Desde tiempos inmemoriales los hombres han estado preocupados por la realización del mal, por aquello que anida en nosotros conjuntamente con nuestros deseos de procurar el bien.

Aunque Platón sentía cierto desprecio por los poetas y solo confería a la filosofía la misión de transmitir sabiduría, en la antigua Grecia la función educativa la ocuparon antes los poetas.

El mismo Aristóteles en su Poética nos muestra que uno de los objetivos de la poesía trágica era la enseñanza de los ciudadanos a través de la producción de los sentimientos que se originaban cuando el espectador de la tragedia se identificaba con el héroe trágico. La piedad que experimentaba este por el inocente y el temor de que algo semejante le pudiera ocurrir a él, constituían lo que llamó la Catarsis (Edipo, en la tragedia de Sófocles,  se arranca los ojos cuando conoce el alcance de sus actos: ha matado a su padre y se ha casado con su madre).

Desde el principio de los tiempos los seres humanos hemos temido el mal y el error ético. Ese instinto o pulsión de muerte y destrucción que, como señalara Freud, nos lleva a transgredir los cánones establecidos, es tan fuerte como su contrario, la pulsión de vida, llámese amor o eros.

En los artículos anteriores he venido reflexionando sobre esa disonancia cognitiva que lleva a los intelectuales a justificar a los gobiernos populistas de corte marxista, a pesar de las desgracias económicas y humanas que han creado las ideas de Marx. Sin embargo, seguramente no estamos viendo el otro lado de la moneda: la tendencia que poseen los individuos de exaltar a los criminales y transgresores; esa ceguera de no querer ver que el Che era el asesino de La Cabaña y un homófono patológico.

“Que haya tantos argentinos que se babean por esta señora es algo que escapa a mi comprensión”, decía en estos días un twittero viendo el renacer de ese ser dañino y vanidoso que es la antigua presidenta de Argentina. Pero eso no solo sucede a los argentinos. Cuentan que en el llamado Período Especial cubano la gente se tiraba a la calle porque no tenía que comer, pero cuando aparecía Fidel, todos dejaban de protestar y comenzaban a corear su nombre. Igual sucedió con el teniente coronel venezolano, un ser de baja catadura moral, mentiroso empedernido, violador de los más elementales derechos humanos y escasa preparación intelectual, a quien muchos llegaron literalmente a adorar. Algo parecido ha tenido también lugar en España, donde en las últimas elecciones ha vuelto a ganar un ser tramposo que no deja de mentir, falsificador de tesis e informes.

En psicología forense hay un término que podría explicar algunas de las cosas que llevamos dichas y es hibristofilia. Como se sabe, su raíz hibris constituía en la antigua Grecia la trasgresión que cometían los héroes trágicos llevados por su soberbia y ceguera (algo que podría compararse con el pecado para los cristianos). Pues bien, la hibristofilia vendría a hacer el amor (o filia) por la hibris y se usa para calificar el padecer de aquellas personas que sienten verdadera predilección y hasta deseos sexuales por los criminales, ladrones o embusteros. Hay casos famosos de asesinos en serie, como el de Ted Bundy, en Estados Unidos,  quien estando tras las rejas recibió infinidad de cartas de amor y un sinnúmero de propuestas de matrimonio. Otros, mientras esperan en el corredor de la muerte, han recibido regalos e incluso  dinero.  El mismo Charles Manson estuvo a punto de casarse con una joven de 26 años, la cual estuvo visitándolo en prisión por más de 8 años

En 1935 Eduardo Weiss introdujo en el psicoanálisis el término destrudo, todavía más preciso que el impulso de muerte (o Tánatos) de Freud, con el cual quería hacer referencia a la energía destructiva que nos incita a destruir todo lo que está a nuestro alcance, incluso hasta nuestra propia persona. Mientras que la libido (energía proveniente de Eros) era el impulso para crear, destrudo era todo lo contrario. Tal vez sea esta pulsión de muerte o destrudo que anida en todos nosotros, el que hace a una buena parte de los mortales admirar a seres como los ya mencionados. Quién sabe.