Ayer, en este mismo espacio editorial, nuestro presidente editor, Miguel Henrique Otero, cuestionó severamente el urgente llamado a elecciones que ha surgido en ciertos sectores de la opinión pública nacional e internacional. Decía MHO que “se pretende conducir a la sociedad democrática venezolana a un nuevo callejón sin salida” al reducir un posible proceso electoral al simple cambio de las actuales autoridades del Consejo Nacional Electoral. “Esa condición es, a la vez, imprescindible pero también insuficiente”.

Como es lógico, basta con recorrer y recordar lo que el CNE rojo rojito ha significado a la hora de tratar de entender la destrucción sistemática del valor real del voto popular, del sistema de elecciones automatizadas como artificio para eliminar o reducir las derrotas del chavismo y el madurismo y generar victorias inmerecidas o falsificadas desde Miraflores adecuadas al gusto del gobernante. El CNE ya no forma parte del delito electoral, es en sí mismo el delito personificado no solo en materia comicial sino en cualquier evento que precise de sus servicios como ente supervisor o instancia superior para reconocer o dictaminar sobre simples elecciones hasta de la junta directiva de vendedores de hortalizas en las vías públicas.

Los colegios profesionales, las autoridades universitarias, los centros de estudiantes y jamás pare usted de contar, están obligados a someter sus elecciones internas a este grupito de burócratas inamovibles, que no le rinden cuenta a nadie como no sea a quienes los nombraron a dedo luego de un largo proceso de triquiñuelas y quítate tú para ponerme yo. De manera que el futuro del país no puede estar en semejantes manos y mucho menos si se piensa que con sus actuaciones oscuras y siniestras estos burócratas han ido envenenando a todo su entorno, incluso a aquellos funcionarios decentes que han tenido que abandonar sus puestos de trabajo porque no soportaban tanta fetidez.

Y no se trata de envenenar el ambiente para entorpecer unas elecciones que deben y tienen que hacerse inevitablemente, pero de ninguna manera se puede convocar a nuevas elecciones sin sacar de allí tanta basura acumulada. Quienes están al frente del CNE ya deberían, si les queda algo de vergüenza, firmar sus renuncias luego de que la opinión pública internacional se enterara por boca del general en jefe Hugo Carvajal (ex jefe del Servicio Secreto y hombre de confianza de Hugo Chávez) de que un oficial de la Fuerza Armada operaba desde la sede del CNE con el único objetivo de modificar a favor del gobierno los resultados de las votaciones.

Lo más sorprendente de todo es que nadie demandó explicaciones sobre esta grave denuncia, ni la oposición ni mucho menos la propia Fuerza Armada. Lo justo hubiera sido abrir de inmediato una averiguación para aclarar esta denuncia que un alto oficial se había permitido lanzar públicamente. Sobre este caso hay mucha tela por cortar: ¿es cierto que ese oficial trabajó allí?, ¿cuáles eran sus funciones además de las denunciadas?,  ¿robar votos o amañar resultados no constituye un delito electoral gravísimo?, ¿a qué candidato o a cuáles partidos les causó daños si lo denunciado resulta cierto y comprobable?

Todo eso debe aclararse porque el citado oficial de la Fuerza Armada tiene derecho a la defensa, así como también el general que lo señaló puede abundar en sus declaraciones mediante un exhorto al  juez que sigue su causa en España. Pero priva el silencio cómplice. Se puede deducir que si se abren esas compuertas surgirán otras irregularidades de tanto o mayor tamaño, tal como ocurrió con el escándalo de las famosas máquinas de Smartmatic, un negocio particular de Jorgito Rodríguez que terminó muy mal para los socios: uno murió en un extrañísimo accidente a pocos minutos de despegar de Maiquetía en un avión particular con deficiencias mecánicas reportadas con anterioridad y piloteado por un profesional cuya licencia de vuelo estaba vencida. El otro, el joven empresario Múgica, se exilió en Londres luego de no querer avalar los resultados amañados que exigía el oficialismo. Luego, por arte de magia, aparecieron nuevas máquinas de otra compañía más “flexible”.

No resulta difícil y sí muy explicable el hecho de que en las “conversaciones” que se han llevado a cabo en estos últimos tiempos, el ministro Jorgito insista tanto en ir a elecciones lo más pronto posible. Tal vez está cuidando su negocio. Lo cierto es que en España se acaban de celebrar elecciones por demás complicadas y nadie ha reclamado fraude porque se usó el viejo y confiable método de tarjetas, urnas, testigos confiables, presencia masiva ciudadana y nada de soldados armados hasta los dientes.