica en todas las cosas de la ciudad, de la polis. Lo físico se corresponde con lo metafísico y viceversa. Quien no voltea a mirar las estrellas para evitar tropezarse y caer en una zanja es porque no ha logrado comprender que se ha pasado la vida metido en una zanja. Y no son pocos los llamados teóricos del Estado  y de la política –hoy día revestidos de coaches o youtubers– que viven en ella, a la que han terminado por convertir en su residencia mental. La Fenomenología de Hegel inicia con el estudio de los modos de conocer y termina, como resultado, con la eticidad. Va del yo al nosotros. Y la Reforma del entendimiento de Spinoza comienza con el tratamiento del bien y termina con la sustancia. Los compartimientos estancos funcionan muy bien entre los cartesianos, los empiristas y los vendedores de helados caseros –especialmente los de “colita”–, apoyados en estos días sobre los hombros de la matrix.

Que el Estado sea interpretado como una máquina de represión, una suerte de instrumento de dominación y coerción contra las iniciativas privadas, a las que oprime, no es una representación exclusiva de los llamados neoliberales. Lenin, antecesor de la creación de una de las más horrendas maquinarias de represión ciudadana de la historia, la describe exactamente de ese modo. Gracias, especialmente a los vendedores de helado de “colita”, se ha vuelto parte del sentido común el hecho de que los individuos se conciban a sí mismos como entes independientes y ajenos respecto de la “brutalidad” estatal. El Estado es una cosa, ellos son otra. A fin de cuentas, si el Estado consiste en una composición de tres poderes –cuatro, acotaría un chavista trasnochado–, a saber, ejecutivo, legislativo y judicial –el otro es un antro gaseoso e indefinido, en el que se forma una suerte de arcoíris entre las nubes de los costosos zapatos de la confusión y la pésima hermenéutica–, ellos, los individuos, nada tienen que ver con esos asuntos, a menos que sea para padecer las innumerables cuitas que le imponen los operadores de ese artificio de los tormentos. Ante lo cual no caben más alternativas que el temor y la esperanza. Y, repiten, no sin razón, “mientras más pequeño y limitado sea el poder del Estado, ¡mejor!”.

Desde su creación, el llamado izquierdismo latinoamericano ha sido fiel al estatismo populista. Ha sido y es estatolátrico, como define Gramsci esa suerte de culto divino dentro del cual los individuos se autoconciben como incapaces de valerse por sí mismos, por lo que están convencidos de la necesidad que tienen de delegar en el Estado la resolución de todas sus falencias. A veces se esconde detrás de ciertas expresiones más o menos altisonantes, como la de comunitarismo, para poder ocultar sus vergüenzas. Son estalinistas y, en el fondo, idénticos a los nacional-socialistas y fascistas. Nada tienen que ver con la filosofía de Marx, por cierto, quien consideraba abyecto el predominio de la sociedad política sobre la sociedad civil, lo que tenía que ser superado para dar paso a una sociedad cultivada, productiva, rica, libre, justa y capaz de gobernarse a sí misma. Pero el nombre de Marx terminó en las manos de los bolcheviques para ser deformado y promovido como el ideólogo de la estatolatría soviética. Y sobre los hombros del bolchevismo, el izquierdismo latinoamericano planificó apoderarse del Estado para no soltarlo nunca más. Es el caso de las narco-izquierdas de Cuba, Nicaragua, Bolivia y Venezuela, bajo su figura más siniestra, más retorcida, enferma y terrorífica. La política fusionada con el crimen organizado, el narcotráfico y el terrorismo. Es por eso que los narco-socialistas podrán sentarse a negociar algunas diputaciones, gobernaciones o alcaldías, pero bajo la premisa de que por ningún motivo abandonarán del control del poder del estatal –como alguna vez afirmó el inefable Maduro–: “Más nunca”.

La representación que se habitúa hacer del Estado como un instrumento exclusivamente represivo y coercitivo, que conculca los derechos individuales es, en realidad, una abstracción. Presupone la pérdida de la idea de organismo viviente, inherente a la res-pública, la separación de la sociedad política y de la sociedad civil como términos ahistóricos, naturalmente antagónicos, extremos e irreconciliables. La verdad es que, históricamente, el individuo creció y se desarrolló dentro del cosmos del Estado, no fuera de él. Es la idea de Estado como república, la adecuación de la sociedad política con la civil lo que cabe restituir para poder superar el instrumentalismo que condena a los individuos a esa idea de máquina que carece de sentido y que conviene superar de una buena vez.

 

@jrherreraucv