No es la primera vez que cuando en el horizonte se advierte algún tipo de acuerdo o quizás un destello que permita imaginar una salida a este infierno que sufrimos desde hace veinte años, de inmediato ladran los de siempre. Están en su derecho pero, por favor, tengan un poco de paciencia porque no por madrugar amanece más temprano. Quienes observamos los acontecimientos con cierta serenidad tomamos siempre la precaución de no adelantar criterios hasta confirmar que las informaciones que manejamos cuentan, a la vez, con una base cierta, unas señales de armonía en sus aseveraciones y que no obedezcan a determinados arranques emocionales que saltan por allí como liebres que cruzan una carretera.

Lo que se discute en la reunión de Barbados no es precisamente la capitulación de una de las partes, como parece desprenderse de los estallidos de ira de los voceros militares que se han quedado en tierra firme y temen por el futuro de sus fortunas, de sus privilegios o de la pérdida de la comodidad de sus familias, que hoy están alejadas del hambre, de las penurias hospitalarias y de la inseguridad. 

Tampoco ese es el drama de quienes por la oposición hoy discuten en la isla caribeña, pero que sin lugar a dudas sí están interesados en un cambio profundo de este desastre que hoy arruina no solo el presente de los venezolanos de buena fe, sino de los niños que están creciendo sin poder imaginar un futuro porque no tienen ninguna señal que les permita soñar otra cosa distinta que huir de su patria y atravesar el desierto de la desesperanza y de la incertidumbre.

Estos niños ya no volverán a ser venezolanos, no lo pueden ser porque lo que se llevan como equipaje para el futuro no es precisamente la Venezuela que vivimos todos nosotros, sino la del ocaso de este fracasado experimento militar. Nadie que esté en sus cabales podrá explicar para la historia cómo pudo ser posible que desembarcaran en nuestro rico y próspero territorio estos invasores que, como el bárbaro de Atila, solo han dejado tierra arrasada a su paso. Los primeros interesados en que esta tragedia se detenga son los mismos militares de todo el continente porque su prestigio como gobernantes no tiene reparación ni futuro a estas alturas. El inmenso destrozo cometido no podrá ocultarse con los años.

Ayer las agencias internacionales nos informaron que las nuevas autoridades de la Eurocámara reclamaron «sanciones adicionales contra el gobierno del mandatario Nicolás Maduro por las violaciones de los derechos humanos y la represión». Este reclamo constituye –según la AFP– »la primera resolución sobre Venezuela del actual hemiciclo salido de las elecciones de mayo. Por 455 votos a favor, 85 en contra y 105 abstenciones, los eurodiputados reunidos en Estrasburgo (noreste de Francia) señalaron la «responsabilidad directa de Nicolás Maduro, de las fuerzas armadas y las unidades de inteligencia por el uso indiscriminado de la violencia para reprimir el proceso de transición democrática», de acuerdo con el informe de la alta comisionada de la ONU para los Derechos Humanos.

Entre los 455 representantes que votaron a favor de la petición de nuevas sanciones contra el régimen usurpador estaba el eurodiputado venezolano Leopoldo López, cuyo hijo está refugiado en la residencia del embajador de España en Caracas. No es cierto, por tanto, que se esté negociando cambio alguno en la rotunda condena que Europa ha expresado de manera firme y constante contra Maduro y sus asociados. Y mucho menos ahora que, como bien se sabe, la Unión Europea ha tomado en sus manos las negociaciones que se adelantan en Barbados. Las falsedades que ruedan en Venezuela inspiradas en una carta cuyas intenciones particulares resultan por demás oscuras no inquietan sino a quienes están ciegos ante la realidad.