No son muy frecuentes las películas sobre el encierro. Al menos las buenas. Probablemente esta escasez se deba a esa particularidad de la infancia del cine, que nació para acercar al espectador las imágenes de la periferia del mundo. Así nacieron las variedades y los primeros corresponsales de imágenes. El “huis clos”, la habitación cerrada ha sido en cambio un pretexto para la trama macabra, el suspenso o la indefinible poesía del humor negro. Algunos ejemplos merecen anotarse, con la precaución debida. Algún inquieto podrá agregar más de un título de interés a esta ociosa lista de pandemia.

En 1954, Hitchcock filmó Rear window (La ventana indiscreta) sobre una historia del mejor cultor del relato de la víctima, Cornell Woolrich. Proponía la historia de un fotógrafo (James Stewart) inmovilizado en su habitación a raíz de una pierna fracturada. La inacción despertaba en él su arista de “voyeur” y este descubrimiento siniestro de su personalidad lo azuzaba a seguir a través de su ventana, que daba a un patio, las vidas de sus vecinos. Y el mago del suspenso se deleitaba en esa doble narrativa. La primera interna porque la soledad tiene la virtud de despertar nuestros demonios dormidos; la segunda, a modo de pretexto, era el descubrimiento de un crimen posible que solo podía descubrir un voyeur, obsesionado por la vida ajena y con mucho tiempo por delante. Había un dato adicional que el viejo maestro deslizaba, como truco y reto privado a su siempre despierta inquietud de técnico y diseñador de escenarios. Todos, absolutamente todos los  planos de la película están filmados desde la ventana indiscreta del título, para colocar al espectador en la posición del voyeur. Un dato adicional es que no podía faltar una rubia en un filme de Hitchcock. Era Grace Kelly, que aparecía de la nada en la segunda escena, para no irse nunca. Ni de la película ni de las noches del espectador.

En 1962, Luis Buñuel podía sentirse satisfecho. No solo era ya un director consagradísimo sino que regresaba a México después de propinarle una soberana patada en los testículos al mismísimo Francisco Franco filmando en España una película blasfema, que además se había alzado con la Palma de Cannes, desnudando la torpeza de los censores franquistas. Viridiana, se llamaba y sigue siendo una de las cumbres del cine.  No era hora de quedarse tranquilo. Filmó El ángel exterminador, una película indefinible que hablaba de unos señores de la alta burguesía invitados a una cena en una mansión.

Inexplicablemente a la hora de retirarse, no podían hacerlo y el encierro despertaba en ellos las más bajas pasiones, la regresión a pulsiones inconfesables y a delirios maravillosos. El de la mano deambulando por la habitación es antológico. Como todo Buñuel, es una maravilla del absurdo, un humor sin sentido que se hunde en el pasado surrealista del director. Conviene verla. Mantiene intacta su corrosiva ironía. Otra rubia, no tan glamorosa: Silvia Pinal.

Alguien ha definido el cine de Roman Polanski como una cruza de los dos directores anteriores. Es una simplificación discutible, pero sirve para comprobar cuánto el autor polaco los admira. Repulsión, filmada en Inglaterra en 1965 es el segundo largometraje de Polanski, un hombre que ya se ha hecho notar con una cinta, no de encierro pero sí de confrontación psicológica a través de un triángulo en un día de playa (Cuchillo bajo el agua, de 1962). Ese gusto por los personajes y las relaciones tortuosas que será la piedra angular de todo su cine, lo lleva aquí a través de otra rubia de belleza gélida, Catherine Deneuve a los 22 años, a imaginar la progresiva pérdida de contacto con la realidad de una asistente de manicurista. Ello la lleva a encerrarse en su habitación, en la cual los fantasmas de su infancia la persiguen generando imágenes muy perturbadoras. Una revulsiva secuencia de manos que salen de las paredes y la manosean, un conejo muerto que aparece en la pantalla y navajazos varios en un clima opresivo como el cine pocas veces ha dado.

Polanski volvería sobre el tema, con variaciones, doce años más tarde en una película inquietante y maldita que él mismo protagonizaría: El inquilino. Trelkovsky, un exiliado en París alquila una habitación. Le avisan que su anterior inquilina se ha lanzado por la ventana de

uno de sus cuartos. La película va describiendo la larga serie de incidentes, coincidencias, tics de maldad parisina, que van empujando al inquilino a interesarse, obsesionarse y finalmente desdibujarse en la personalidad de la anterior víctima. De nuevo, no hay lógica, pero hay un refugio en el encierro, que parece tener claves indescifrables y que termina siendo una trampa. No tenía rubia, pero tenía ese talento indefinible de Isabelle Adjani en un papel que le iba muy a la medida.

Historias de encierros que en general terminan mal. ¡Pero con qué gusto revisa uno los clásicos!

 


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