La crisis del coronavirus pone de manifiesto innumerables vertientes de la conducta humana. La realidad sea dicha, pocas personas se imaginaban que estarían enfrentando una situación tan compleja como la que hoy día padece la inmensa mayoría de la humanidad. Y, precisamente, es tal la complejidad de nuestra historia, que los elementos del coronavirus no pueden relegarse a uno que otro factor aislado, sino a una visión pluridimensional de la vida.

En este sentido, viene a nuestra mente la noción de cooperación voluntaria que hace ya varias décadas planteaba Mises en su conocido libro La acción humana. En efecto, este economista sostiene que la sociedad como un todo se gesta a través de la cooperación voluntaria de los individuos, y que es esta cooperación la que permite que los hombres no solo subsistan, sino que también sean capaces de tener mejoras en su calidad de vida. Al final, plantea el autor, el trabajo no sería más que un conjunto de acciones orientadas a la superación de las incomodidades que padecen los seres humanos.

Si a la noción de cooperación voluntaria esgrimida por Mises se le agrega la idea que planteó Hayek sobre cómo los órdenes sociales extensos -y la sociedad moderna es la mayor muestra de este tipo de órdenes- podemos concluir que cada hombre desarrolla actividades que desencadenan consecuencias que serán desconocidas e inmensurables incluso para él mismo. Es decir, nuestras actividades producen consecuencias que ni siquiera nosotros mismos somos capaces de prever.

Dentro de la coyuntura actual, son muchas las hipótesis sobre el fracaso o el triunfo de la humanidad. Es claro que con tan solo algunos meses -y para el caso de algunos países, apenas días o semanas- todavía es pronto para sacar cuentas y balances sobre cuál ha sido el desempeño de nuestra especie frente a toda esta coyuntura. Sin embargo, el debate sobre las políticas públicas, sobre la capacidad de decisión de los Estados y los gobiernos cobra vigencia, habida cuenta de las medidas que se han venido implementando con el objeto de intentar detener la pandemia que hoy representa el coronavirus.

Por ello, no deja de ser significativo denotar la fragilidad con la que la economía se ha derrumbado a escala global. Teníamos décadas sin presenciar una hecatombe de este tipo en los mercados bursátiles mundiales, así como la parálisis y disminución ostensible de la actividad económica en casi cualquier rubro que se examine.

En el mismo sentido, el hombre parece enfrentar una enorme crisis espiritual. Sometido a cuarentena empiezan los procesos de resquebrajamiento, cuando la razón se hace insuficiente y los avances de la tecnología, las redes sociales y los servicios de streaming se hacen insuficientes para hacerle frente al estado de insatisfacción y, por qué no decirlo, de crisis existencial, que acarrea un encierro de esta naturaleza.

Sin embargo, poco se hace con un enfoque fatídico en cuanto a este tipo de manifestaciones. Si retornamos a la idea de cooperación voluntaria, si nos atamos a la convicción de que el hombre requiere de la armonización con el otro la propia idea de salvación colectiva, notaremos que a raíz de esta coyuntura la propia conducta humana será capaz de sobrellevar sus inconvenientes y hacerle frente a las barreras impuestas por los obstáculos que hoy enfrenta la humanidad.

Al mismo tiempo, sin embargo, la historia sugiere que no es esta la primera vez que la humanidad sufre este tipo de eventos, así como también sugiere, que de los eventos pandémicos previos, el hombre ha salido fortalecido del mismo. Sin nosotros estar tal vez al tanto de ello, hoy mismo se están gestando millones de interacciones que desencadenarán procesos de mejora de la vida humana, y de readaptación hacia un mejor porvenir. Por supuesto, no son medidas que se aprecien de inmediato, pero tal es la necesidad del hombre de superar sus contratiempos, que será su propia acción la que produzca, incluso sin proponérselo, una mejora y una salida a las circunstancias que enfrentan.

Se requiere mayor fe en la capacidad de cada individuo de enfrentar la adversidad, en su capacidad de conocerse a sí mismo, y sobre todo, en la premisa de la cooperación voluntaria dentro del orden espontáneo orientada hacia el bien y la verdad. Momento propicio para reflexionar sobre estos temas, de cara al futuro y a lo que deberemos enfrentar.