El retiro por las autoridades de Hong Kong del proyecto de ley de extradición que ocasionó más de dos meses de protestas constituye un ejemplo de cómo la presión popular puede frenar el abuso de regímenes dictatoriales.

La propuesta de abril permitía que presuntos delincuentes fueran extraditados a China continental, pero la oposición percibió en ello un intento de Pekín de minar las libertades de los hongkoneses y silenciar las críticas mediante la intimidación.

Después de más de 150 años de dominio británico, Reino Unido devolvió Hong Kong a China en 1997. A partir de entonces ese territorio del sur del gigante asiático ha disfrutado de cierta autonomía de acuerdo con el principio de “un país, dos sistemas”.

Pero los activistas prodemocracia –que sin duda recuerdan la masacre de la plaza de Tiananmén de 1989 en Pekín– exigen que se investigue la brutalidad policial contra los manifestantes, amnistía para los arrestados y más libertad política que mantenga a raya las intenciones de mayor control de Pekín.

El régimen de Maduro condenó las protestas prodemocráticas en Kong Kong calificándolas de “sucesos abiertamente promovidos por intereses extranjeros”, y el señor Arreaza escribió en Twitter hasta de “acciones vandálicas” contra estaciones del Metro en Hong Kong, precisamente donde la policía atacó con gas pimienta a manifestantes y pasajeros.

Los usurpadores compararon los sucesos de Kong Kong con las protestas de 2014 y 2017 en Venezuela, lo cual evidencia el temor que les causa la movilización ciudadana en las calles, que hace falta combinar con la presión internacional.

Henry Thoreau, influyente pensador estadounidense del siglo XIX e inspirador de Gandhi y Martin Luther King, afirmaba que todos los hombres reconocen “el derecho de negar su lealtad y de oponerse al gobierno cuando su tiranía o su ineficacia sean desmesuradas e insoportables”.

Es lo que hace ahora Joshua Wong, que dijo la semana pasada en la capital alemana que Hong Kong es solo “la primera línea contra el régimen autoritario chino”. “Hace tres décadas tampoco nadie pensó que el Muro de Berlín pudiera caer”, respondió a escépticos periodistas el activista hongkonés de 22 años de edad en una gira que también lo llevará a Estados Unidos.

Aparte de fe, los jóvenes líderes de la revuelta hongkonesa en defensa de la democracia y los derechos humanos también han demostrado valentía. No parecen temerle a otra represión como la de Tiananmén, con cientos de muertos y miles de heridos a finales de los años ochenta.

En los últimos días de las protestas en la plaza de Pekín, el reportero gráfico estadounidense Charlie Cole tomó la imagen ganadora del World Press Photo de 1990. Muestra a un joven opositor enfrentándose a una columna de tanques del gobierno comunista. Lo apodaron “el hombre del tanque”.

 


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