Cuando se pregunta en estos días sobre la fotografía psicológica de los venezolanos, y al lado de la crónica incertidumbre, el rasgo “desaliento” o “desánimo” empieza a aparecer con preocupante frecuencia en algunos sectores. A pesar de no saber en realidad qué porcentaje tiene hoy este atributo como el principal descriptor de su conducta, el fenómeno parece lo suficientemente expandido como para merecer una reflexión.

Los vaivenes del ánimo son una característica natural del ser humano. En este sentido, el desaliento o desánimo es uno de los polos de un ciclo psicológico que forma parte de nuestra arquitectura emocional básica. A pesar de su condición cambiante y por tanto pasajera, el problema está cuando un grupo considerable de personas lo padece simultáneamente, lo cual lo convierte en un fenómeno psicosocial de peligrosas consecuencias políticas, por lo general en perjuicio de esas mismas personas.

Y es que esa sensación generalizada de desaliento social en algunos sectores, con sus correlatos de decaimiento anímico, confusión, pérdida del interés en lo público y cansancio, contribuye a percibir con pesimismo el devenir de la situación política. No ver una solución tangible a corto plazo, y además no saber qué hacer para que ello ocurra, termina por generar la creencia de que no hay salida posible. Se origina así un ciclo pernicioso de reforzamiento cognitivo que finaliza provocando una actitud de indefensión y desamparo, que conduce a conductas de desmovilización y resignada pasividad. Este peligro se exacerba cuando además hay grupos políticos entrenados para aprovechar estos períodos de desaliento social en beneficio propio, y otros que se prestan para ello.

Lo anterior explica la importancia que el régimen de Maduro asigna a la estrategia de generar constantemente entre la población la creencia que la tragedia llegó para quedarse, y que nada de lo que se haga va a impedirlo. Y, al mismo tiempo, explica la urgente necesidad que los factores de la Oposición democrática –ambos, partidos políticos y sectores sociales organizados- se esfuercen, respetando sus diferencias y su natural heterogeneidad, por reencontrarse en torno a unos consensos mínimos estratégicos y rutas comunes de lucha que les permitan, a partir de allí, elaborar de manera unitaria e incluyente una hoja de ruta nítida y entendible que conduzca efectivamente a la percepción y convicción que la salida a la crisis no sólo es posible sino viable.

En el arte de la utilización política de los estados de ánimo colectivos con fines de explotación, el fascismo venezolano gobernante ha recibido la estrecha asesoría de los laboratorios cubanos de guerra psicológica. Una de sus enseñanzas es aprovechar los períodos temporales de debilidad anímica de la población para tratar de avanzar rápidamente con medidas que apuntalen al régimen, antes que esa temporalidad culmine.

El régimen sabe perfectamente cómo aprovechar los “bajones” anímicos de la población en perjuicio de ella misma. Cuando la gente al final reacciona, se da cuenta tarde de lo que perdió y ya no le queda más remedio que lamentar su error y reiniciar la lucha pero desde una posición más desventajosa y de menor poder, habiendo perdido terreno que antes había avanzado.

Si sabemos que ese es el juego del régimen, nadie debería caer en su trampa. Por ello la insistencia en que, a pesar de las provocaciones habidas y por venir, y de los laboratorios y opinadores generadores de desánimo, nada nos debe desviar de la lucha constitucional, que es el único escenario donde el gobierno tiene todas las de perder, de la generación de presión cívica interna, sin la cual ninguna solución es posible, y de la unidad de los factores políticos y sociales democráticos, única garantía de materializar el cambio necesario.

El poder del desánimo es devastador, tanto en la vida de las personas como de las colectividades. En nuestra Venezuela de estos días, cualquier acción política o ciudadana futura requiere romper el ciclo autorreforzante del desánimo y la desesperanza, porque ellos paralizan, conducen a la inacción, a la resignación y a la entrega. El desaliento, no en vano alimentado permanentemente por quienes nos oprimen, impide que las personas y las sociedades puedan ver su real fortaleza y sus capacidades objetivas, y oculta estas bajo la convicción aprendida que nada se puede hacer y que todo está perdido.

Al final, el régimen sabe muy bien que contra el pueblo no puede. Sin apoyo popular, pero con mucha plata, recursos y capacidad de represión, su esperanza es disuadir a la gente, desanimarla y convencerla que no vale la pena. Lo que le queda es jugar con la mente del venezolano, generarle desesperanza y alimentar su desánimo. Enfrentemos el reto de evitar ser de nuevo víctimas de sus cálculos y de quienes saben aprovecharse de los ciclos emocionales en su propio beneficio.

Según Fernando Savater, «una vez que un pueblo toma la decisión de cambiar, no hay fuerza que pueda detenerlo. Es solo un asunto de tiempo». Pero para que tome en firme esa decisión, reencontrarse, organizarse y espantar los fantasmas del desánimo son condiciones ineludibles. Ese es, en el corto plazo, nuestro mayor reto.

@angeloropeza182

 


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