Steve Hanke es profesor de Economía Aplicada en la Universidad Johns Hopkins y miembro principal del Instituto Cato. Es columnista de Forbes, colaborador habitual de The Wall Street Journal, y el pasado 14 de agosto, en su cuenta de Twitter, escribió: “Zimbabue se encuentra en medio de una crisis humanitaria marcada por la escasez de alimentos, la sequía y la falta de electricidad. Pero la raíz de todo esto son las políticas económicas desastrosas, marcadas por la introducción de una nueva moneda. Hoy, según mi medida, la inflación es de 562% anual (frente a la tasa de inflación puntual anual oficial del 176%)”.

Seis semanas antes, el 1° de julio, en el portal de la organización African Liberty, patrocinada por el Instituto Cato, Hanke había escrito un artículo titulado «La inflación de Zimbabue todavía sigue aumentando». Compara las métricas de inflación para Venezuela, Zimbabue, Sudán, Irán y Argentina. Para el 27 de junio de 2019 y de acuerdo con su metodología (no compartida por muchos economistas de nuestro país), la inflación puntual al año de Venezuela era de 23.525%, mientras que la de Zimbabue era de 482%.

El 15 de agosto, la prestigiosa revista británica The Economist publicó un artículo titulado «La economía de Zimbabue se está derrumbando y su gente tiene hambre», que transcribo a continuación en una traducción libre.

Después de una década de mala gestión y corrupción, Zimbabue es un desastre. Su gente sigue siendo pobre y hambrienta. Según el Programa Mundial de Alimentos de la ONU, a principios del próximo año (2020), alrededor de la mitad de la población zimbabuense necesitará ayuda para obtener suficiente comida. En un país que alguna vez estuvo entre los más industrializados de África, la electricidad titila solo por unas pocas horas al día, a menudo por la noche. Las fábricas y panaderías permanecen inactivas mientras brilla el sol. Los trabajadores llegan después del anochecer, con la esperanza de que si son pacientes podrán encender sus máquinas u hornos. En los hogares, las personas se despiertan a medianoche para cocinar o planchar sus camisas. Los grifos de agua dulce funcionan durante algunas horas una vez por semana. Tendai Biti, diputado de la oposición y ex ministro de Finanzas, se queja de que la vida se remonta a la época colonial: «Estoy lavando mi ropa en un balde, como si fuera Rodesia del Sur en 1923».

La crisis es la peor de Zimbabue desde aquellos días de 2008-2009, cuando la impresión de dinero del presidente Robert Mugabe causó una hiperinflación tan fuerte que los precios se duplicaron varias veces por semana. Esa crisis fue controlada solo cuando Zimbabue abandonó su propia moneda y comenzó a usar dólares estadounidenses. Esta vez, el gobierno culpa a la sequía de los problemas de la nación. Las lluvias, ciertamente, han sido escasas. Pero el verdadero problema es el mal gobierno. El sucesor de Mugabe, Emmerson Mnangagwa, del mismo partido gobernante, ZANU-PF que ha estado a cargo desde 1980, tomó el poder de su mentor en 2017. Su régimen ha seguido sacando dólares de las cuentas bancarias de las personas y reemplazándolos con dinero electrónico (RTGS o electronic real time gross settlements), que ahora ha perdido la mayor parte de su valor. En junio, sin suficiente efectivo para pagar a los soldados que lo defienden, el gobierno estableció que las tiendas solo deben aceptar dinero electrónico. La inflación anual ha sobrepasado el 500%.

Los zimbabuenses han aprendido a esperar solo problemas de las personas a cargo del gobierno. Se apresuran creativamente para sobrevivir. Los trabajadores asalariados tienen trabajos temporales paralelos. Las familias subsisten con remesas de familiares que trabajan en el extranjero. Sin embargo, no ven por qué deberían soportar la opresión y la disfunción por tiempo indefinido.

Zimbabue es pobre porque sus gobernantes son depredadores. Pero los gobiernos vecinos, los donantes y los prestamistas deben compartir parte de la culpa y, una y otra vez, han mirado para otro lado, ya que el partido gobernante ha manipulado las elecciones, torturado a los disidentes y saqueado la riqueza de la nación. En 1987, cuando Mugabe intentó crear un Estado de facto de un solo partido, los diplomáticos occidentales afirmaron que lo que el país necesitaba era una mano firme. En el año 2000, cuando Mugabe envió matones para apoderarse de granjas comerciales propiedad de blancos, algunos líderes africanos aplaudieron la corrección de un error colonial, ignorando el hecho de que gran parte de la tierra fue redistribuida a los ministros del gabinete que apenas se molestaron en cultivarla (no pudiendo pagar los préstamos que sobre su producción había, y quebrando al mismo tiempo el sistema bancario del país. Nota mía). Después de que la cleptocracia de Mugabe destruyera la economía, el FMI entregó 510 millones de dólares en 2009 y dijo que agradecía sus promesas de reforma. Pues bien, las promesas de Mugabe resultaron vacías.

Ahora, Mnangagwa quiere otro rescate del FMI y préstamos del Banco Mundial. Con el objeto de asegurarlos, está haciendo grandes promesas para derogar las leyes opresivas y compensar a los agricultores cuyas tierras fueron robadas. Sin embargo, después de 21 meses en el poder (oficialmente desde noviembre de 2017) ha mostrado pocas señales de hacerlo. Hasta que demuestre a través de acciones que es sincero, su régimen no debería recibir un centavo. Se debe proporcionar alimentos y asistencia médica a los hambrientos, pero no apoyar nunca al gobierno que los convirtió en eso.