Después de que los ojos de la humanidad observaron el cadáver de Aylan, una criatura de apenas 3 años de edad, empujado por el oleaje del mar hasta la orilla de una playa de Turquía, comenzaron a reaccionar, como correspondía, muchos gobernantes y líderes de organizaciones constituidas para velar por los derechos humanos. Ese hecho ocurrió en septiembre de 2015, cuando ese niño de origen kurdo, ahogado, fue cargado en sus brazos por un agente de policía de la zona, dando pie a una fotografía que instantáneamente le daba la vuelta al planeta, desatando una controversia que giraba en torno a la tragedia humanitaria que padecía el pueblo sirio.

Ahora la tragedia se ubica en otro extremo de la Tierra, a la cabeza de América del Sur, en un país que fue décadas atrás receptor de inmensas legiones de migrantes y que ahora, por paradojas de la vida, se ha convertido en epicentro de un peregrinaje de más de 5 millones de niños, jóvenes, adultos y ancianos, que han sido aventados por una espantosa crisis que va desde la hambruna, la carencia de servicios de salud, hasta la asfixia que causa las privaciones de libertad a las que son sometidos.

Ese país se llama Venezuela. Un país que llora la partida de sus mejores hijos. Esos profesionales que forjaron conocimientos para servirle con entusiasmo contagioso a sus congéneres y que ahora están desperdigados por los cuatro confines del planeta. Estamos hablando de una diáspora que huye de un país porque un régimen sanguinario los acosa, los hostiga y los sentencia a la muerte más escalofriante. Un régimen que trastoca nuestro Estado de Derecho en un penoso Estado fallido, porque ha ido cediendo buena parte de su territorio a grupos extranjeros y a organizaciones criminales, mientras arrasa con los estamentos levantados para producir bienes y servicios de consumo masivo. Por eso hay hambre y por eso pierden la batalla ante la muerte centenares de miles de venezolanos, que no pueden superar hasta simples enfermedades.

La tragedia la viven en carne viva niñas que son explotadas en medio de una denigrante trata de blancas, como esas 53 menores que fueron afortunadamente rescatadas este mes de junio, junto con otras 111 personas adultas, por una patrullera de la Guardia Costera de Trinidad y Tobago. También están a la mano los relatos desgarradores de mujeres y hombres venezolanos víctimas de una inesperada xenofobia, en lugares específicos de Ecuador, Perú y Panamá, conductas reprochables que afortunadamente han sido repudiadas por las propias autoridades de esos países hermanos. Venezolanos que tienen sus títulos universitarios bien labrados en reconocidos y prestigiosos centros de educación; venezolanos que van con sus experticias de excelentes técnicos y desempeño laboral, pero que aún no logran solventar su angustiante situación o estatus migratorio, para poder asumir trabajos adecuadamente remunerados para colocar en escuelas a sus hijos.

En medio de esta pandemia que castiga al mundo son muchos los venezolanos que emprenden el viaje de retorno como diciendo que “prefieren morir en su propia tierra”. Así tenemos esas caravanas de miles de familias intentando retornar a la Venezuela que aún no supera las dificultades que los obligaron a buscar mejores derroteros afuera. Un ejemplo está en el testimonio que ofreciera el doctor Juan Francisco Espinosa, director de Migración Colombia, en el sentido de que “la cifra de retornados, en su mayoría provenientes del Norte de Santander, creció a más de 74.000 venezolanos intentando pisar suelo patrio”. Es doloroso, nada más ver a los 900 ciudadanos de nuestra Venezuela padecer la angustia existencial en el Centro de Atención Las Margaritas, ubicado en La Villa del Rosario.

Mientras tanto, las noticias no son nada alentadoras. Así tenemos que, según la versión que ofreció este fin de semana el especialista Roberto Suárez Santos, vocero de la Organización Internacional de Empleados: “Latinoamérica carece de capacidad de recuperación rápida ante el brutal impacto del coronavirus, indicando que en Nicaragua, El Salvador y Venezuela, sus organizaciones empresariales son sistemáticamente intimidadas, hasta el extremo de poder ser asfixiadas”

Nosotros esperamos que las instituciones del mundo no dejen “a la buena de Dios” a esos miles de seres humanos que deambulan por lugares desconocidos para ellos mismos hasta no hace mucho tiempo. Aspiramos a que acuerdos suscritos como el Pacto de Marrakech, apuntalado por la ONU para abordar con propiedad el drama de las migraciones y la obligación de canalizar con la mayor transparencia las ayudas financieras que se van sumando, como por ejemplo en la USAID (Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo), en la Unión Europea y otros aportes provenientes de diversos entes y gobiernos, con la idea de socorrer a tantos seres desprovistos de ropa, alimentos, medicinas y techo, de verdad lleguen adonde tienen destino definido, moralmente hablando.


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