Fue una manifestación clamorosa, acaso una de las más grandes que se hayan visto en Caracas. El 23 de enero de 2019 reunió a una multitud capaz de provocar la atención del mundo por la masa inmensa que le dio vida y por su carácter pacífico. Mientras más crecía la muchedumbre oposicionista, mayores muestras se daban de civismo. Si después ocurrieron disturbios, deben atribuirse a factores extremistas que no participaron del espíritu que dominó la escena principal y que, seguramente, pretenden provocar un indeseable clima de inestabilidad y represión capaz solo de favorecer al usurpador. Actos semejantes sucedieron en las principales ciudades del país, todos caracterizados por la estadística descomunal de participantes y por su moderación, para que los endebles apoyos a la dictadura fueran en el memorable día apenas un remedo de compañía, una comparsa flaca y desaliñada, una prenda más del raquitismo de la dictadura en materia de soporte popular.

Lo fundamental de la colosal manifestación ocurrió en su final, cuando el presidente de la AN, Juan Guaidó, anunció que juraba ante la patria el compromiso de asumir las atribuciones del Ejecutivo de manera temporal, mientras se dan los pasos hacia una transición que, después de desalojar al usurpador, convoque elecciones generales a través de las cuales se restablezcan del todo la democracia y los hábitos republicanos. Lo hizo con la Constitución en la mano y con el cobijo del Pabellón nacional, en medio de aclamaciones. Fue la novedad del acto, aunque el anuncio se esperaba o lo pedían a gritos los manifestantes. Respondió a un clamor general, a una petición que se venía repitiendo desde el advenimiento de la nueva junta directiva de la AN y de los actos írritos que condujeron a la usurpación de Maduro, pero no dejó de ser una decisión inesperada para los incrédulos.

Aparte de los colegas de junta directiva, Guaidó contó con la compañía de diputados de todas las tendencias, reunidos cerca de él en la tarima, que por el solo hecho de estar allí expresaron su solidaridad con la trascendental decisión. Fue precedido por actores políticos de diferente procedencia –juventud universitaria, voceros de gremios diversos, líderes regionales, activistas arrepentidos del oficialismo, representantes de los presos políticos– que manifestaron regocijo ante quien se presentaba como presidente encargado. Por lo tanto, se cumplió un capítulo que da paso a la transición con el apoyo de lo más importante de las fuerzas políticas y sociales. Una decisión de envergadura, capaz de mover acontecimientos notorios en el futuro inmediato.

Pero después el presidente Guaidó pidió que el pueblo jurara su apoyo a la decisión y a las luchas que se pondrían en marcha para rescatar la constitucionalidad. Centenares de miles de brazos se alzaron entonces para repetir las palabras de un compromiso solemne que ahora no se limita al elenco de los dirigentes, sino al soberano en toda su extensión y profundidad. Se selló un pacto entre la cabeza de la institución parlamentaria, ahora en funciones de presidente encargado de la República, y la soberanía popular de la cual mana su autoridad y la de todos los diputados que deben ocuparse de asesorar el complicado encargo de su jefe. Se hizo en plaza pública, a viva voz y con mano alzada frente a la Constitución que mostraba el promotor del juramento. ¿Se había visto antes en nuestra historia un compromiso de este tipo, un nexo multitudinario, pero formal y cabal, sin vacilaciones frente al destino de la república? Un día histórico, sin posibilidad de duda, debido a la multitud que le dio calor y al firme compromiso inédito que salió de todos sus actores.


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