Un antilíder político es una persona que representa exactamente lo opuesto a los atributos que caracteriza a un verdadero líder político. El antilíder político es tan nocivo que pueden destruir cualquier proyecto político por sus posturas y naturaleza humana.

Breve caracterización de un antilíder político:

  1. No cree en equipo, solo en su mando.
  2. Se adjudica los méritos de otros, jamás reconoce a las propuestas de su oponente
  3. Hace aportes irrelevantes
  4. Abusa del poder
  5. Odia a quienes pueden hacerle sombra
  6. Se apropian situacionalmente de distintos personajes
  7. Vive victimizándose y únicamente valora su “razón” y “lógica”.
  8. Sus narrativas se deslizan sobre la teoría inversa / compleja a su interés
  9. Son sumamente desconfiados
  10. Creen contar con la verdad absoluta
  11. Se las saben todas
  12. Soberbios

Visualizando nuestro contexto político, es innegable, sin un líder “fuerte” y “carismático” indiscutible, que el chavismo/madurismo ha mantenido su identidad, pero tuvo que cambiar su estructura mental. La acelerada decadencia de su capital político se centra en la ausencia de liderazgo del propio Nicolás Maduro, no transmite el mismo grado de respeto que generaba el comandante Chávez en sus seguidores; no obstante, se revela en nuestros estudios de opinión pública que el elector chavista fue solidario de manera automática con la solicitud que hizo en su momento histórico el extinto mandatario nacional a su base para que le dieran su respaldo a Maduro. Sin embargo, ese sentimiento de compromiso pareciera que se desconecta cada día y de manera “hemorrágica”. En medio de toda una complejidad económica, política y social, Nicolás sigue con un nivel de sordidez que solo complica la dinámica de un país que desea reflotar y salir de sus agudas crisis. Hasta ahora Maduro ha demostrado no tener “madera” de líder político, únicamente se proclama “el hijo de Chávez” para mantener “secuestrado” un precario capital político que día a día se mueve hacia el abandono del proyecto del socialismo del siglo XXI, es tangible. Por ejemplo, la primera organización política que lo cuestionó e interpeló de manera oficial fue Marea Socialista, que en su momento tomó una postura de desacuerdo con el desempeño del gobierno de Nicolás Maduro y oficializó su separación del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), creado por el presidente Hugo Chávez en 2008.

Los resultados de nuestras investigaciones también ratifican la acelerada pérdida de apoyos a liderazgos opositores, pero en especial hacia Maduro por ser el arquetipo del antilíder político. Evidentemente, son varios los factores que potencian la decadencia del capital político rojo, por ejemplo, el origen de su legitimidad más el descontento generado por la grave situación económica, percepción que ahora es compartida por la mayoría de los venezolanos sin distingo de color político.

Los grandes anuncios de Maduro en materia económica, según los especialistas de la macroeconomía, son superficiales para superar la crisis que atraviesa Venezuela. Sin embargo, el régimen estratégicamente aún utiliza el discurso redentor hacia los estratos sociales D/E a través del poder mediático para llevar un mensaje totalmente diferente sobre la realidad económica, la revolución ha dedicado grandes cantidades de recursos financieros en campañas de TV, radio, redes digitales y otros medios de comunicación para alcanzar ese objetivo, parece no haber avanzado más en su propósito de convencer a los venezolanos de que las insuficiencias que enfrenta su gestión es el resultado de una estrategia de desestabilización y bloqueo económico emprendido por la oposición endógena y exógena, el imperio y sus aliados para derrocarlo.

En síntesis, estamos dentro de un país con un “presidente” sin liderazgo, que ha logrado perder un significativo capital político que el chavismo tenía acumulado en años, todo debido a las agudas crisis económica, política y social. Maduro es considerado en el mundo democrático como el antilíder, incapaz de dar efectivas respuestas a las complejidades que transita el país. Son 22 años en los que la revolución bolivariana no ha parado en sus constructos que apuntan a dividir continuamente a la oposición.

 

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