Siempre se ha dicho que Dios es dramaturgo y no dudo que así sea. Cuando hurgamos en el pasado, descubrimos acontecimientos que se entrecruzan para que ocurran situaciones que por fantásticas que parezcan son ciertas. Una historia, apropiada para estas fechas decembrinas, demuestra que recurriendo al amor y a la música, se puede lograr la paz en plena guerra.

Todo comenzó con un niño austriaco abandonado por su padre desde antes de nacer y bautizado con el nombre de Joseph Franz Mohr. A pesar de su origen humilde, su talento musical impresionó al punto de ser apadrinado para estudiar en prestigiosos institutos de música. Luego, con autorización especial del Papa, requisito que necesitaba cumplir en una época de falsa moral por ser un hijo ilegítimo, logra ordenarse como sacerdote en 1815. Un año después escribió un poema que se convirtió en la letra de una canción traducida en 140 idiomas. La música fue compuesta por su amigo Franz Xaver Gruber, maestro y organista de la iglesia San Nicolás. Esta canción trascendió a través de los siglos.

Dando otro salto en el tiempo llegamos al año de 1914. Estamos en el frente occidental durante la I Guerra Mundial. El ejército del imperio alemán y el del imperio británico se enfrentaron con ferocidad. Sin embargo, ya cansados y con frío, en la noche del 24 de diciembre, víspera de la Navidad, ocurre lo que podría considerarse un milagro.

En el bando de los alemanes y debido a la fecha, la nostalgia invadió a los soldados. La mayoría eran muy jóvenes y recordaban con cariño a sus padres, hermanos, amigos y novias. Comenzaron a conversar, a compartir recuerdos, anécdotas y en medio de la muerte, qué ironía, hablaron de sueños y hasta del futuro… fue entonces cuando algo raro ocurrió. El sentimiento cambió, el ambiente también lo hizo y a pesar de lo paradójico de la idea, decidieron, seguramente para evadir la realidad, decorar sus trincheras como habrían hecho con los seres queridos en su casa.

De los cascos y bolsillos sacaron grandes tesoros. Fotos y cartas escritas por sus familiares quedaron a la vista. Compartieron licores, cigarrillos, caramelos y chocolates. Contaron historias de cuando eran felices y sus almas se dejaron llevar por los sueños… en ese momento olvidaron que estaban en guerra.

A pesar del miedo y del dolor que produce la muerte cuando traidora como es acecha, alguien, de voz dulce, temerosa y suave, comenzó a cantar. A esa voz se le unió otra y otra más, hasta que los jóvenes soldados alemanes, algunos tratando de contener las lágrimas, corearon al unísono una de las canciones más hermosas de todos los tiempos, la que escribió Joseph Franz Mohr, la del niño ilegítimo que se transformó en sacerdote: “Silent Night”, “La noche silenciosa” o como muchos la conocemos, “Noche de paz”.

Desconcentrados y alertas, del otro lado, los soldados del ejército británico escuchaban en silencio. Reconocieron la canción y aunque estaba en alemán sabían el significado de la letra.

A los ingleses también los invadió la nostalgia. Parecía que de un bando a otro la brisa traía la canción como una abeja lo haría para fertilizar una flor y así, magistralmente, apoderarse de los corazones del regimiento enemigo. La añoranza y el dolor de sus amigos heridos, de sus compañeros muertos, de sus amores ausentes por inexplicable que pueda parecer, se hizo eco en ellos y también, en voz baja, comenzaron a cantar la misma canción pero en su idioma.

Ambos ejércitos se escucharon. Muchos ojos se nublaron, muchas pieles se erizaron y sin saber cómo, en un momento dado, el alemán y el inglés se fusionaron como si de un mismo idioma se tratara y tal vez así era. Allí se produjo el milagro: la Tregua de Navidad.

Cada bando, en su idioma, cantó “Noche de paz”. Y de un lado a otro comenzaron a gritar frases y deseos navideños. Los más audaces se atrevieron a salir de sus trincheras con tal de compartir. Pronto se unió el resto para intercambiar cualquier cosa que consideraran valiosa. Entre todos, ayudaron a enterrar a sus muertos, colocaron cruces y oraron por ellos. Dicen, pero no se sabe si fue cierto, que hasta hubo un partido de fútbol y Alemania ganó.

Y así fue como en una noche mágica de un 24 de diciembre de 1914, manos enemigas se estrecharon y fuertes abrazos se dieron quienes hasta el día anterior se mataban entre sí. Insólito, inexplicable… pero sucedió.

Por una noche, el amor le ganó al odio y ocurrió uno de los momentos de solidaridad más extraños que conoce la historia. Por una noche, la guerra se hizo paz. Por una noche, el espíritu de la Navidad sedujo el alma desolada de soldados enemigos. Por una noche, entre los astros que esparcen su luz, nació el amor. Y ese día, la estrella de paz resplandeció en el corazón de los hombres.

@jortegac15