El del doble es un tema recurrente en la literatura (pensemos solamente en el William Wilson de Poe). El cine lo pidió prestado con frecuencia con una ventaja que llevaba en sí su esfuerzo por lograrla.

Por un lado, la exhibición de un doble idéntico llevaba al extremo la ilusión de un duplicado exacto de la realidad. El cine, como el espejo, lograba la creación de un mundo, o por lo menos de una persona. Pero, por el otro lado, en la infancia del séptimo arte, ese artilugio presentaba complicaciones técnicas que solo agregaban a la proeza y las posibilidades del medio.

En todo caso, dobles hubo muchos desde El estudiante de Praga, un filme alemán aparecido en 1913, y luego rehecho en 1926 y 1935, señal ominosa de un lado oscuro de la psiquis colectiva que emergía una y otra vez en la imagen como en la realidad. Más explícita aún era en 1946 El espejo negro, historia de unas gemelas, una buena y otra mala, interpretadas por Olivia Havilland, dirigidas por un alemán exiliado de nombre Robert Siodmak.

Ejemplos hay muchísimos y la referencia a lo oscuro no es ociosa. El doble, por idéntico que parezca, lleva respecto al original una diferencia al menos temporal. Uno precedió al otro y ese tiempo que se ha colado entre ambos alimenta el lado oscuro que el doble carga consigo y refleja. En el siglo pasado los dobles tenían un lastre histórico siniestro. Eran los seres anónimos que habían llevado al nazismo al poder, el lado agazapado del mal, listo para lanzarse al ruedo cuando las circunstancias lo permitieran.

Las cosas cambian en este siglo porque la técnica ha avanzado. En el mundo cotidiano, la clonación agita los fantasmas que el creerse Dios genera. En el plano de la imagen, las posibilidades de jugar con ella son infinitas y por supuesto más flexibles.

Gemini man viene a demostrar que no solo se puede clonar a un ser humano (al menos y por ahora en el cine). Además se lo puede rejuvenecer, jugar con su piel y con su cuerpo. Se le llama “de aging” en inglés, literalmente, quitar edad. El resultado no es un doble. Es su versión mejorada de este siglo. Un clon, que conservando sus mismas características (letales, porque el protagonista es un asesino  a sueldo de una agencia gubernamental) es igualmente mortífero, pero más joven y ágil.

Hasta ahí la originalidad relativa del asunto. La dirección de Ang Lee, un taiwanés con varios aciertos de interés en Estados Unidos, hacía presumir que la poesía de El tigre y el dragón o la delicadeza de Secreto en la montaña pudieran imponerse sobre el fárrago de efectos especiales, la cascada de persecuciones, puños, carros y motos o la edulcorada relación paterno filial que se establece entre el protagonista y su clon.

La película naufraga al poco tiempo porque, cuando el regodeo en los efectos especiales y las escenas de acción entran por la puerta, el interés sale por la ventana. No puede salvarlo un telón de fondo de agentes secretos malísimos, conspirando entre ellos para salvar su pellejo y hundir a los demás, ni las ansias del héroe de jubilarse y buscarse una vida menos violenta. Una lástima porque había una veta de extrañeza y curiosidad en esta historia de perseguidor, perseguido por su versión mejorada por la juventud. Al fin y al cabo, la clonación y la variedad de dilemas morales que se abren con ella, todos derivados del eterno tema del doble, serán uno de los grandes temas de los años por venir. Y la ciencia ficción es una vía de exploración privilegiada de lo imaginario. Pero estos gemelos que no son tales están muy mal equipados para la empresa.

Es mejor dejar que sigan intentando matarse entre ellos.

Proyecto Gemini (Gemini Man). Estados Unidos, 2019. Director: Ang Lee. Con Will Smith, Clive Owen, Mary Elizabeth Winstead.