El amante de Lady Chatterley de Laure de Clermont-Tonnerre lleva la clásica novela erótica a terrenos por completo nuevos. En especial, al innovar y analizar el amor, el deseo y la lujuria desde una profundidad desconocida. 

Connie Reid (Emma Corrin) es bohemia, burguesa y moderna. Un auténtico símbolo de los alegres años veinte en Europa. Para esta mujer llena de apetitos — e interrogantes — sobre la vida, el amor es una incógnita. Pero más que eso, también es un territorio de matices. La enésima adaptación de El amante de Lady Chatterley de D.H. Lawrence dedica un especial interés a esa premisa y basa su efectividad precisamente en esa cualidad de grises. La Connie de la directora Laure de Clermont-Tonnerre es mucho más que un vehículo para profundizar acerca del deseo como impulso profundo de la libertad. Es, a la vez, un recorrido a través de las motivaciones secretas que crean escenarios emocionales desconocidos.

Por otra parte, el baronet Clifford Chatterley (Matthew Duckett) se convierte en su obsesión y no solamente por los sentimientos que despierta en ella. Su amante y después marido es un hombre capaz de intrigar a esta mujer inquieta, abrumada por las preguntas, pero con la inquietud del descubrimiento. Uno de los grandes aportes del guion de David Magee es concentrar necesaria atención en cómo se contempla la pareja entre sí. Cuál es el hilo de tensión erótica, sexual e intelectual que los sostiene.

De hecho, la directora construye una visión acerca de la necesidad y la búsqueda de significado, que sobrepasa la mera idea de lo físico. Es entonces cuando el accidente que deja a Cliff convertido en un discapacitado fragmenta la historia en especulaciones. Connie se hace preguntas sobre el futuro de ambos, en especial cómo comprenderse, ahora que no pueden analizarse gracias al deseo. “Podría serlo, podría encontrarlo, podría necesitarlo”, se dice Connie, embargada de ira, sin saber cómo afrontar al Cliff herido. “Pero no quiero hacerlo”.

Pero cuando conoce al guardabosques Oliver Mellors (Jack O’Connell) la pregunta sobre la necesidad erótica se plantea de manera nueva. El filme hace una transición elocuente y bien construida entre espacios de dolor, duelo y, después, renacimiento. Todo, a través de una percepción de lo sexual que asombra por su sutileza y a la vez, su inteligente cualidad como elemento sensorial.

Los dolores del amor, el consuelo del deseo 

Durante los primeros diez minutos de la película El amante de Lady Chatterley, el tono del argumento queda claro. Esta no es una historia erótica o al menos, no exclusivamente basado en la lujuria o el deseo irrefrenable. Más bien, se trata de un recorrido hacia el sexo a través de la intimidad, que se construye a través de ideas elaboradas relacionadas con la identidad.

Puede parecer trillado hasta que la directora — conocida por su ópera prima Mustang del 2019 — analiza la sexualidad a través de la soledad. Todos los personajes en la película están profundamente solos, aislados, marginados. Pero, aun así, no se trata de un territorio desolado, sino de la incomprensión pura, vinculada a la idea del individuo y la intimidad.

Claro está, es un paso arriesgado para la adaptación de una historia conocida por sus escenas subidas de tono o juzgada de pornográfica. Por supuesto, en la nueva versión de la obra de D. H. Lawrence hay escenas sexuales, también, el componente erótico inevitable. Pero la directora construye la historia a través de las preguntas que la necesidad carnal no responde de inmediato. ¿Quiénes somos, al experimentar el amor? ¿Qué nos arrebata la necesidad, el anhelo, la búsqueda de una voraz necesidad del otro?

El guion de Magee se toma el tiempo para una exploración de esa premisa con cuidado. De hecho, lo más interesante de la película es este nuevo enfoque, la forma en que la narración se hace preguntas concretas sobre la carnalidad. La ansiedad sexual — un término curioso para lo que impulsa a sus personajes — está en todas partes. Es esencial para comprender el filme. Pero también, para brindar un especial peso y significado a la percepción del bien y lo moral. Particularmente en una historia en que la frontera entre ambas cosas, es difuso.

El brillo de un cuento de hadas erótico 

Esta reinvención de la necesidad del amor insatisfecho, convertido en recorrido intelectual esencial, tiene brillo propio. Eso, a pesar de que en varios momentos, el guion subraya en varias ocasiones ideas obvias o en cualquier caso, su trascendencia. Para su segunda mitad, el filme pierde un poco la vitalidad primaveral de su primer tramo, pero aún así resulta asombrosa en su inocencia.

Connie y Oliver son amantes desdichados y sin futuro. Cliff es un observador cruel a la distancia de la forma en que su esposa rompe espacios y construye otros nuevos. A mitad de esta dinámica rápida, abrumadora y precisa, la película se hace cada vez más elegante, dolorosa, una herida abierta que medita sobre el amor.

Pero no el romántico o el emocional, sino el poderoso, profundo y demandante. Para su gran escena final (quizás, una de las mejores de todas las adaptaciones de la novela), el filme demuestra su verdadero impulso. También, su crecimiento y su versión sobre la belleza a una nueva dimensión. Quizás, su punto más alto y poderoso en medio de una narración, que inevitablemente, acabará en tragedia.


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