El liderazgo que rinde culto a la personalidad, según los psicólogos, “está asociado al sectarismo y los convierte en traidores al pueblo”.

La adoración y adulación excesiva de un caudillo, es una elevación en dimensiones religiosas o la admiración a nivel de religión de figuras carismáticas en la sociedad o la política. En las dictaduras es a menudo una forma de culto a la persona del dictador.

Según estudiosos de la Psicología, “la manifestación de esos cultos aparece con la veneración del líder como un ser omnisciente, todopoderoso, como un genio benigno y universal. El culto se esfuerza por conferir cierto significado trascendente en el momento presente de la historia, al cual el pasado y el futuro deben dirigirse. Los cultos al líder intentan crear un punto de referencia de todo el sistema de creencia, centrado en un hombre que viene a ser la encarnación pura de la doctrina. El sistema de esta creencia aspira a la universalidad; y las excepciones a esa regla son inherentemente subversivas a la autoridad del culto, por lo que no deben ser aceptadas”.

El pueblo venezolano ha observado que, luego de la exequias hace siete años de Hugo Chávez, persiste el propósito de los personeros del gobierno de crear un sentimiento de admiración y adoración hacia el hijo de…Sabaneta, mediante un mecanismo con fines manipulativos y sectarios, de cara al país nacional, y sin ningún estupor y muy al estilo de los dictadores europeos, asiáticos y árabes, arropado bajo un manto de ideario o moralidad.

Por tratarse de un concepto en un marco histórico y político muy concreto, cabe señalar que, fenómenos antiguos como el culto al faraón egipcio o el estatal al César en el Imperio romano (46 a. C.), o el de la Alemania nazi con Adolf Hitler o el de Irak de Saddam Hussein, persiguieron el propósito antes indicado.

Veamos lo que sucedió con el testamento de Lenin, quien expresó sus deseos de ser enterrado en Petrogrado, cerca de la tumba de su madre. Pero fue Joseph Stalin quien se empeñó en conservar el cuerpo del líder ya que, para probar que el “leninismo” estaba vivo y que se preveía un largo porvenir, requería un cuerpo expuesto embalsamado que hiciera las veces de emblema de la revolución. Poco antes, en 1922, el sarcófago de Tutankamón había sido hallado; así, el embalsamamiento de Lenin estuvo inspirado por ese fabuloso descubrimiento que renovó el entusiasmo por el mundo faraónico. Paralizado y privado del habla, Lenin pidió cianuro para morir, pero Stalin no quiso proporcionárselo.

Marcadas de repeticiones obsesivas, las últimas notas de Lenin revelan su preocupación porque el rumbo popular de la revolución podía derivar en una tiranía. Lo desesperaba el sendero que estaba tomando “el proceso” y veía como fruto de una monstruosa equivocación el destino del socialismo en una Rusia atrasada, sin proletariado fuerte. Apenas muerto en 1924, se procedió a convertir a Lenin hombre en Lenin dios. Este teatro político, y mucho más, es relatado por el historiador británico Orlando Figes en el libro La tragedia de un pueblo: la Revolución rusa, 1891-1924, del que Eric Hobsbawm calificó como la mejor interpretación de ese acontecimiento.

Lo revolucionario no está exento de lo macabro y del oportunismo. El cerebro de Lenin fue retirado, fragmentado  en 30.000 segmentos que fueron guardados en placas de vidrio y enviados al Instituto Lenin para que los científicos trataran de revelar “la sustancia de su genio”. La misión era demostrar que Lenin era un superhombre que se hallaba en un estadio superior de la evolución humana. El cadáver embalsamado fue útil para legitimar el oprobioso régimen autocrático de Estado unipartidista, sistema de terror y culto a la personalidad.

En 1994 se conocieron los resultados de esos exámenes: el cerebro de Lenin era como el de cualquier otro simple mortal.

Los voceros del oficialismo –con Maduro a la cabeza– siguen empeñados en querer que el pueblo venezolano digiera sus mensajes, por lo demás, llenos de agresivos contenidos, utilizando la teoría del dibujante norteamericano Matt Madden, quien dice que “se puede contar una misma historia como mínimo unas 99 veces”.

El culto a la personas es un fenómeno masivo de seguimiento, adulación y obediencia constante a un individuo, que se ha erigido líder de un movimiento o estamento determinado, normalmente extendiéndose este al ámbito de un país, que ciego por su pasión y paroxismo, por lo que va de un lado a otro, como autómatas dirigidos a control remoto.

Sabemos que el culto a la persona se caracteriza por la actitud acrítica de quienes siguen al líder, y por el comportamiento sectario y hostil frente a quienes no obedecen, así como por rituales y el uso de simbología e íconos que lo recuerdan. Llegan al extremo de hasta venerarlo erigiéndole altares y pidiéndole favores como si se tratara de una imagen religiosa, pese a no haber sido jamás en su vida católico cristiano. Bueno el comunismo da para todo, pues no importa simular y persignarse… ¿verdad, Nicolás Maduro?

¡Chávez vive! Pero en la memoria de millones de venezolanos que lo repudian, por todo el daño que le ha hecho y sigue haciendo al país con sus conmilitones…

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