Estos son mis principios y, si no le gustan, tengo otros”. Groucho Marx

La vida es una suerte de sistema dilemático. En efecto, si valoramos la esencia del dilema como “situación que opone racional y espiritualmente dos opciones contradictorias y además, ninguna plenamente satisfactoria” o acaso, como reza el diccionario RAE, “Argumento formado de dos proposiciones contrarias disyuntivamente, con tal artificio que, negada o concedida cualquiera de las dos, queda demostrado lo que se intenta probar”, encontraremos a menudo, tal vez demasiado frecuente incluso, que estamos ante un lance dilemático. Tal vez por eso mismo aquello que escuchamos en el lenguaje popular y corriente: “el que duda afirma”.

Sin pretender una inmersión mayor en la semántica o en la lingüística, traigo en las alforjas de mis reflexiones y para compartir el avío del tránsito ciudadano, si creemos en lo que leemos o conocemos de la conducta de los que se atreven a decir que hay que hacer o, por el contrario, afirman que, no hay que hacerlo. Participar u abstenernos pareciera la interrogante central en este inicio de un año que suena electoral, aunque no necesariamente tendría que serlo según sostienen otros.

Alguna doctrina menciona que la política es simplemente el abordaje del conflicto y así, la consustancia en la dinámica humana eventualmente con la tragedia. ¿Cómo conciliar posturas antagónicas? Rinesi trae, lo hemos recordado antes, a Antígona y el cadáver de su hermano expuesto y condenado a la carroña, lo que la conduce a un grueso dilema moral, social, existencial: “cumplir la ley y salvar la vida o actuar justamente y perderla”, como lo recuerda en un ensayo sobre la temática de mi entrañable amigo Miguel Ángel Latouche, hoy por cierto en una universidad alemana.

El dilema pone a prueba el coraje, pero así también la consistencia racional que es más que nomos, interacción, ética y política y tal vez, como nos recordaría Weber, sentido de las consecuencias de actuar por convicción o por responsabilidad. Príamo prefirió jugárselas todas y rogar a Aquiles que le permitiera dar honorable sepultura a Héctor y, sorprendentemente, el de los pies ligeros aceptó, pero no sin vacilar y ponerse difícil.

Por eso entiendo al dilema humano de cualquier género, por cierto, y en cualesquiera de sus escogencias, comprensible y explicable en el cosmos de su condición humana, pero no por ello justificable a la vista de todos. El fenómeno que nos turba y demanda nuestra atención y perplejidad supone en el receptor una base material cognitiva, una aureola epistémica que lo asiste en la experiencia y la influye igualmente.

Regresó Guaidó y en su discurso deslizó una frase que dice bastante: “Por el mecanismo que sea, por la vía que sea, Venezuela será libre”. Y así quedo definida, hasta donde se puede decir, la estrategia del muchacho presidente. Todas las opciones están allí en la mesa y la dinámica política que encierra aspectos de toda índole, económicas, sociales, institucionales, militares están en consideración y dependerá de los actores el guion y la obra se denominará como ese giro lo determine.

Dijo luego el inefable Zapatero “que había que respetar los gobiernos y las decisiones que el pueblo tomó”, pero obvió, consecuente con su discurso de justificación a rajatablas, que era el soberano el demos el que se irrespetaba a cada rato, permitiéndose entonces, entre la inmigración forzosa que no cesa y la alienación de los más pobres que se adquiere, con una bolsa de alimentos y la administración del hambre, legitimar precisamente a los que sabemos carecen de legitimidad de origen y legitimidad de desempeño.

El asunto desborda para su análisis las convenciones democráticas y electorales. Y para explicarme, me traslado brevemente a la teoría de los juegos y más específicamente al dilema del prisionero con una suerte de acertijo en el que no basta lo pertinente porque concurre con lo conveniente y aun por lo procedente. En términos sencillos, la ponderación de las razones de una u otra escogencia debe ser apreciada en la perspectiva de lo que dejamos de hacer haciendo lo otro. El manejo de la oportunidad y la gestión que evalúa los tiempos también se debe tener en cuenta.

Votar o no hacerlo no es el verdadero dilema. Es uno, entre varios más y en todo caso, parte la disyuntiva de una interrogante que ya tiene sus consecuencias. ¿Seguimos con Maduro, Diosdado, Padrino, y los hermanitos Rodríguez? En otros términos, ¿preferimos lo que ya tenemos y conocemos? Me atrevo a ensayar una respuesta que no por emotiva sea menos racional: ¡Nooooo!

Entonces; jugaremos lo que sea menester para quitarle ese cepo corrupto, mediocre e irresponsable al país y usted, señor diputado y presidente interino Juan Guaidó, tiene palabras que decirnos siendo que el destino lo puso donde está…. y entienda que nuestra negativa es algo más que rebeldía; es por supervivencia porque Venezuela y sus instituciones, su gente, su futuro y sus ilusiones respiran dificultosamente. ¡Se nos muere la patria!

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