El Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos y su primer Protocolo Facultativo entraron en vigor en 1976. Este pacto contaba con 167 Estados parte a finales de 2010. El Segundo Protocolo Facultativo fue aprobado en 1989.

El pacto recoge derechos como la libertad de movimiento; la igualdad ante la ley; el derecho a un juicio justo y a la presunción de inocencia; la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; la libertad de opinión y de expresión; la reunión pacífica; la libertad de asociación; la participación en asuntos públicos y elecciones; y la protección de los derechos de las minorías. Asimismo, prohíbe la privación de la vida; la tortura, las penas o los tratos crueles o degradantes; la esclavitud y el trabajo forzoso; la detención o prisión arbitraria; las injerencias arbitrarias en la vida privada; la propaganda en favor de la guerra; la discriminación y la apología del odio racial o religioso.

Encontré un camino my personal para abordar el asunto de los derechos humanos, un tema estudiado y analizado hasta la saciedad.

Hay dos palabras que permiten entender claramente al país venezolano a todo lo largo de su historia”: “debate” y “combate”. Antonio López Ortega en el prólogo al libro 6:00 am. Memoria y olvido, 2008, de Ramón Paolini y Rafael Tomás Caldera, establece dos pulsiones en el ejercicio de la cultura latinoamericana que, respectivamente, Jorge Luis Borges llamaría la memoria y Lezama Lima, la imagen.

El debate es controversia, discusión. Puede alcanzar niveles civiles de enfrentamiento, de dureza y combate, de lucha y contienda, pero siempre serán batallas que suceden en el campo de las ideas, de las tesis, pronunciamientos, proposiciones y alegatos. No es cosa de fusiles ni municiones sino de diálogos y diálogo es una palabra que viene del latín y antes del griego, esto es: palabra antigüa que existe y se pronuncia y se conoce desde la antigüedad griega, desde que el hombre dejó de ser animal de la prehistoria y comenzaron a existir países con cultura y civilización. Y es una palabra que significa “plática entre dos o más personas que alternativamente manifiestan sus ideas o afectos”. Cabe otra acepción:  “es discusión o trato en busca de avenencia”.

No es cosa de órdenes ásperas, de ensañamientos ni conductas rígidas porque “combate” tiene que ver, directa y brutalmente con el uniforme militar y este con la violencia. Una violencia que es competencia exclusiva del cerrado universo del cuartel, de la árida llanura donde se enfrentan en cuerpo a cuerpo los batallones de épocas pasadas o de la avanzada tecnología de la muerte que cabalga en los lanzallamas, en las bombas solo matagente; trota sobre Hiroshima y Nagasaki y aúlla en los misiles teledirigidos.

Nuestros héroes de Independencia salieron victoriosos del combate contra la España del débil y deplorable Fernando VII. Pero fueron héroes engañosos porque emergieron del combate dueños de tierras y haciendas. Es cierto que  nos liberaron del dominio político español, pero se apoderaron del poder económico. Son los artífices del otro retrato del país venezolano: el retrato del país trajeado de  uniforme militar, vanidoso, adornado de presillas y condecoraciones, el retrato del héroe de bigotes y barbas perfumadas, botas limpias como espejos;  pleitos y fugaces combates caudillescos para asegurar sus jactancias políticas. O el retrato más moderno de militares que jamás han presenciado una guerra de verdad pero se complacen en tener en la mira a los civiles desarmados. ¡Debate y combate! Memoria e imagen. Y una propuesta falsa e hipócrita: las juntas de gobierno cívico-militar que surgen en momentos de difíciles pronunciamientos, pero un par de meses más tarde solo se encaminan por la única calle por donde marchan los militares dando latigazos a los derechos humanos.

El diálogo que acostumbraba vociferar Elena Petrescu, más conocida como Elena Ceaucescu, viceprimera ministra y esposa de Nicolae Ceaucescu, el sátrapa rumano: “!Cuando dialogo no quiero que me interrumpan!” fue considerado tan aborrecible que la fusilaron en un oscuro cuartel de provincia.

Mejor era el diálogo que Efraín Hurtado afirmó que sostenían Jean Paul Sartre y Raymond Queneau: ¡Sartre decía que sí y Raymond Quenau!

En la famosa entrevista “Salvador Garmendia, pasillo de por medio”, (Grijalbo, 1994) que Miyó Vestrini le hizo a Salvador Garmendia, el autor de Memorias de Altagracia le da consejos a la libretista de telenovelas que quiso ser alguna vez la propia Miyó. Primero le hace ver que los personajes deben manifestarse como lo que ellos son, con sus particularidades, manías y neurosis. Una manera de que se hagan mas creíbles. “La elaboración del diálogo, dice, viene después. Esa es una fase mucho mas reflexiva, minuciosa, casi artesanal. La imaginación tiene un cauce más libre en cuanto a la imagen; el diálogo es más cerebral, un trabajo de collage, de tijera, de pura herramienta. Un parlamento, continúa diciendo Salvador, que se trabaja como un objeto de carpintería, cortando, raspando, limando, midiendo… El tiempo de la imagen es irreal, ilusorio,  plegable, inconcreto, en parte como puede ser el de los sueños”.

Garmendia habla del diálogo, es decir, del debate; no del combate. Todo régimen militar grita, manotea. Bajo el socialismo chavista solo dice y practica vulgaridades. Ha rechazado o entorpecido toda clase de diálogos, de acuerdos, de confrontaciones y términos aceptables. Cada encuentro entre la oposición y el régimen militar termina en lamentables fracasos iniciados, auspiciados y anudados por el propio régimen. El narcotráfico no dialoga, no hace pactos, no negocia ni perdona.

De manera tozuda la oposición política, algún tonto jefe del Estado o un dócil enchufado han insistido en dialogar con un régimen que se niega a hacerlo o que imita descaradamente a la Elena Petrescu rumana que tuvo que ser fusilada junto a su odioso marido en un anónimo y desaseado cuartel de provincia.

El núcleo del asunto se encuentra en el permanente enfrentamiento entre el debate y el combate. Quiero decir, entre el caudillo civil siempre autoritario y el caudillo militar siempre áspero y tiránico. El militar tiene las armas. El civil se apoya en ellas. Vivimos, sobrevivimos ahogándonos en el pantano que existe entre la vida civil de “cauce más libre” y la ordenada aunque dura y perversa cotidianidad que se respira en el espacio destinado a la tropa. Es allí, en esa ciénaga, donde sigue transcurriendo la absurda y atrasada vida política venezolana mientras se enfrentan o se abrazan la memoria y la imagen a la espera de que una cerámica de 5.000 años de antigüedad le otorgue inmortalidad a la cultura y los militares venezolanos o colombianos o ecuatorianos dejen en paz a los derechos humanos.