Por María Margarita Galindo

Para encontrar una definición del arte debemos pasar por el mundo de la investigación como piedra angular de un cauce que nos lleve hacia los caminos más asertivos en el plano del conocimiento sobre lo que pueda comprenderse como artístico desde el pensamiento del ser.

En este contexto, es posible afirmar entonces que la investigación es el proceso por el cual se produce el conocimiento, y no necesariamente siempre es “científico”, para la solución de los problemas que afectan la realidad. La investigación no puede ser un proceso aislado, más bien es una función vital de toda comunidad científica o no científica, mal llamado empirismo, para garantizar su existencia.

Podemos partir que el arte está muy relacionado con la capacidad que tiene el ser humano de innovar y hacer más de lo que se pueda esperar sobre ese conocimiento. En este sentido, todo acto de investigar parte de un problema porque el arte responde con espacios profundos del ser, cuya subjetividad es la que lo lleva en crear conocimiento útil para el desarrollo de la sociedad. No puede ser la investigación científica el requisito indispensable para que una obra sea considerada como arte o espacio artístico.

Ante esa dinámica, el arte se convierte en un proceso de búsqueda, elaboración y construcción del conocimiento, o sea, tal proceso tendrá como resultado un escenario del saber que servirá de base para el avance y progreso de la sociedad. En ese razonamiento podemos inferir que para la construcción del arte no hay camino elaborado, porque la investigación se construye, en este caso, conforme sus propias etapas y definiciones, pero ello no significa seguir dogmas normativos que coarten el verdadero hecho del significado de lo que puede ser considerado artístico.

Asimismo, el arte en el plano del pragmatismo, también es objeto de debate sobre el cómo y cuándo una obra puede ser evaluada como de importancia y belleza artística.  Uno de los autores quien intenta diferenciar lo qué es el arte del llamado glamour (anglicismo con el cual algunos intentan aproximar lo estético) es Yusti (2009), cuando nos habla del concepto de trikster, cuya palabra inglesa significa trampista, tracalero. Verbigracia, tendríamos que ver si esos profesionales, orientados más hacia las relaciones públicas, la moda y el llamado “mercado” practican arte, u otra manera de entablar el conocimiento a partir de intereses subalternos que son impuestos sobre la sociedad como forma de reconocimiento social y éxito económico.

En este caso, cabría nuevamente las preguntas: ¿qué investigan estas personas? ¿Valores, principios y necesidades de equilibrio con sus recursos naturales, o por el contrario, esas conjunciones humanas quedan en segundo plano ante lo que conocemos bajo al argumento de fashion, o simplemente estar en combinación hacia los espacios que nos orienta una (pos)modernidad consumista? Estas interrogantes nos colocan en el debate sobre qué entendemos por arte.

Tal forma de pensar es perfectamente asociable con el planteamiento de Martínez (2014) cuando señala que la neurociencia contemporánea, en sus sistemas cognoscitivo y afectivo no son dos sistemas divididos sino unidos en lo lógico y estético para formar una estructura cognitivo-emotiva, al punto de que afirma que la belleza es más nombrada por los físicos que por los críticos de arte.

Cuando la educación comprenda que los procesos en investigación dependen en buena medida de la creatividad humana, más que por una rigurosidad metodológica y hasta cierto punto conductista y dogmático, es ese momento estaremos encontrando otros cauces para estimular el conocimiento en las áreas del arte como modelo fundamental en la vida y acciones de las relaciones humanas.

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