Se supone que cuando dos partes en conflicto se reúnen a conversar es porque tienen fundadas expectativas, como es lógico, de llegar a un acuerdo o, al menos, de avanzar hacia una etapa más despejada o positiva.

Pero a los venezolanos, al parecer, les encanta un conflicto, pues no hay nada que les moleste más y los ponga en estado de furia extrema que un posible y necesario acuerdo entre las partes. Así lo podemos apreciar sin mayores esfuerzos en la guerra a muerte que acompaña a la actual reunión convocada al efecto por la oposición y el oficialismo, para verse las caras y estrecharse las manos en la soleada isla de Barbados.

Pero para mayor sorpresa de los dirigentes políticos americanos y europeos que estaban detrás del acercamiento, lo que se suponía era de hecho un paso en la dirección correcta ha terminado por convertirse en una guerra interna inesperada y absurda porque la oposición y el oficialismo no se atacaron entre sí (como sería lo obvio), sino que se destrozaron entre ellos mismos con una saña y un salvajismo indigno.

No de otra manera puede ser calificado ese bochornoso espectáculo que hemos presenciado en algunos espacios de opinión y, fundamentalmente, en las redes sociales que no perdieron el tiempo en atacar unas conversaciones que apenas estaban a mitad de camino. Era tal la furia y la ferocidad de los dardos lanzados en medio de la batalla que nadie en su sano juicio hubiera podido dar una explicación más o menos acertada del por qué y el cómo de tantos vientos huracanados y de olas tan gigantescas y recias.

Y lo peor es que, para beneplácito del usurpador (así le llaman), la gran mayoría de los ataques iban dirigidos a su contendor más relevante, valga decir, el presidente (e) Juan Guaidó. Pues en verdad, con amigos así… ¿quién necesita enemigos?

No le vamos a borrar errores al joven dirigente que, como cualquier político, los ha cometido y los cometerá, pero no es lo aconsejable debilitarlo y mucho menos indicar cuáles son sus flancos menos protegidos. Ese tipo de información quizás le sirve al enemigo para apoyar, de paso, sus incesantes intentos de devaluación no solo de su persona sino de sus actuaciones.

Guaidó no es un bebé Gerber y ha demostrado que se sabe defender, pero resulta poco menos que descorazonador escuchar de parte de ciertos sectores de la oposición llamarlo demagogo, descalificar sus llamados a manifestar en las calles, despreciar sus actos de gobierno tomados en momentos muy duros y difíciles, burlarse de su familia y hasta darle publicidad inmerecida a las calumnias sobre su vida privada.

Vale la pena insistir en que todo político está expuesto a estos momentos rudos y dolorosos, pero nada gana y mucho pierde la oposición cayéndole encima sin piedad a quien está haciendo su trabajo con honor y decencia.

La crítica siempre será no solo bienvenida sino exigida, pero resulta poco menos que insólito que desde la oposición se ataque más a Guaidó que al denominado usurpador, quien, ese sí con sus desmanes, nos ha causado y nos causará no pocas desgracias si sigue actuando sin freno alguno.

Es ciertamente prudente seguir el curso de los acontecimientos y ejercer, desde luego, una crítica rotunda cuando se conozca a ciencia cierta si en Barbados se fracasó o se avanzó hacia una solución aceptable. Pero no hay que precipitarse.