En estos tiempos ir al auxilio de la economía naranja -esa que se encuentra íntimamente relacionada con la innovación, el emprendimiento y la divulgación- no es nada descabellado. Para algunos puede parecer que tenga escasa importancia en el contexto de las grandes actividades comerciales, pues estamos hablando de las industrias culturales y creativas. Sin embargo, son miles de millones de dólares anuales los que se mueven en el mundo gracias, precisamente, a la producción de estos bienes.

En 2015 generó ingresos por 124.000 millones de dólares y dio empleo a 1,9 millones de personas en América Latina y el Caribe, de acuerdo con el Banco Interamericano de Desarrollo, y desde entonces países de la región como Colombia, México y Perú no dejan de sacar cuentas sobre los beneficios económicos que genera.

De hecho, la Conferencia de Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo calcula que solo entre los años 2002 y 2011 las exportaciones de este tipo de bienes y servicios culturales crecieron 134%.

Cifras relevantes que ciertamente evidencian el enorme potencial de la economía naranja, pero el fuerte impulso que traía recibió un brusco frenazo. Las “actividades naranjas”, término empleado por el experto británico en esa área, John Howkins, quien en 2001 acuñó el término de “economía creativa” para referirse a sectores económicos involucrados en la generación de ideas y conocimiento, se han visto duramente afectadas.

La crisis sanitaria ha afectado la actividad económica, perjudicando también a las industrias culturales y creativas, las cuales han presentado pérdidas millonarias por la cancelación de filmaciones, grabaciones musicales, festivales, espectáculos y conciertos. A esto se suma el cierre de cines, teatros, librerías, museos, restaurantes y otros establecimientos considerados no esenciales por un prolongado lapso de tiempo.

Estos sectores se han visto obligados a redefinir el negocio en aras de cubrirse las espaldas y poder operar, tomando en cuenta que en varios países se ha flexibilizado el confinamiento, cumpliendo también con el distanciamiento social. Por ejemplo, en salas han sido eliminadas hileras completas de butacas, mientras otros empresarios procuran reactivar los autocines y repotenciar las presentaciones artísticas vía streaming.

El surgimiento de iniciativas como estas, para no dejarse dominar por las circunstancias, es la esencia de la economía naranja. Hay un rasgo que la caracteriza y que puede representar una fortaleza para enfrentar estos tiempos: su capacidad de resiliencia ante el surgimiento de eventos externos adversos. Esto le permitió una recuperación más rápida luego de la crisis financiera global en 2009. Así que ahora le toca recobrarse de los efectos de la pandemia y para ello cada vez son más los aliados con los que cuenta.

En mayo de este año, en el foro virtual “Economía Naranja, Visión en Iberoamérica de la Economía Creativa”, representantes del sector privado, gobiernos, instituciones y empresas, junto a expertos de 25 países de Iberoamérica, analizaron el papel de la economía naranja en el contexto del COVID-19 y cómo impulsarla en los planes de recuperación.

Durante la apertura, el presidente de la a Confederación Española de Organizaciones Empresariales, Antonio Garamendi, destacó que las economías creativas serán estandartes de la nueva economía a la que el mundo se dirige, ya que “abarcan numerosos procesos de producción que ayudarán a acelerar la transformación de sectores clave como la información y las infraestructuras”.

La secretaria general iberoamericana, Rebeca Grynspan, también tuvo unas palabras. Destacó que la economía naranja necesitará ayudas urgentes como otros sectores clave y de allí la importancia de incluirla en los planes de recuperación de los países. “Cuando salgamos de la crisis, el mundo será diferente. Debemos hacer que sea mejor. La economía naranja contribuye, en gran medida, a dar un salto cualitativo en el sector servicios y a beneficiar a la sociedad”, afirmó.

Efectivamente, la economía naranja no se debe echar a un lado. Está en constante crecimiento y evolución, y es parte de nuestras rutinas: desde la serie que se transmite por streaming, pasando por la música que se escucha, hasta la aplicación que se utiliza en el celular. Todos son ejemplos de hasta qué punto la economía naranja contribuye a mover el mundo. Y pregunto: ¿acaso no la necesitamos?…


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