Bueno, pues aquí estoy. Encarando una nueva columna.

Es asombroso, pero, una vez que te sientas delante del teclado, lo menos que puede pasar, si tenías una ligera idea de lo que querías escribir, lo cual es muy deseable, es que el artículo te absorba y te lleve por caminos de perdición, caminos que tu nunca te planteaste abordar pero que te salen al paso, cortando toda posibilidad de ir por donde tú te habías planteado.

Decía Marguerite Duras, autora entre otras obras de Hiroshima mon amour o El amante, que «escribir es intentar adivinar lo que uno escribiría si escribiese«. Parece un enunciado un tanto retorcido, pero, mirado con la lente adecuada, es una realidad como un templo.

Admiro fervientemente a los novelistas. La sola posibilidad de tener que plantear una historia, con su planteamiento, su nudo y su desenlace, en la que concurran numerosos personajes, que se desarrolle en unos escenarios creíbles y documentados, afectada de un contexto histórico y sociocultural y que sea interesante, inteligente y grácil como un postre de Dabiz Muñoz, a mí, la verdad, me agota.

Si me cuesta empezar y terminar las columnas del modo que me había planteado, no quiero ni pensar en cómo terminaría una novela mía, en el caso de que esta se materializara. Probablemente empezaría como un thriller y terminaría siendo el Tractatus de Johann Wittgenstein, pasando por la metamorfosis de Kafka, que me conozco.

Descartado, por tanto, el camino novelístico, trato de centrarme en lo mío, esto es, el columnismo, o como a veces dice mi mujer, cuando se cabrea, «¡yo aquí intentando llevar esta casa y tú con tus tonterías!». Pues sí. A veces tengo que darle la razón, pero solo a veces. Dios me libre.

No es sencillo ponerse delante de un papel, o de un teclado y empezar a desgranar tus pensamientos.

Hablando, hoy precisamente, con un amigo a quien admiro y que se encuentra en un nivel periodístico que yo no alcanzaría a ver ni con unos prismáticos, le expresaba mi convencimiento de que la escritura es para valientes o, en su caso, para psicópatas y él me daba la razón. Sí, me daba la razón, ya he dicho que era un amigo, no mi mujer.

Le decía que, a diferencia de otras disciplinas, el escritor es alguien que es consciente de que en su tarea, en su relato, desnuda su alma. Cada línea, ya sea de un relato, un ensayo o un artículo, va desgranando lo que se esconde en la cabeza de quien lo escribe. No sería posible que fuese de otro modo. Por lo tanto, los escritores son los grandes exhibicionistas del arte, del mismo modo que el lector es un voyeur impenitente que, en numerosas ocasiones, no busca solo entender el enunciado que el autor le propone, sino hallar el alma de este entreverada en el texto.

Para poner un ejemplo que me sitúa al otro lado, es decir, el del lector o, en este caso, el del espectador, yo he llegado a una edad en la que emplear hora y media de mi tiempo es algo que he de medir, ya que el tiempo es un bien que se me escapa entre los dedos y no es recuperable.

Por lo tanto, cuando me siento delante de la pantalla a ver una película, ya le estoy pidiendo algo más que una historia entretenida y amena. Necesito escudriñar el trabajo de los intérpretes y valorar, en su justa medida, todo aquello que subyace la historia.

Yo, cuando veo actuar, por ejemplo, a Robert de Niro, necesito traspasar el personaje y llegar al intérprete, para darme cuenta de la enorme dificultad y del mérito de lo que me está ofreciendo. Entonces, y solo entonces, puedo llegar a comprender el enorme valor de ciertos profesionales y porqué una estrella es una estrella mientras que otros son, simplemente, actores o actrices.

Pues en el caso del novelista, incluso del periodista, todo esto se exacerba hasta límites peligrosos si ese autor, ese periodista, está entregando su alma a ese trabajo, si ha vendido su alma a ese diablo que es la escritura. El escritor debe ser, necesariamente, alguien movido por sus demonios y cuando llegas a poder traslucir en su obra aquello que le atormenta, te atrapará para siempre.

Decía José Luis Sampedro, «para mí, el escribir era vivirse, conocerse, ser arqueólogo de uno mismo. Escarbar y, si se escarba, hay de todo dentro de nosotros : el criminal y el santo, el héroe y el cobarde».

Del mismo modo que leer es, a veces, un acto de valentía, ya que lo que leas puede cambiar tu visión del mundo y, por lo tanto, tu vida, asimismo el escribir es, a veces, una heroicidad y una inconsciencia ya que, cuando abres las compuertas de tu subconsciente y lo desgranas por el teclado, tienes que estar preparado para aceptar y asimilar lo que salga por ellas. Escribir saca a la luz cosas que, en ocasiones, el mismo escritor desconocía que estaban en su interior. Cosas que no siempre son aceptables y asimilables.

«A lo mejor escribir no sea más que una de las formas de organizar la locura» (Isidoro Blaisten).

Cuando comprendes todo esto, es cuando te das cuenta de que escribiendo sacas a la luz sentimientos que, si bien en apariencia te son ajenos, en realidad son tan propios que no te atreverías a expresarlos en otros foros. Solo la iniquidad que proporciona contar estos sentimientos a un lector desconocido y anónimo, propicia el escenario necesario para hacerlo.

Si, es cierto que, a la larga, te van a leer conocidos también. Incluso tu mujer, tus padres o hermanos. Tus hijos. Pero tú no escribes pensando en ellos. No habrá un mayor fracaso que escribir intentando agradar. El fracaso será absoluto, rotundo.

Decía Camilo José Cela que «la más noble función de un escritor es dar testimonio, como acta notarial, como fiel cronista, del tiempo que le ha tocado vivir». Yo, en la soberbia insolente que me caracteriza, corrijo al maestro. Cronistas de todos los tiempos y circunstancias históricas sobran en todas las épocas. Para mí, la función del escritor es dar testimonio de lo que habita en su alma, para que, una vez extinto, quede siquiera un retazo de quien fue como persona, como individuo y como pensador. No hace falta narrar los sentimientos de un autor. Estos se encuentran en el interlineado de sus obras, de sus creaciones.

Así que, una vez yo haya desaparecido, si quieren saber quien fui, no pregunten.

Léanme.

 


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