La reciente aparición de Delcy Rodríguez en la asamblea de Fedecámaras ha dado mucho de qué hablar, al igual que el otorgamiento del premio de empresario del año a Alberto Vollmer. Siendo cercano a Fedecámaras (llevo al menos más de dos años conduciendo gracias a Cedice-Libertad el programa de radio Mesa de Análisis en la emisora que lleva el gremio empresarial vía Internet), considero oportuno hacer algunas reflexiones sobre el papel que desempeña el empresariado en la Venezuela de estos tiempos.

En retrospectiva, el sector empresarial no ha vivido décadas sencillas durante la era chavista. El discurso y la praxis socialista de estos años trajeron consigo persecución al empresariado, numerosas expropiaciones, ataques a la propiedad privada y el establecimiento de controles que difícilmente pudieran permitir que la actividad empresarial pudiera llevarse con éxito. Los resultados están a la vista. Basta ver cualquier indicador macroeconómico venezolano y constatar cómo el país se vino a la ruina y hoy día es un reino de miseria. Y todo ello sucedió mucho antes de las sanciones y los mal llamados “bloqueos imperiales” supuestamente emanados y liderados por Estados Unidos y la Unión Europea.

A ello hay que agregar el hecho de que también hay empresarios que han tomado una posición política contraria al gobierno. Estos han sufrido aún más, porque no solo se han visto envueltos en la telaraña del control económico sino que también se han visto forzados en muchos casos a sufrir persecución política por adversar las ideas del chavismo. A nuestro juicio, ante ello no compartimos la premisa de que “el empresario no se mete en política”, porque el empresario ante todo es ciudadano y debe tener el derecho de expresar su parecer político, máximo si vive en una democracia. En adición a ello, valdría la pena reflexionar sobre el hecho de que en algunos países (tal es el caso de Estados Unidos, tal vez la democracia más sólida del planeta) no son pocas las empresas que abierta y públicamente, con transparencia brindan financiamiento a políticos, con lo cual, de cierta manera, se está dando una muestra de participación política del sector empresarial.

También se hace innegable que no han sido pocos los beneficiados de su liaison con el régimen. La llamada casta de boliburgueses que básicamente hace negocios con base en su cercanía con el Estado, desconociendo por completo el concepto de “riesgo”, toma de decisiones, manejo del mercado tomando como base la dinámica del mercado. Tal vez pueda afirmarse que una buena parte de la historia empresarial venezolana esté correlacionada con el Estado y el poder, pero nunca como ahora el surgimiento de la boliburguesía empresarial se ha hecho tan notorio, tan palpable, acompañado de una era signada por la hipercomunicación.

De forma tal que examinar la realidad empresarial venezolana requiere el desprendimiento de una visión maniquea sobre el tema, porque aunque suene a lugar común, en la fauna empresarial venezolana existen diversos especímenes. Tenemos desde personas que aspiran a vivir el ideal de John Galt hasta sujetos mediocres que dependen del oportunismo y el privilegio para mantenerse a flote, pasando por una buena capa de personas que transitan en el justo medio buscando un buen clima para hacer negocios, sin mayor filosofía de por medio, y que obedecen a los incentivos que la realidad les otorgue.

Es en ese contexto que debemos ubicarnos para tener una lectura empresarial del país. En lo personal, veo con preocupación dos grandes elementos en el acercamiento empresarial al gobierno. El primero, el hecho de que no observo un cambio de convicción y de políticas reales por parte del régimen en cuanto a su sistema económico. Lo segundo es que, incluso partiendo de la buena fe, percibo que la élite empresarial venezolana –venida hoy a menos– se encuentra en su mayoría alejada de la realidad empresarial que rodea al pequeño empresario, al emprendedor, al que precisamente no tiene acceso al poder.

El primer aspecto es del todo preocupante. Ya he dicho en otros artículos que la serpiente cambia de piel pero no de naturaleza, como reza un proverbio ruso, y hasta ahora es difícil pensar en la idea de que Venezuela pueda migrar hacia un sistema de mayor apertura económica mientras en el seno del poder no haya una convicción de que ese es el camino. Sí, es cierto, y así también lo hemos reconocido: Maduro ha venido desarrollando una serie de ajustes y desaplicación fáctica de controles, pero si se ven como un todo, no son cambios estructurales en la economía, sino medidas más bien efectistas tendientes a fortalecer a sus aliados a través de agentes privados. Pero muy lejos se está hoy de tener un doing business en Venezuela proclive a la creación de negocios formales de forma rápida, barata y eficiente. Basta ver el marco regulatorio para la creación de empresas, las leyes laborales, las leyes de inversión extranjera, la dificultad para formalmente repatriar capitales, la falta de seguridad jurídica y el siempre presente discurso marxista-izquierdoso del gobierno auspiciado además por sus factores más radicales. Razones hay para preocuparse.

El segundo elemento también me preocupa. Fedecámaras, por ejemplo, ha hecho propuestas valiosas para el país en diversos ámbitos (la de la vacunación contra el coronavirus, por ejemplo, es una de ellas) y ha enfatizado el hecho de cómo el sector privado puede contribuir al país. Sin embargo, no sé hasta qué punto ello realmente se compagina con la realidad venezolana en la cual la mayoría de los nuevos emprendimientos ni siquiera pasan por la idea de formalizarse por el elevado costo de la legalidad y la situación país. O dicho de otro modo, ¿cuál es la cercanía que puede tener Fedecámaras hoy con el pequeño emprendedor informal? ¿Están conectados los gremios de negocios –no solo Fedecámaras porque tal vez no sea su nicho ni misión– con esta realidad? Por supuesto, todavía quedan empresas venezolanas que por su escala y tamaño tienen cierta magnitud, pero un país informalizado, con elevado costo de la legalidad, no es en el seno del empresariado tradicional donde se está gestando la dinámica económica del país de forma sustancial.

Para bien o para mal, es en el espacio de lo pequeño, del microempresario, hacia donde se da el intercambio de bienes y servicios de forma significativa y en donde se está gestando la incipiente empresarialidad venezolana, y no sé hasta qué punto esa realidad se está tomando en consideración en el marco de los posibles acuerdos que se gesten entre empresarios y gobierno. Y, valga decirlo, en un entorno como el venezolano, en el que existen incentivos perversos para la formación de una clase clientelar, no es lo mismo hacer negocios escribiéndole un Whatsapp a un ministro o al vicepresidente, que hacerlo a fuerza de pura buena voluntad e ingenio. Basta que venga el poder del Leviatán estatal para llevarte por delante. Esto no es solo una reflexión de pragmatismo sino también ética.

Por último, acta non verba. Hasta ahora el gobierno con buena parte del capital tradicional sigue siendo abiertamente despreciativo y desconfiado, por lo que hasta que no se vean cambios realmente sustanciales, lamentablemente solo habrá conjeturas sobre un futuro más promisorio e inclusivo, en el que la generación de riqueza y bienestar sea una consigna hecha verdad. Eso sí, tengamos cuidado con lo que deseamos. China es un país de enorme riqueza cultural e histórica (me confieso un admirador de la Ciudad Prohibida y la Muralla China y espero tener oportunidad de volver al país asiático a conocer buena parte de sus tesoros), pero es el mismo país en el que Jack Ma (Alibaba) desapareció misteriosamente por unas cuantas semanas, la gigante Didi Global –la llamada Uber china– fue fiscalizada por sospecha de violación de la privacidad por las autoridades chinas, a menos de una semana de haber salido a hacer oferta pública en la Bolsa de Nueva York y el lugar en el que se ejecutó al presidente de China Huarong Asset Management, Lai Xiaomin, por haber sido encontrado culpable de corrupción y sobornos. No sé si ese sea el destino que la mayoría de los empresarios venezolanos deseen. Espero y quiero pensar que no es así. Que la democracia y el respeto a los derechos humanos siguen teniendo un peso importante en nuestra cultura corporativa y empresarial. Este es otro tema que debe debatirse. No es poca cosa. Se trata del tipo de sociedad y el sistema político en cual queremos vivir.


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