Todos conocemos la historia del atroz señalamiento de los judíos por los nazis, en el prólogo de la Segunda Guerra Mundial. Después de atacar a los israelitas en discursos y panfletos, después de acusarlos del desastre alemán, comenzaron a convertir la doctrina en realidad a través del descubrimiento público de su identidad para que el resto de la sociedad los segregara por órdenes superiores.

Fue una operación atroz, pero sencilla, que al principio consistió en pintar con brocha gorda los domicilios y los negocios de las futuras víctimas para que nadie se atreviera a frecuentarlas, para que se enterara la sociedad de la existencia de una raza maldita de la cual debían alejarse para el bien de una república pujante que se encargaría del renacimiento de una colectividad vilipendiada por sus enemigos, los triunfadores de la Primera Guerra, y por las terribles criaturas que habían sido sus colaboradores desde el espacio doméstico.

Un mal día amanecieron señalados los hogares y los sitios de trabajo de los perseguidos con grandes letreros de advertencia. “Judío”, se escribía en las fachadas de sus lugares, para que los que no lo eran entendieran que estaban frente a una peste, frente a un mal contagioso del cual debían alejarse para no contraer las pavorosas enfermedades de la traición y del antipatriotismo. Todos sabemos lo que pasó después, por desdicha. De las pintas se pasó a los campos de concentración y a horrorosas operaciones de exterminio, que dejaron un saldo de millones de cadáveres y de infinitas vejaciones que son parte estelar de las ignominias que la humanidad es capaz de realizar cuando tuerce los pasos por influencia del fanatismo y del empeño de dividir a sus miembros porque interesa a la tiranía de turno.

En Venezuela vemos hoy con ojos espantados la repetición del macabro operativo de deslinde. Varios hogares de líderes de la oposición, en Caracas y en ciudades del interior, amanecen señalados con letreros en los cuales se les identifica como representantes del mal, para que sientan la proximidad de un castigo que puede ser inclemente y para que los vecindarios se alejen de ellos. La amenaza se extiende hasta la puerta de las casas de familia, a través de llamados de atención sobre el destino que les deparan sus búsquedas de democracia y de libertad. La opresión se sella en el seno del hogar doméstico, como premonición de lo que hará la usurpación con sus habitantes, o con sus parientes y allegados.

¿No saben, el usurpador y sus secuaces, que acuden a uno de los métodos más socorridos y aberrantes del fascismo? Lo saben, desde luego, pero no les importa. Al contrario, quieren que los sintamos como verdugos capaces de cometer las tropelías que consideren adecuadas para la prolongación de su continuismo, aun las más evidentes y monstruosas, como sus maestros nazis. Es un mensaje que nos mandan para que guardemos silencio ante sus depredaciones, para que sepamos a qué atenernos en nuestra batalla por la restauración de la república asfixiada en las manos del chavismo. Pero no repetirán sino apenas un empeño de coerción, debido a que la historia de las luchas democráticas de Venezuela se ocupará de borrarlo del mapa. Los líderes atacados pintarán de nuevo la fachada de sus casas y continuarán en la pelea, con la compañía de los familiares y los vecinos. Sabemos perfectamente cómo son los nazis, y evitaremos su reproducción entre nosotros.