Desde el sábado 18 de mayo, cuando Edmundo González Urrutia se subió por primera vez a una tarima -una tarima en esta Venezuela es la plataforma de un camión-, la campaña electoral entró en una nueva fase caracterizada por la certeza de que el 28 de julio las fuerzas democráticas pueden formar gobierno. Es cierto, también, que después vendrá un insólito y complejo período, por excesivo, para el traspaso del mando.

El discurso del candidato unitario, conciso y, a la vez, suficiente, se corresponde con esa certeza, al expresar la madurez y responsabilidad del liderazgo político que conduce al movimiento opositor desde el 22 de octubre. Un asunto no se puede desligar del otro porque se trata de un proceso político en el que la fortaleza y la coherencia han permitido elaborar un mensaje que le habla a todo el país, incluido el chavismo, y también, y no menos importante, a la comunidad internacional.

La convicción política de que se puede ser gobierno se soporta sobre cada victoria que la oposición democrática ha acumulado en este breve tiempo sobre cada una de tantas arbitrariedades cometidas por el oficialismo para perturbar la ruta electoral y disuadir la ilusión y la esperanza del cambio político en el país. Aún hay enormes tareas por cumplir en el lapso escaso de menos ya de 70 días para el 28 de julio. La idea de la abstención electoral está enterrada, al igual que la idea, falsa, de la venganza política, difundida, precisamente, por quienes han hecho de esa conducta su marca de fábrica.

Lo expresado por González Urrutia es muy claro en deslindar las aguas entre lo que representa la continuación del actual gobierno y lo que representa su candidatura como consecuencia de la avalancha popular del 22 de octubre, cuyos efectos, negados administrativamente por la justificación oficial, están aún más consolidados. “Venezolanos, hoy nos encontramos frente a una encrucijada histórica. Nuestra nación está sumida en una profunda crisis humanitaria debido al abuso de poder, la infame corrupción y un modelo inviable para el desarrollo. Unos pocos nos han arrebatado los derechos de todos: los salarios, las pensiones, el agua, la luz, el petróleo, la ley y lo más importante, la libertad. Pero no nos han arrebatado, ni nos arrebatarán nunca nuestra esperanza”, dijo el candidato, sin gritar, sin alzar la voz, con la fuerza de esas pocas palabras que resumen el centro de la lucha por el rescate democrático y la recuperación social y económica del país.

“Y esa esperanza -lo deja nítido González Urrutia- hoy vive gracias a las primarias del 22 de octubre que reconocieron la lucha valiente de María Corina Machado, a los líderes de la Plataforma Unitaria y la Unidad de los partidos que nos permitió llegar a los Acuerdos de Barbados y mi escogencia como candidato”. Frente a la continuidad perniciosa del gobierno de Nicolás Maduro, hay la continuidad de un proceso de renovación política y de acumulación de fuerzas que ha planteado con certeza el desafío del cambio político.

No se trata, ni se ha tratado, como en el pasado que dio origen a la actual tragedia venezolana, de “freír en aceite las cabezas” de quienes disienten sino de apostar por las tres ideas “importantes” lanzadas por González Urrutia: “A la comunidad internacional, les pedimos que acompañen de cerca este proceso electoral, porque será definitorio para reducir la migración y hacer de Venezuela un socio confiable. A quienes aún creen en el gobierno, yo garantizo una alternancia en paz en el que todas las fuerzas políticas podrán ejercer sus derechos, en el marco de la Constitución. A la Fuerza Armada: ustedes cumplen un papel fundamental en la seguridad de todos. Seré garante de su institucionalidad, tal como lo reza el artículo 328 de la Constitución”.


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