En democracia, después del resultado de las elecciones (presidenciales o legislativas, según se trate de un sistema presidencial o parlamentario)se produce el relevo en el Poder Ejecutivo , en períodos más cortos o largos según cada país. Los períodos de asunción de responsabilidades pueden ser especialmente largos (México, Guatemala) y otros de menor duración (Chile, España, Colombia). Este proceso, relacionado con la tradición, con frecuencia expresada en la Constitución de la República, tiene sentido para el traspaso de poderes, el nombramiento de los ministros, la preparación de los nuevos equipos técnicos y, sobre todo, para la recepción de la documentación y activos que el anterior gobierno debe traspasarle al nuevo.

No es una tradición tan profunda en la vida democrática de los Estados, como para que pueda afirmarse que en todos los países se da el empalme con modos corteses, democráticos y exhaustivos. El sentido común nos dice que esta práctica debería estar incluso regulada de forma tal que el anterior gobierno no desaparezca de la escena sin dar cuenta de los principales problemas, conflictos y proyectos en marcha, descartando en todo caso las cuestiones de índole penal o prácticas corruptas.

No hace mucho tiempo, la alternancia en el poder era más bien considerada como una pérdida no exenta de situaciones anímicas desagradables para los perdedores y de una victoria para los ganadores, que no excluían las ganas de venganza o de afán de exploradores de malas prácticas, de investigadores de grandes desfalcos de las arcas públicas. Una anécdota, que narra el ex presidente español Leopoldo Calvo Sotelo, refleja esta situación, producida además por la lejanía personal entre el nuevo presidente (Calvo Sotelo) y quien dejaba el cargo (Adolfo Suárez). El peculiar traspaso que Suárez le hiciera entonces quedó perfectamente simbolizado en el instante en el que el nuevo presidente del gobierno intentó abrir la caja fuerte del despacho de la Moncloa, para descubrir que nadie sabía cómo hacerlo: “Mi antecesor no había tenido tiempo de entregarme casi nada, salvo el poder y un golpe militar, que no es poco”. Tras forzar la cerradura se descubrió que lo único que contenía la caja era un papel con la combinación para abrirla. En sus memorias, Calvo-Sotelo establece en ese momento una relación directa con su propia actitud de 1982: “A mi sucesor se la entregué vacía, porque toda la información se la di abierta y sobre la mesa del despacho”.

Con el paso de los años, se ha ido extendiendo la cultura del traspaso ordenado del poder , mediante la constitución de equipos que solicitan datos e informes y por la propia iniciativa de quienes abandonan sus responsabilidades, que elaboran detallados dossiers para los nuevos inquilinos y no dudan en establecer equipos conjuntos de trabajo que suministran todos los datos existentes, personal, recursos económicos, litigios, planes y proyectos en ejecución, conflictos sindicales o internacionales, tratados vigentes.

Hay, en todo caso, algunas recomendaciones que conviene tener en cuenta. Los nuevos inquilinos han ganado las elecciones, pero hasta que termine el período transitorio, el gobierno debe continuar gobernando, sin perjuicio de que algunas cuestiones de singular importancia pueden ser consultadas a la próxima administración. Una administración pública servida por profesionales puede permitir que continúen funcionando los servicios públicos, y que las políticas públicas esenciales garanticen el transcurrir de la vida cotidiana de los ciudadanos: los colegios, los transportes, los hospitales, los documentos de identidad y pasaportes, la fiscalidad y el orden público, etc. En definitiva, conviene recordar, como decía Helmut Schmidt, que la política no tiene como fin fomentar la felicidad de algunos, sino evitar lo más posible el sufrimiento de la mayoría.

El gobierno saliente debe huir de hacer grandilocuentes declaraciones o anunciar proyectos , que ya no va a poder ejecutar pero debe mantener y no hacer dejación de sus responsabilidades ejecutivas, incluyendo la salvaguardia del orden público y la defensa nacional, así como la reacción ante catástrofes, cuya frecuencia, por cierto, parece que incrementa el cambio climático.

Llegado el momento de asumir el poder, el nuevo Ejecutivo debe huir de la tentación del adanismo: la creencia de que antes que ellos nadie se preocupó ni ocupó de solucionar los problemas o de proponer actuaciones. Se valora más por los ciudadanos la actuación reformadora que la crítica a los antecesores. En pocos días , el argumento se vuelve reiterativo y aburrido para la opinión pública. Y aquí es donde la consigna de «mirar debajo de las alfombras» resulta bastante inútil, porque se suele encontrar poco polvo, aunque en este mundo de las redes sociales y la comunicación instantánea, que cada día se ve con mayor claridad que es una herramienta de extorsión, como señala Félix de Azúa, puede generar contaminación política, que no hará sino aumentar la desconfianza de los ciudadanos en la política.