En los últimos meses nos hemos visto forzados todos los venezolanos adaptarnos a una nueva forma de pago. Los dólares en efectivo circulan libremente en el mercado.

El colorido y majestuoso diseño que siempre distinguía nuestros billetes como piezas ansiadas por coleccionistas y amantes de los detalles de diseño, perdieron su color para pasar a un aburrido color verde desgastado, aunque siempre ansiado por su valor. La inflación y las nuevas versiones de conos monetarios fueron agotando su innovación en los personajes a colocar en el papel moneda. Ya nos quedamos sin próceres, personajes históricos relevantes, especies animales y sin fauna o flora que figuraran como protagonistas en nuestros billetes. Luego de tantas emisiones y diseños, lógicamente esto sucedería. Las caras de personajes como Benjamin Franklin, George Washington y Abraham Lincoln sustituyen ahora esos rostros que pasan por las manos de los venezolanos.  Ya no importa el estrato social, finalmente se puede asegurar que una gran parte de la población tienen acceso a esta moneda, en mayor o menor proporción.

Cuando se trabaja clandestinamente, tal como le toca a estos billetes, no se cuenta con la estructura formal que permita la operación continua y eficiente con ellos. Desde ese rincón ambiguo de la clandestinidad evidente, se rebuscan para sobrevivir. Aunque realmente quienes se rebuscan para sobrevivir, valga la redundancia, son aquellos que los sustentan y guardan bien doblados en sus billeteras o rincones de la ropa para evitar robos; pero eso es para otro momento, otro artículo. Un estrato social bajo y medio-bajo se convierte en portadores de cash. Palabra que fugazmente ha logrado posicionarse en el slang venezolano. Hoy quiero hablar sobre el proceso, ese que está siendo altamente complejo pues existe una economía con doble moneda.

En particular quiero concentrarme en un caso, en un momento particular. Ya es conocido el descontento que nos crea a todos cuando nos devuelven un billete de dólares porque está “en mal estado”. Varios son los adjetivos descriptivos que se convierten en la causa de peso para que el valor expresado en el billete se desdibuje y convierta en cero para ese negocio donde sucede el encuentro. Desde una raya, una rajadura, un roto, hasta arrugas son las características que impiden la operación.

No quiero llegar a pensar que la vanidad del venezolano que nos caracteriza nos lleve a tal punto que nuestros billetes de dólares en cash deben ser pulcros y nuevos. Imposible asimilar que esa riqueza petrolera que nos han inyectado durante décadas nos lleve al resultado de exigir rodearnos de billetes americanos dignos de pasar pruebas antibacteriales. Utópico pensar que esta situación puede mantenerse en el tiempo.

Los que hemos estado en la posición del comprador nos sentimos mal, retrocedemos, bajamos la cabeza y buscamos compensar esa osadía de intentar pagar con un descuidado billete. Lo cierto es que al abrir el espectro de observación, las operaciones donde los mencionados billetes son despreciados son bidireccionales. Alguien compra a otra persona que vende. ¿Qué pasaría si todos decidiésemos dar media vuelta y responder el desprecio con una desestimación de la intención de compra en el lugar? Sin darnos cuenta -o quizá sí- dejamos atrás la época de aguda escasez, donde al localizar un producto casi era una lotería con premio asegurado en ese instante y lugar. En la actualidad, la variedad de productos incluso permite el germinado de una competencia latente en el mercado. ¿No aceptas mi forma de pago?, pues toma tu producto, que si camino unos metros más, se lo compro al siguiente local.

Imaginemos por un momento que logramos organizarnos, por primera vez en muchos años, con el propósito de terminar con este bullying monetario, a darnos nuestra posición como compradores, incluso como habitantes. Luego de trabajar duro, lidiar con los obstáculos propios de encontrar la forma de pago en un país con una rutina diaria repleta de retos, ¿aún debemos temer por cumplir con los estándares estéticos monetarios consecuencia de una ola de empresas que no tienen razón real para filtrar transacciones de compra? ¿Por qué debemos ahorcarnos unos a otros? Aliviemos la economía desde el poder que tenemos como protagonistas de ella.

¿Dónde está realmente ese desgaste atribuido al billete? ¿En qué momento dejaremos de correr la arruga (no la del billete) y tomar acción en el poder que nos da nuestra posición como consumidores? Visualicemos el impacto que este cambio de hábito tendría.

Esa raya o ese roto que le denotan a los billetes la tenemos nosotros mismos por permitir todo, absolutamente todo, siempre. Lo que realmente está roto es nuestro estima ciudadana.


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